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¿POR QUÉ HAY ALGO EN VEZ DE NADA?

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Los astrónomos han constatado que el universo se encuentra en un estado de expansión, de modo que si reconstruimos retrospectivamente sus estados anteriores, se calcula que hubo un tiempo en que se reducía prácticamente (y tal vez teóricamente también) a un punto desde el cual se expandió todo el espacio, todo el tiempo y toda la energía que ahora vemos distribuida por el mundo. El momento de esa Gran Explosión se sitúa entre unos 13.000 y 15.000 millones de años atrás. Esto ha llevado a mucha gente a preguntarse cuál fue la causa de esa Gran Explosión, o qué sucedía antes de ese momento. Vamos a tratar de explicar por qué esas preguntas carecen de sentido. No queremos decir que sea vano planteárselas porque nunca estaremos en condiciones de contestarlas, sino que afirmamos literalmente que no significan nada, que quien se las plantea sólo revela que no entiende el significado de los conceptos "causa" o "antes".

Para poder representar gráficamente las ideas que vamos a exponer necesitamos hacer un convenio inocuo: representaremos el espacio tridimensional como si tuviera una única dimensión. (Si no, no nos cabrán en el dibujo todas las dimensiones que necesitamos representar.) En tal caso, el espacio intuitivo (tridimensional, euclídeo, ilimitado) en el que representamos nuestras experiencias, se corresponde con una recta. Del mismo modo, esta vez sin eliminar dimensiones, podemos representar el tiempo intuitivo en el que ordenamos nuestras experiencias como otra recta, de modo que la realidad intuitiva espacio-temporal se corresponde con un plano.

Ahora bien, cuando los físicos hablan del espacio, no se refieren normalmente al espacio intuitivo, sino a lo que podemos llamar, para distinguirlo, el espacio racional, que es uno de los muchos conceptos racionales que usan para describir el mundo. Es un espacio en el sentido de que es un concepto determinado por propiedades geométricas, pero no es el espacio intuitivo porque no tiene necesariamente las mismas propiedades. Por ejemplo, una vez eliminadas las dimensiones que no podemos representar, el espacio racional, en lugar de una recta, bien podría ser una circunferencia. Esto significa que si camináramos por el universo siempre en línea recta, sin desviarnos hacia arriba, hacia abajo, hacia la derecha o hacia la izquierda, al cabo de recorrer una distancia enorme, estaríamos de nuevo en el punto de partida. Esto contradice a nuestra intuición, pero no es de extrañar que así sea, ya que nuestra intuición impone a priori la geometría euclídea en nuestras experiencias.

Es como si tengo ocho sillas alrededor de la mesa de mi casa e invito a comer a cuatro personas, con lo que en total somos cinco y quedan tres sillas vacías. Sería absurdo creer que faltan tres invitados por llegar por el mero hecho de que haya tres sillas vacías. Mi casa no es un restaurante, donde, si encargas una mesa para cinco, preparan una mesa con cinco sillas. En mi mesa hay ocho sillas a priori, independientemente de cuánta gente viene a comer. Del mismo modo, mi intuición se representa un espacio vacío en forma de recta y pretende llenarlo con los datos que le proporcione la experiencia sobre lo que hay en cada punto, pero bien puede ocurrir que no haya tantos datos empíricos como lugares para llenar haya previsto mi intuición. Así, si el espacio racional fuera una circunferencia de longitud conocida, a partir de la observación de una galaxia a una cierta distancia en una cierta dirección, los astrónomos podrían determinar la posición de la galaxia, como objeto racional, en el espacio racional y, recíprocamente, a partir de una posición racional de una galaxia en el espacio racional los astrónomos podrían determinar dónde podremos observarla empíricamente. Si el tamaño del universo fuera suficientemente pequeño como para que su finitud fuera apreciable empíricamente, lo que sucedería es que podríamos ver una misma galaxia mirando en una dirección y también en la dirección opuesta. Intuitivamente, la galaxia ocuparía dos posiciones distintas en el espacio, pero sería únicamente una ilusión empírica: intuitivamente veríamos dos galaxias, pero nuestro entendimiento sabría que esa intuición corresponde a un único fenómeno, al igual que si veo dos objetos (casi) iguales a causa de un espejo no concluyo que sean dos fenómenos, sino uno solo. La diferencia es que con las galaxias no podemos distinguir entre la intuición real y la virtual, sino que las dos intuiciones estarán en pie de igualdad.

