ULTIMAS APORTACIONES

Pasamos a analizar a resumir las últimas aportaciones a la historia de Huelva y los Tartessos, aportadas por M. Pellicer y expuestas por J.M. Blázquez (Miembro de la Real Academia de Historia) en el congreso de Próximo Oriente realizado en 1997.

Es ya vieja la identificación de Huelva con Tartesos, o que aquélla fuera una ciudad tartésica con presencia de fenicios y de griegos. Un gran acierto de M. Pellicer es fundamentar sus opiniones en los datos ofrecidos por los excavadores. El autor no considera a Huelva un todo único, sino un emplazamiento bipartido, tartésico y colonial fenicio, sin establecimiento griego en los s. VIII-VII. Generalmente los arqueólogos que han trabajado en Huelva han adoptado las tesis tradicionales tartésicas sin encajar el yacimiento dentro del contexto y panorámica general de la colonización fenicia de Iberia, sin comparar las múltiples estratigrafías efectuadas, que es lo que hace ahora M. Pellicer y que añade valor a su investigación.

Desde la afirmación del afamado hispanista A. Schulten de que Huelva era la Tartesos de las fuentes griegas y romanas, basando su opinión en un periplo masaliota del s.VI a.C., esta tesis ha tenido gran aceptación, sin tener en cuenta que entre periplo y la Ora Maritima de Avieno distan 1000 años, y que esta última obra está plagada de interpretaciones. Varios autores han defendido que Huelva era Tartesos: J.M. Luzón, J.M. Blázquez, J.P. Garrido, J. Fernández Jurado y otros. J. Alvar, sin embargo, sitúa Tartesos en Cádiz.

Opina M. Pellicer, que "Tartesos no debió existir como una ciudad opulenta en ese mundo más aldeano que urbano del bronce final, según documenta la deleznable arquitectura de chozas y la primacía urbanística de los abundantes yacimientos excavados". Ya en el Congreso de Jerez de la Frontera (1993), que conmemoró los 25 años del primer congreso sobre Tartesos, se defendió, con gran indignación de los asistentes, que la cultura ibérica es muy pobre comparada con la etrusca coetánea. Basta comparar la joyería tartésica y la etrusca.

M. Pellicer, opina que que Tartesos, en el Bronce Final, fue un mundo más aldeano que urbano. Tartesos careció de escultura autóctona; en cambio Etruria la tuvo ya en el periodo orientalizante, y muy abundantemente. Basta recordar unas pocas piezas: la cabeza y busto femenino en piedra calcárea de Vetulonia, túmulo de Pietrera, de finales del s. VI a.C., o las dos cabezas masculinas en terracota, varios canopos, de procedencia desconocido uno y de Cetona el segundo, fechados en torno al 575 y a comienzos del s.VI a.C., respectivamente; o el centauro en negro de Vulci, Poggio Maremma, de finales del s. VII o comienzos del siglo siguiente; o la estatuilla de guerrero, en piedra fétida, de Chiusi, del segundo cuarto del s.VI a.C., o la estatua de joven cabalgando un monstruo marino, de Vulci, Poggio Maremma, datado poco después de mediados del s.VI a.C. etc.

Tampoco en Iberia, en el periodo orientalizante o tartésico, hubo pintura funeraria, o por lo menos no es conocida hasta el momento presente. Desde finales de la Edad del Bronce se representan espejos en las estelas, y en la realidad, en las tumbas de La Aliseda y de Huelva (necrópolis de La Joya), pero no han aparecido en Tartesos espejos figurados con incisión como los de Tarquinia, de finales del s.VI a.C.; ni estelas en piedra de 170 cm de altura, con figuras de guerrero en relieve, como la de Volterra, fechada hacia 550 a.C.

