Transferir o perecer

  • Mètode
  • 3 octubre de 2019
 
pcuv

El director del Instituto de Robótica y Tecnologías de la Información y la Comunicación (IRTIC) reflexiona sobre el papel de este ecosistema de innovación en su décimo aniversario.

A lo largo de los últimos años la tercera misión de la universidad –contribuir a mejorar nuestro sistema productivo– ha ido tomando fuerza y materializándose a través de centros como el Instituto de Robótica y Tecnologías de la Información y la Comunicación (IRTIC), en el Parc Científic de la Universitat de València (PCUV).

Por su perfil tecnológico y sus posibilidades de aplicación a corto plazo en el sector industrial, gracias a la actual revolución digital, el IRTIC es un centro más bien atípico en el conjunto de la Universitat. Desde su creación, la transferencia tecnológica y el asesoramiento externo se han producido como resultado del contacto con numerosas empresas. Con un volumen anual de varios millones de euros, la transferencia en el IRTIC se ha plasmado en contratos directos –incluidos dentro del famoso artículo 83 sobre transferencia–, o en colaboraciones con convocatorias públicas universidad-empresa nacionales (retos-colaboración y sus predecesores, CDTI, etc.) e internacionales (H2020, FP7, etc.).

Este volumen de relación establecido con gran diversidad de interlocutores –desde pymes del sector productivo local a grandes firmas nacionales, pasando por colaboraciones con empresas y administraciones internacionales– obliga al investigador a trabajar con flexibilidad y a modelar su propia idea de «comercialización» del conocimiento. El modelo lineal de transferencia, mediante el cual la universidad simplemente transfiere los resultados de su investigación, se aplica en pocas ocasiones. En la mayoría de los casos, se analizan las necesidades y se adapta la investigación a los requerimientos de las empresas y su entorno, para poder realizar de forma adecuada la transferencia. El investigador flexibiliza y, en compensación, se nutre de nuevas ideas; el concepto de transferencia evoluciona hacia la bidireccionalidad y se producen sinergias que ayudan a generar nuevos retos e ideas que enriquecen la investigación y, por tanto, el resultado.

Evidentemente, no todo resulta fácil. La relación universidad-empresa no es sencilla. Culturas diferentes, cierto grado de desconfianza entre ambas esferas o una concepción distinta del tiempo dificultan la buena dinámica de unas relaciones potencialmente generadoras de beneficios para ambas partes y, sobre todo, para la sociedad.

Es cierto que la estructura de la universidad pública, su cultura y sus objetivos son diferentes a los del mundo empresarial. Es cierto que los tiempos en la academia tienen prioridad relativa y consideración de largo plazo, mientras que las necesidades de aplicabilidad de la empresa son inmediatas. Nadie duda de la rigidez de la academia. Pero también es cierto que la generación del conocimiento, que se localiza principalmente en las instituciones universitarias, requiere de un método que, a cambio de tiempo, aporta rigor, creatividad y mejores resultados.

Avanzar hacia una sociedad del conocimiento supone reconocer este valor y aprender a utilizar el potencial que la universidad ofrece tanto a nivel de recursos humanos como de equipamiento. Empresa y universidad han de seguir aprendiendo a conocerse, a identificar y reconocer sus capacidades y defectos, a institucionalizar sus relaciones y a encontrar ese equilibrio que hará más fructífero el trabajo en conjunto hacia una sociedad de progreso y de futuro.

Hace más de un siglo, Santiago Ramón y Cajal se cuestionaba el«publish or perish». Quizá ahora sea el momento de plantearnos el «profit or perish», como modelo de evolución de una universidad integrada de forma poliédrica en la sociedad.

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