Notemos que en esta situación el espacio es finito, en el sentido de que tiene una longitud (un volumen, en realidad) finito, lo cual no significa que esté limitado por un muro infranqueable que de pie a preguntarnos qué hay detrás. El espacio no termina con un muro, sino que termina donde empieza. Si lo exploramos cada vez más lejos, terminamos encontrando el punto de partida. Si representamos simultáneamente el espacio circular y el tiempo, la figura que obtenemos ya no es el plano que hemos mostrado antes, sino la superficie de un cilindro. Ahora bien, esta representación no es correcta, porque no tiene en cuenta la expansión constante que se ha detectado en el espacio. La teoría de la relatividad prevé dos posibilidades para el futuro de esta expansión, en función de la masa total del universo. Si ésta es suficientemente grande, la expansión será cada vez más lenta y terminará convirtiéndose en una contracción. Para lo que vamos a discutir aquí, el futuro del universo nos es irrelevante, pero si suponemos que, en efecto, se va a producir tal contracción, la figura que buscamos se vuelve más sencilla, pues resulta ser (o podría ser) una superficie esférica. Si quisiéramos dibujar un universo en expansión perpetua, tendríamos que dibujar una especie de copa.

En la figura vemos cómo, a medida que consideramos instantes anteriores en el tiempo, la circunferencia que representa el espacio tiene una longitud menor, hasta que llegamos a un punto, el momento de la Gran Explosión, en el que todos los lugares del espacio son el mismo lugar. En la medida en que la esfera que hemos dibujado representa el espacio-tiempo, es decir, todos los lugares y momentos de la realidad, el polo sur representa el primer instante común a todos los lugares del universo. Ahora deberíamos estar en condiciones de entender por qué es absurdo preguntarse qué pasó antes de la Gran Explosión. La clave está en que la figura representa toda la realidad, al menos, lo que la razón concluye que podría ser la realidad a partir de las experiencias disponibles. Puede que esta figura describa una hipotética realidad trascendente o puede que describa el esquema general del que parte Matrix para generar las sensaciones que nos provoca, pero, independientemente de su posible significado trascendente, describe la realidad a la que nos enfrentamos. Ahora no podemos decir que si viajamos cada vez más hacia el pasado acabaremos encontrando el momento actual, pero esto tampoco significa que nos encontremos con un muro infranqueable.

Para entenderlo, imaginemos que la esfera representa la superficie terrestre y alguien que vive, por ejemplo, en España, nos pregunta qué hay más al sur. Podremos decirle que más al sur está Marruecos, y luego Argelia, luego Mali, luego Burkina Faso, luego Costa de Marfil y, más al sur todavía, está el océano Atlántico, por el que podría navegar rumbo al sur hasta encontrar la Tierra de la reina Maud, en la Antártida, por la que podría caminar hasta llegar al polo Sur. Pero supongamos que, después de esta explicación, nuestro aprendiz de explorador nos pregunta qué hay todavía más al sur. Ciertamente, la pregunta cuesta de digerir. Si, pese a ser, como es, una pregunta capciosa, nos proponemos responderla, la única respuesta posible es que no hay nada más al sur que el polo Sur. Si el autor de semejante pregunta realmente cree que está preguntando algo con sentido, ahora tal vez se imagine que el polo Sur es algo misterioso, que no permite ser sobrepasado, donde la Tierra se acaba, tal vez en un abismo infinito, o a saber cómo. Pero todo esto son imaginaciones peregrinas surgidas de una pregunta peregrina. Alguien que pregunte qué hay más al sur del polo Sur no entiende qué es la latitud. La latitud, por ser lo que es, sólo puede variar entre 90°S y 90°N y no porque al llegar a la latitud mínima se acabe la Tierra, sino porque si seguimos avanzando en la misma dirección en que caminábamos, al sobrepasar el polo Sur ya no estaremos caminando hacia el sur, sino hacia el norte, por definición de latitud.