Para M. Pellicer, "Tartesos respondería más bien a una vasta comarca densamente poblada por unos indígenas tartésicos del Bronce Final, entre el Bajo Guadalquivir y el Guadalete, con extensiones por el Algarve, con un retropaís definido por una extensa franja piritífera desde Córdoba hasta la Sierra de Monchique en el sur de Portugal, y con los que los colonizadores fenicios contactaron en el sur de Portugal desde mediados del s. VIII y s.VII a.C.". Se ha generalizado la idea de que la colonización fenicia no parece ser posible al área onubense y que Huelva no fue una colonia fenicia, sino un núcleo tartésico aculturado por los fenicios en virtud del comercio de la plata. Se admite la presencia física de fenicios y de griegos en Huelva. Contra esta tesis M. Pellicer propone otra que juzgamos de gran novedad y totalmente defendible, pues se apoya en un inteligente análisis de los materiales arqueológicos. El catedrático de Arqueología de la Universidad de Sevilla afirma que "si se admite la presencia fenicia en Huelva desde el s. VIII a.C., de unos comerciantes fenicios, es lógico suponer que tendrían allí el emplazamiento de su hábitat y de su factoría metalúrgica, dotada de nuevas técnicas de fusión y copelación del mineral de plata, y, en definitiva, que se tratase de unos colonos industriales y mercaderes marítimos". M.Pellicer, estudiando los restos materiales, sitúa una colonia fenicia en la parte baja de la actual Huelva, en las calles Puerto, La Piterilla, Botica, Méndez Núñez, Quintero Báez, La Fuente, Isaac Peral, Palos, Tres de Agosto. Los núcleos indígenas situarían sus hábitats en la parte alta de la ciudad, en los cabezos de San Pedro y de La Esperanza, y seguramente otros.

El examen pericial de las estratigrafías (Fig. 2) de Huelva indican una dinámica cultural totalmente diferente entre la parte baja de la ciudad, donde parece asentarse el establecimiento fenicio, basado en la urbanística, en las estructuras y en las técnicas arquitectónicas, en las especies cerámicas, en las técnicas metalúrgicas y en la cronología estratigráfica. Por su parte, los cabezos estarían habitados por poblaciones indígenas del Bronce Final, que en la segunda mitad del s.VIII se orientalizaron. De este hecho deduce M. Pellicer, sin duda acertadamente, que Huelva no es un yacimiento único, sino múltiple, con un asentamiento del Bronce Final, tartésico precolonial, al menos desde el s.IX a.C. asentado en los cabezos de San Pedro, de La Esperanza, del Cementerio Viejo, del Molino del Viento y quizás de Moncada y del Conquero, con una necrópolis no descubiertas aún, con cabañas de barro (Fig. 3). Este último asentamiento supera las 25 Ha. La colonia, factoría o emporio, fenicia surgió a mediados del s.VIII a.C. en la parte baja análoga, pero con funciones diferentes al de la Torre de Doña Blanca, y al de Sexi, paralelo en simbiosis con el poblado indígena de los cabezos, con el que mantendría una economía colonial.

En el s.VII a.C. Huelva sería , en opinión de M.Pellicer, una de las colonias más prósperas de Iberia, con una extensión de unas 10 Ha. y con una población de unos 2000 habitantes, mixta, y en pacífica convivencia. Este autor concede mucha importancia al texto de Estrabón (3.5.5) que afirma que Onoba fue el segundo punto donde arribaban los tirios antes de fundar Gadir en su tercer intento.

Pasa M. Pellicer a estudiar los datos arqueológicos. Onoba en los s.VII-VII a.C. tendría una extensión de 10 Ha, extensión sólo superada en este tiempo por Gádir (15 Ha.) y por el complejo de Toscanos / Peñón / Alarcón, con 12 Ha. y por Málaga con una extensión aproximada. A la Torre de Doña Blanca se le asignan 6 Ha.; 2 Ha. al Cerro del Prado, y otras 2 Ha. a Montilla; 5 Ha. a El Cerro del Villar; 2 Ha. al Morro de Mezquitilla; 3 Ha. a Las Chorreras; 6 Ha. a Almuñécar, y 2 Ha. a Adra.

Sólo ha sido excavada la necrópolis de La Joya, que pertenece a población tartésica orientalizada. No se han descubierto las necrópolis fenicias. El muro del cabezo de San Pedro, realizado con técnica fenicia, es prueba de la colaboración entre pobladores fenicios e indígenas a mediados del s.VIII a.C. El fragmento de cerámica ática, perteneciente al geométrico medio II, 800-750 a.C., es el vestigio más antiguo de la presencia fenicia en Huelva, y apareció en la parte baja de la ciudad, en la calle Palos.