Lo mismo sucede con el tiempo. Un tiempo anterior a la Gran Explosión carece de sentido por la misma razón por la que carece de sentido una latitud de 95°S. No es que no sepamos qué pasó entonces, sino que no hay un entonces. Lo que sucede es que no podemos concebir el mundo como una realidad que evoluciona en el tiempo, sino que el tiempo es uno de los conceptos geométricos que describen la realidad, igual que la latitud es un concepto geométrico que aparece en la descripción de la superficie terrestre. Resulta que la geometría del tiempo es similar a la geometría de la latitud, y no a la geometría de una recta. Nos referimos, por supuesto, al tiempo racional, porque la geometría del tiempo intuitivo sí que es la geometría de una recta, y nuevamente estamos pensando que no han llegado aún todos los invitados por el mero hecho de ver sillas vacías. Cuando transportamos los sucesos del tiempo racional al tiempo intuitivo (igual que antes transportábamos una galaxia del espacio racional al espacio intuitivo) nos encontramos, ciertamente, con un instante correspondiente a la Gran Explosión más abajo del cual no sabemos qué poner, pero eso es igual de misterioso que el hecho de que en el mapa siguiente no falta nada por la izquierda ni por la derecha (ya que lo que hay más a la izquierda es justamente lo que vemos a la derecha, y viceversa) ni tampoco por arriba ni por abajo (porque no hay nada en la Tierra ni más arriba, ni más abajo, no en el sentido de que no podamos llegar más arriba o más abajo, sino en el de que no hay ningún lugar al que llegar que no esté ya representado en el mapa).


Si equiparamos la superficie de la Tierra a la realidad (racional) este mapa sería la deformación a la que nuestra intuición somete a la realidad por el hecho de representársela a priori como un plano ilimitado en lugar de como una superficie esférica. En general, es un sinsentido tratar al mundo en sí como si fuera uno de los objetos que hay en el mundo. Los objetos que hay en el mundo están inmersos en un espacio y un tiempo, pero el mundo en sí no está (necesariamente) inmerso en un espacio y un tiempo. Podría haber un espacio y un tiempo trascendentes en los cuales estuviera situado nuestro mundo, pero también podría no haberlos y, aun si los hubiera, no serían el espacio y el tiempo del mundo, sino otros. (Luego ilustraremos esto.) Lo mismo vale, por ejemplo, para el concepto de causa: la relación de causalidad es una relación que podemos establecer entre los distintos sucesos que ocurren en el mundo: cada cosa que sucede puede estar causada por otra sucedida en un tiempo anterior, pero es absurdo buscar una causa para lo que sucedió en el primer instante. Es como preguntarse qué sostiene a la Tierra. El ordenador en el que escribo estas líneas está sostenido por mi mesa, sin la cual caería. Mi mesa no cae porque la sostiene el suelo, que a su vez es sostenido por la estructura del edificio, que es sostenido por la Tierra. ¿Qué sostiene a la Tierra?, ¿por qué no cae la Tierra? Nuevamente, quien pregunta esto no entiende lo que es la gravedad y, en particular, no entiende lo que es caer o lo que es "abajo". Si lo entendiera, comprendería que la Tierra no necesita de nada que la sujete, igual que la Gran Explosión no necesita una causa.

Quien piensa que el hecho de que ayer hubiera materia es razón suficiente para que hoy haya materia y, siguiendo una cadena, considere que el problema es por qué apareció la materia en la Gran Explosión (decir la energía sería más exacto) está distorsionando el problema, porque "apareció" presupone que antes no había y después sí, cuando en realidad no hay ningún "antes", luego tampoco una aparición o una creación. La pregunta correcta es por qué hay materia, antes y ahora, o, más en general, por qué hay algo en vez de nada. Toda la discusión precedente pretende mostrar que buscar una explicación de por qué existe el mundo no debe plantearse como una búsqueda de lo que pasó en el primer instante del mundo. Eso sería como si viéramos un cuadro y, en lugar de preguntarnos quién lo ha pintado, sólo nos preocupara saber quién ha pintado una estrecha franja en su base (que, por otra parte, si, por ejemplo, el cuadro acaba con un terreno más o menos uniforme, podría haberla pintado cualquiera, ya que la dificultad real estaría en lo que hay más arriba).

En esta página y las siguientes trataremos, entre otras cosas, de desmantelar la que podemos llamar ilusión teológica, consistente en creer que la existencia del mundo implica necesariamente la existencia de un ser inteligente, externo a él, que lo haya creado. Obviamente, no vamos a demostrar que no existen dioses, sino únicamente que la existencia de dioses es una afirmación puramente metafísica, ya que no hay ningún indicio racional que la apoye. Conviene comparar con las otras dos ilusiones trascendentales que ya hemos discutido: la ilusión ontológica consiste en que el hecho de que yo vea una mesa ante mí no implica en modo alguno que haya de haber una mesa ante mí. Podría ser, pero también podría ser que fuera Matrix quien me provocara esa ilusión. Similarmente, la ilusión psicológica consiste en que el hecho de que yo sea consciente del mundo que me rodea no implica que deba ser una sustancia llamada alma en lugar de una mera actividad de la materia de dicho mundo. Podría haber un dios que me hubiera dotado de un alma, pero, desde un punto de vista trascendente, también podría ser la mera actividad de un ordenador.

De la misma manera, dentro del abanico infinito de posibilidades metafísicas consistentes con nuestro conocimiento racional del mundo, el mundo que conocemos podría ser un trabajo de clase realizado por un niño de ocho años que ha programado un universo en su ordenador portátil, un universo en el que vivimos nosotros. Alguien podría objetar que el mundo es demasiado complicado para que lo haya programado un niño de ocho años, o para caber en un ordenador portátil, pero estamos hablando de un niño de ocho años trascendente, y no tenemos ni idea de cuánto dura un año trascendente, ni qué capacidad de cálculo tiene un ordenador portátil trascendente, ni cómo son de inteligentes los niños de ocho años trascendentes, etc. Por supuesto, en lugar de haber sido creados a desgana por un niño que hubiera preferido pasar el fin de semana haciendo cosas más interesantes que diseñar una física, podríamos ser la obra de un venerable anciano barbicano que, aburrido en el asilo, se entretiene jugando a ser Dios. Todo podría ser. Ahora bien, ¿ha de haber necesariamente algo de eso? Vamos a ver que no.

Del mismo modo que la posible existencia teórica de Matrix ayuda a desenmascarar la ilusión ontológica y que la posible existencia de ordenadores conscientes ayuda a desenmascarar la ilusión psicológica, vamos a ver que una combinación de ambas ayuda a desenmascarar la ilusión teológica. Pero antes tenemos que hacer algunas precisiones sobre lo que debemos entender por Matrix, más que nada porque nos van a alejar de lo que se presenta como tal en la película con dicho título. Pensemos primero en el caso de los ordenadores conscientes, porque en ese caso ya hemos hecho la precisión que necesitamos ahora para Matrix.

Imaginemos que construimos una muñeca que cuando oye su nombre dice "estoy aquí", y cuando le quitan la ropa dice "tengo frío", y cuando la abrazan dice "te quiero mucho", etc. Tras un examen muy superficial, la muñeca podría parecer consciente, podría parecer que es sensible al frío y al cariño, que sabe cómo se llama, etc. Sin embargo, no haría falta profundizar mucho en dicho examen para constatar que en realidad no entiende nada, sino que se limita a realizar unas acciones que, aisladas, podrían ser el producto de un ser consciente, pero que no encajan en el contexto. En suma, la muñeca no superaría el test de Turing menos exigente que pudiéramos plantearle. En teoría, podríamos ir enumerando todas las posibles situaciones en que podría encontrarse la muñeca, buscar una forma en que ella pudiera detectar que se da el caso y programarle una respuesta que fuera propia de un ser consciente. Esto aumentaría en cierto grado su apariencia de consciencia, pero no dejaría de ser un autómata capaz de salir airoso únicamente de un número finito de situaciones concretas, y, tarde o temprano, el test de Turing terminaría descubriendo sus limitaciones. La única forma de lograr que un autómata parezca consciente, en el sentido de que sepa simular que lo es bajo cualquier circunstancia, es hacer que realmente entienda su entorno y construya su respuesta en función de lo que suceda, no en función de un análisis superficial de lo que suceda y mediante un repertorio prefijado de respuestas posibles. Claro que, en tal caso, ya no parecería consciente, sino que sería consciente. (Por ejemplo, SHRDLU es un paso en esa dirección, ya que no tiene un repertorio cerrado de frases que es capaz de entender, sino que analiza el significado de cada frase que se le dice y responde en consecuencia.)