Las excavaciones de Fernández Jurado en las calles del Puerto (Fig. 4), Méndez Núñez, Botica, etc., prueban, utilizando las palabras de M. Pellicer, "que Huelva es uno de los establecimientos fenicios más primitivos del extremo occidental mediterráneo y atlántico", coetáneo o algo posterior a Gadir, a la Torre de Doña Blanca, a La Montilla, a El Cerro del Villar, a Toscanos, a Morro de Mezquitilla, a Chorreras, a Sexi, a Abdera, o a el de Lixus.

Gran acierto del trabajo de M. Pellicer es indicar que la urbanización y arquitectura de los s.VIII-VIII a.C. de Huelva es típicamente fenicia y diferente de aquélla de los Cabezos. La erosión ha hecho gran destrozo. En la necrópolis de La Joya han desaparecido las superestructuras, que seguramente serían tumulares, como lo son las de Santa Marta y del Parque Moret. El tipo de arquitectura del subsuelo de Huelva es fenicio, como lo demuestran las plantas rectangulares de 4,2 m. de lado en el Puerto, los grandes zócalos de piedra, con esquinas perfectamente escuadradas, los muros de adobe o tapial encalado, con divisiones internas, patios, pavimentos de marga apisonada pintados de rojo o de amarillo, lajas de pizarra, de guijarros y de conchas. Los hogares son de placas de arcilla, las techumbres de carpintería, los hornos de planta circular con zócalos de piedra y cúpula de arcilla, con más de un metro de diámetro, para fundir plata, las calles y los espacios son abiertos. Es muy acertada la opinión de M.Pellicer de que no se trata de una expansión urbana por el sureste de la ciudad del núcleo tartésico de los cabezos del s.VIII a.C. hacia el Odiel, sino, como él mismo dice, "de una nueva ciudad, construida ex novo por colonos fenicios, paralela y gemela a los poblados indígenas emplazados en la altura". Este fenómeno es análogo al detectado en la Torre de Doña Blanca respecto a las poblaciones del Bronce Final de La Dehesa, o, en la ciudad vieja de almuñécar respecto al Castillo. Los poblados altos obedecen a una necesidad de defensa natural. El emplazamiento fenicio se debería a los marinos metalúrgicos y comerciantes que necesitaban un puerto en el estuario, y un hinterland rico en plata.

La plata era el mineral más buscado por estos comerciantes. Los indígenas colaborarían con ellos, proporcionándoselo del foco minero de Riotinto y de la sierra del Andévalo, que los mismos indígenas transportarían hasta Huelva. Los beneficiarios serían las élites indígenas que aceptaron el rito de la incineración de los cadáveres.

Otra de las novedades y gran aportación del trabajo que comentamos de M. Pellicer es la propuesta de la ubicación de un santuario fenicio consagrado a Melqart, cuya existencia demostrarían las dos estatuillas de bronce fechadas en los s. VII-VII a.C., halladas en la Barra de Huelva, que representan a unos dioses sirio-egipcios, del tipo de los recogidos en Cádiz, en Sancti Petri, donde se sitúa el Heracleion. Pensamos que el Heracleion funcionaría como karum, según la tesis propuesta. Lo mismo sucedería con el santuario de Cástulo, de tipo oriental, igual que los santuarios chipriotas estudiados por V. Karageorghis, que monopolizaban las explotaciones de las minas.

Desde el 700 a.C. la colonia fenicia fabricaba en Huelva casi la mitad de las cerámicas con las técnicas nuevas (40,6%). A mediados del s.VII a.C. la cerámica fenicia (53,45%) superaba ya a la indígena (46,55%). A finales del s.VII a.C. la cerámica fenicia representa el 72,8% y en el tercer cuarto del s.VII acapara el 74,5%. Un 10% de esta cerámica fenicia son ánforas de transporte.

En los platos se observa un fenómeno de arcaísmo no documentado en otras colonias fenicias. A partir del 700 a.C. casi no evolucionan los bordes de los platos.

Al comienzo de la colonización fenicia en Huelva, se observa, al contrario que en Toscanos, un alto porcentaje de cerámica indígena, debido a la presencia de una densa población tartésica.