Del mismo modo, una realidad virtual debe superar un análogo al test de Turing si queremos que su producto merezca el nombre de "realidad". Por ejemplo, imaginemos que un programador informático exhibe orgulloso su última creación: un programa de realidad virtual capaz de mostrar una copa de cristal tallado que imita a la perfección el brillo, los reflejos, el color, la textura, etc. de una auténtica copa de cristal. Esto sería una "obra de arte informática", equivalente a un ordenador programado para declamar el Segismundo de La vida es Sueño con todo lujo de detalles en la inflexión de la voz, capaz de hacerle saltar las lágrimas al más pintado, pero incapaz de responder a una pregunta improvisada. Parecería humano y enternecedor, pero sería mecánico y frío. Del mismo modo, la preciosa copa de vidrio virtual, ¿podría romperse?, ¿podría calentarse hasta derretirse? Si no puede hacer eso, no es real. Por supuesto, el programador podría estudiar la forma en que se rompe o se derrite una copa e incorporarlos a su programa, con lo que aumentaría en un cierto grado la apariencia de realidad de su copa, pero siempre habría nuevas situaciones imprevistas. ¿Cómo debería reaccionar la copa si, por ejemplo, se vierte un ácido en ella?

Del mismo modo que la única forma en que un ordenador puede parecer consciente es siendo consciente, es decir, generando sus respuestas, no a partir de un repertorio de casos estudiados previamente, sino como consecuencia de una comprensión profunda de la realidad; la única forma en que una realidad virtual puede parecer real es siendo real, es decir, generando sus respuestas, no a partir de unos estudios previos sobre el aspecto que tiene la realidad en determinados contextos, sino comprendiendo en qué consiste en profundidad esa realidad que quiere imitar y determinándola hasta sus últimos detalles internos. Esto significa que el ordenador que sirviera de soporte a dicha realidad debería representársela como un cúmulo de partículas elementales sometidas a unas leyes físicas y calcular su evolución de acuerdo con dichas leyes. Obviamente, esto excede cualquier posibilidad práctica hoy en día, tanto por el hecho de que los físicos no sabrían decirnos las leyes exactas que rigen la realidad que conocemos, como por problemas de memoria, como por problemas de cálculo.

Imaginemos, no obstante, que el niño de ocho años del que hablábamos antes, pongamos que se llama Zeus, hubiera programado nuestro universo a ese nivel de fidelidad, es decir, con absoluta fidelidad. Su ordenador portátil, contendría toda la información posible sobre cada electrón, sobre cada protón, sobre cada fotón del universo, y usaría las leyes de la física (diseñadas por él) para determinar la evolución en el tiempo de cada una de ellas. Conviene hacer algunas precisiones:

  1. Puede objetarse que no es posible plasmar exactamente en un ordenador magnitudes continuas, pero tal vez todas las magnitudes del universo son discretas, incluido el tiempo, sólo que la mínima unidad de tiempo que tiene sentido es tan pequeña que ningún experimento ha podido detectarla. Si no fuera así, si la ciencia requiriera realmente magnitudes continuas, no como meras aproximaciones más manejables de la realidad, sino como características inherentes de la misma, la posibilidad de meter nuestro universo en un ordenador se vería comprometida, pero no el argumento global que queremos proponer. Volveremos sobre esto en la página siguiente, que es donde terminaremos de exponerlo.
  2. Otro obstáculo a que Zeus apruebe la asignatura de ciencias es que calcular las consecuencias de las leyes físicas puede ser muy complicado, por no decir imposible. Por ejemplo, aunque las ecuaciones de la gravitación determinan completamente el movimiento que han de seguir los planetas alrededor del Sol, nadie ha sido capaz nunca de calcular la evolución exacta de tres cuerpos en el campo gravitatorio generado por ellos. En el caso del sistema solar, la evolución de cada planeta se puede calcular de forma aproximada teniendo sólo en cuenta la gravedad generada por él mismo y por el Sol, prescindiendo de la acción de los demás planetas, aunque luego ésta puede introducirse de forma aproximada como una ligera corrección de la solución obtenida. Nuevamente, podría ocurrir que el universo de Zeus fuera totalmente discreto y que la solución exacta no fuera la que proporcionan los modelos continuos sobre la gravitación, sino que éstos fueran una aproximación de unas leyes discretas con las que se pudiera operar de forma exacta mediante un proceso iterativo inabordable para nosotros, pero que para Zeus y su ordenador fuera un juego de niños. En cualquier caso, en la página siguiente observaremos que la unicidad matemática podría bastar como sustituto de la computabilidad efectiva.
  3. Por último, la mecánica cuántica establece que algunos fenómenos suceden de forma aleatoria, de modo que no pueden predecirse a partir de un estado anterior de cosas, sino que han de generarse aleatoriamente. En principio un ordenador podría generar sucesos aleatorios, pero esta posibilidad no es compatible con el argumento que queremos proponer. En su lugar, hemos de pensar en una interpretación de la mecánica cuántica alternativa a la interpretación clásica, o interpretación de Copenhague. (Interpretación quiere decir que no afecta a la forma matemática de las leyes de la mecánica cuántica, sino únicamente a la forma en que éstas pueden ser entendidas.) La interpretación de Copenhague supone que, cada vez que un observador mide una magnitud que a priori puede tomar varios valores, esto supone un colapso de una función de probabilidad, de modo que una de las posibilidades se vuelve real a partir de ese momento. La interpretación alternativa de la que hablamos propone que la medición no selecciona realmente una posibilidad, distinguiéndola de otras que podrían haber sido igualmente reales, pero que el azar ha hecho que no lo sean. En cambio, propone que todas las opciones que eran posibles se vuelven reales, sólo que cada una en un mundo paralelo diferente. Así, por ejemplo, si un físico mide el espín de un electrón, en principio éste podría tener dos valores: +1/2 y -1/2, y sólo el proceso de medida hace que el signo posible se haga real. Según la interpretación de los "otros mundos", habría dos mundos igual de reales, uno en el que el físico obtendrá el valor +1/2 para el espín del electrón y otro en el que obtendrá el valor -1/2. (Naturalmente, si luego decide medir el espín de otro electrón, el número de universos paralelos pasará a ser de cuatro, etc.) En estos términos, lo que haría el ordenador de Zeus no sería calcular la evolución de un universo escogiendo aleatoriamente el resultado de cada experimento cuántico, sino calcular la evolución de todos los universos compatibles con la mecánica cuántica.

Así pues, el ordenador de Zeus sería un Matrix gigantesco sin nadie conectado a él. Nosotros seríamos parte de él, como los personajes virtuales de Matrix, que, como ya hemos discutido, serían conciencias tan reales como las generadas por los cerebros que tiene conectados. Más concretamente, de acuerdo con la segunda observación precedente, cada vez que el ordenador de Zeus se encuentra que tiene que multiplicar sus universos debido a que un experimento cuántico tiene varias salidas posibles, al multiplicarlos estaría clonándonos, ya que nuestros estados mentales en un momento dado serían prolongados de varias formas, tal vez diferentes, una en cada uno de los mundos alternativos que prolongarían el nuestro. Naturalmente, nosotros no notaríamos nada. Vamos a analizar esto:

En principio, un ordenador consciente no sólo ha de hacer muchos cálculos para interpretar la realidad de su entorno, sino que ha de hacerlos muy rápidamente. Si necesitara tres horas para comprender que la imagen que está viendo es la de un perro, y tres horas más para generar la frase "¡Hola, perro!", para cuando la hubiera generado, el perro ya se habría marchado, y se encontraría con una imagen completamente distinta que tendría que volver a analizar, y así no tendría forma de entender nada coherente. En general, el tiempo interno del ordenador ha de poder equipararse al tiempo de la realidad externa a la que se enfrenta. En cambio, un ordenador que ejecute una realidad virtual tiene todo el tiempo que necesite: una cosa es la velocidad a la que haga sus cálculos y otra muy distinta es la velocidad a la que suceden las cosas en el mundo que calcula. Imaginemos que estamos hablando en una habitación con un ordenador consciente y, en un momento dado, lo desconectamos tan repentinamente que no le demos opción de percibir "su muerte". Al día siguiente, lo volvemos a conectar, de modo que tampoco empiece a percibir nada hasta que todos los efectos asociados a la conexión han cesado. Si lo hacemos bien, el ordenador podría no haber advertido nada, y continuaría la conversación en el mismo punto donde la dejó, creyendo que todavía es ayer. No obstante, si en la habitación hay un reloj (que da la fecha, además de la hora), podría acabar comprendiendo que ha estado inconsciente un día entero.