En Toscanos, entre los siglos VIII y VII a.C. la cerámica griega es muy escasa, mientras la fenicia representa el 97%, de la que el 70% son ánforas de almacenamiento; el 16% son vasos de barniz rojo; el 8% cerámica pintada geométrica; 6% cerámica gris de Occidente; 2% cerámica griega, kotylai protocorintias; 4% copas de Grecia oriental, ánforas áticas SOS, ánforas samias, etc.

En Huelva la cerámica griega es más abundante y variada. Su número aumenta desde finales del s.VIII hasta finales del VI a.C. Conjugando dos cortes, Puerto 6 y 9, y Méndez Núñez 84, la cerámica griega, comparada con la fenicia y con la indígena, arroja los siguientes resultados: 0,85% a finales del s.VII a.C.; 6,63% entre el 600 y 590 a.C.; 13,6% entre 590 y 560 a.C.; y 9,26% entre 560 y 530 a.C.

Cree M. Pellicer que este aumento de cerámica griega no es argumento suficiente que demuestre la presencia de una importante población griega en Huelva en el s.VII a.C., sino más bien la intensificación del comercio fenicio con la Grecia del Este, con las colonias jonias suritálicas y sicilianas, y con Massalia, de donde proceden la mayor parte de estos productos. Nosotros creemos que los fenicios pudieron obtener estas cerámicas en el Este más bien que en Sicilia o Massalia, pero tampoco se puede descartar completamente la tesis de M. Pellicer. Esta nueva propuesta de que la cerámica griega de Huelva pudo ser traída por los fenicios tiene un argumento importante a su favor: el hecho de ser poca comparada con la fenicia. El Ps. Scillax afirma que los fenicios llevaban al Occidente la cerámica griega.

La presencia de esta cerámica griega obedece a que los destinatarios tartésicos exigían productos de mayor calidad. De todo lo dicho deduce M. Pellicer que Huelva era "una colonia fenicia de singular importancia", lo que parece ser cierto, y que reunía las condiciones óptimas para su asentamiento, como son la desembocadura de un río, el Odiel; el estuario para un puerto; un ecosistema adecuado para alimentarse de los productos del mar; abundantes pastos para el ganado, y un retropaís rico en minas y en mano de obra tartésica. Huelva, entre los s.VIII-VII a.c. fue, según concluye brillantemente M. Pellicer, "una cabeza de puente para el emporio nuclear gaditano, integrado en la política y economía de Cádiz, fácilmente comunicada por mar con los establecimientos fenicios del Algarve portugués, con las desembocaduras de los ríos Sado, Tajo y Mondego, y con la costa malagueña".

La orientación del extremo suroeste peninsular estaría en función de la plata, a la que se añadiría el marfil, los huevos de avestruz y otros productos exóticos de Lixus o Mogador, más el estaño de las Casitérides. Esta tesis la creemos muy aceptable. Huelva mantenía relaciones con el sur de Portugal con los yacimientos orientalizados del s.VI a.C, como Rocha Branca de Silves en el río Odeloucas; de Monte Molião de Lagos, de donde importaría cobre y plata; de Setúbal, y de Alcácer do Sal, en el Sado; de Lisboa, en el estuario del Tajo, hasta Alcãçova de Santarem, llegando hasta el estuario del Mondego fundando la factoría de Santa Olaia en Figueira da Foz con otros yacimientos menores, como Tavarede, Montemor O Velha, Castro de Soure hasta Conimbriga; y de Almaraz, donde se crean factorías ya en el s.VIII a.C.

La orientalización de Extremadura y de la Meseta Occidental, que se consideraba ahora resultado del comercio tartésico desde el suroeste hispano, en opinión de M. Pellicer podía responder a la actividad comercial de las factorías fenicias de la costa portuguesa. Esta última tesis la encontramos discutible, pero hay que contar con ella para posteriores estudios y conocer mejor las factorías fenicias de la faz atlántica, o, pensar, al menos, en la existencia de ambas vías de penetración hacia el interior peninsular.

Este trabajo de M. Pellicer es de gran importancia por la cantidad de nuevos puntos de vista e hipótesis que ofrece, por el rigor de su desarrollo, y, sobre todo, por el abanico de perspectivas que abre para el futuro.