Por el contrario, si tenemos un ordenador consciente conectado a una realidad virtual y detenemos al mismo tiempo el ordenador y la realidad virtual, cuando los volvamos a conectar el ordenador no notará nada porque no tendrá nada que notar. No habrá ningún desfase. Sólo habrá habido un desfase entre el tiempo intuitivo del ordenador, que coincide con el tiempo interno de la realidad virtual, y el tiempo nuestro, que para el ordenador será un tiempo trascendente del que no tiene ninguna experiencia. Así, si fuéramos capaces de construir un ordenador consciente con el único defecto de que es demasiado lento para enfrentarse con éxito a la realidad, siempre podríamos probarlo enfrentándolo a una realidad virtual que funcionara a su ritmo. Por ejemplo, si queremos dialogar con el ordenador podríamos teclear en el ordenador que genera la realidad virtual un "¿cómo estás?" para que ésta fuera preguntándoselo lentamente al ordenador. Al cabo de unas horas, la realidad virtual podría informarnos de que el ordenador ha respondido "muy bien, gracias", y así podríamos continuar una conversación inteligente (algo pesada, pero inteligente).

Del mismo modo, el maestro de Zeus podría suspenderlo porque su programa no es operativo: necesita un día entero para calcular la evolución de sus universos correspondiente a una millonésima de segundo, cuando sus compañeros Isis y Osiris han creado otro universo que evoluciona a razón de un millón de años (internos) por segundo (externo). Zeus protesta arguyendo que el señor Kheb, el padre de Isis y Osiris, es el presidente de una empresa puntera de informática y que ellos cuentan con un ordenador mucho más potente que su pobre portátil, pero que lo que debería importar es que su trabajo es correcto, y que, según sus cálculos, esperando el tiempo suficiente, aparecerá vida inteligente por lo menos en diez billones de planetas distintos en el 35% de los mundos paralelos. Las estadísticas predicen incluso que en uno o dos de esos planetas podría surgir alguna cultura que acertara, por azar, con el nombre de su creador: Zeus, aunque, desde luego, la probabilidad de que se lo representen correctamente, con sus doce tentáculos asomando por su uniforme de colegial, es prácticamente nula.

Observemos que, al margen del juicio del maestro, la diferencia entre los universos de Zeus y de los hermanos Isis y Osiris es exclusivamente externa (trascendente, respecto de los habitantes de sus universos). No tiene sentido decir que la vida en uno transcurra más rápidamente que en el otro. Si, por ejemplo, en ambos universos hubiera un planeta Tierra girando alrededor del Sol y la vida media de un habitante de la Tierra fuera de ochenta revoluciones (años), eso no dependería en absoluto del tiempo que cada ordenador necesita para calcular un año de evolución del universo. Aunque los hermanos Isis y Osiris le hicieran el favor a Zeus de permitirle que grabara el estado de su universo y lo introdujera en su superordenador para observar más rápidamente su evolución, eso no "aceleraría" la vida de los habitantes de dicho universo, que seguirían teniendo una esperanza de vida de ochenta años (internos). La diferencia sería que Zeus y su maestro podrían contemplar una de esas vidas en una fracción de segundo, o podrían forzar al ordenador a que ralentizara la evolución para contemplarla más detalladamente, pero dichas aceleraciones o ralentizaciones no serían apreciadas por los habitantes del universo de Zeus, es decir, por nosotros, pues no corresponderían al tiempo de nuestro universo, sino a un tiempo trascendente del que no tendríamos ninguna experiencia.

Quizá ahora se entienda mejor por qué decíamos que crear un universo no es crear una Gran Explosión, sino que el problema es lograr que esa Gran Explosión signifique algo, lo cual supone (algo equivalente a) programar una teoría física en un ordenador que evolucione a partir de un estado inicial, pero lo que se crea no es el estadio inicial, sino toda la física, con sus conceptos, con la que el ordenador tiene que hacer sus cálculos.

Aparentemente, al explorar esta posibilidad no estamos rebatiendo, sino confirmando la tesis teológica de que el mundo necesita un diseñador. Analizaremos esto en la página siguiente. Aquí vamos a acabar de perfilar todos los elementos que necesitaremos en la discusión.

El ejemplo de Zeus puede ayudar a entender a qué nos referíamos antes al decir que no debemos confundir el tiempo racional con el que describimos nuestro universo y un hipotético tiempo trascendente en el cual el mundo estuviera, a su vez, inmerso (el tiempo intuitivo de Zeus). Así, por ejemplo, dado que filosofar es gratis, hay quien ha propuesto que el universo podría atravesar cíclicamente periodos de expansión y de contracción. Naturalmente, en metafísica todo es posible, pero conviene advertir que esta posibilidad metafísica presupone un tiempo trascendente que pueda ordenar las distintas "vidas" del universo, ya que, en ausencia de tal tiempo trascendente, un esquema como el de la izquierda significa exactamente lo mismo que el esquema de la derecha. Ambos representan dos universos sin ninguna conexión entre sí. No puede haber nada en uno que lo vincule al otro, por lo que, aunque convengamos, como antes, en que el tiempo está representado por la latitud, dibujar una esfera debajo de la otra no hace que ambos universos estén más conectados que si las dibujamos una al lado de la otra. Otra cosa sería que la existencia trascendente de estos universos consistiera en la actividad de un ordenador, en cuyo caso, la figura de la derecha podría representar que ambos están siendo calculados simultáneamente (por ejemplo uno en el ordenador de Zeus y otro en el superordenador de Isis y Osiris), y la figura de la izquierda podría representar que, para presumir de potencia, los hermanos ejecutan un universo tras otro, como quien juega varias partidas sucesivas de un mismo videojuego. Ahora bien, en tal caso, la simultaneidad o concatenación sería respecto del tiempo trascendente en el que viven los dioses estudiantes, no respecto de los tiempos racionales de cada universo, que no están relacionados entre sí.

Por último, vamos a señalar cómo estas ideas se relacionan con otra cuestión filosófica. Se trata del problema de por qué el universo puede describirse matemáticamente. Por ejemplo, imaginemos que instalo en un par de varillas, de un metro de longitud, cien células fotoeléctricas (como las que detectan si alguien entra o sale de un ascensor, impidiendo que se cierren las puertas), distribuidas a intervalos de un centímetro, y las conecto a un cronómetro, de modo que, en cuanto una célula detecta un objeto, registra el instante en que ello ha sucedido. Luego dejo caer una canica entre las dos varillas y leo los cien registros temporales que obtengo a medida que la canica pasa por delante de cada célula. Si represento estos cien puntos en una gráfica, obtendré la figura de la derecha. El eje horizontal representa el metro de distancia que recorre la canica y el eje vertical los tiempos (en segundos) que marcan las células fotoeléctricas, suponiendo que he puesto a cero el cronómetro en el momento en que dejo caer la canica. La curva que sale no es cualquier curva. Es una parábola. De hecho, puedo calcularla a priori sin fijarme en la canica. Por ejemplo, puedo asegurar que la canica tardará 45 centésimas de segundo en recorrer el metro de distancia, o que tardará 32 centésimas de segundo en llegar a la mitad del camino. Pero, para hacer estos cálculos, necesito un cierto tiempo. Si no dispusiera de una calculadora, este tiempo sería mucho mayor. La pregunta es: ¿cómo puede una simple canica, sin calculadora, sin nada, saber dónde tiene que estar en cada momento, y saberlo ya, sin que le cueste nada de tiempo? Una canica es capaz de dibujar una parábola temporal en 45 centésimas de segundo, que es mucho menos de lo que yo necesito para calcular sólo el punto final de la parábola, sin contar lo que me costaría calcular los noventa y nueve puntos intermedios. En general, ¿cómo hace el mundo para que la posición de cada cosa, el peso de cada cosa, la fuerza de cada cosa, se ajuste meticulosamente a unas fórmulas matemáticas? ¿Donde está la calculadora, o el superordenador, más bien, del mundo?

Más aún, si la canica ha de tardar 45 centésimas de segundo en caer, ello se debe a que se encuentra a una determinada distancia del centro de la Tierra y a que ésta tiene la masa que tiene. Si estuviera en la Luna, el tiempo de caída debería ser otro. Así, pues, ¿cómo sabe la canica cuánta masa tiene la Tierra y a qué distancia está?, ¿y cómo sabe la canica qué ha de hacer con estos datos, en qué fórmula ha de meterlos para situarse donde debe?

Observemos que todas estas preguntas tendrían una respuesta obvia si el mundo fuera el resultado de la actividad del ordenador de Zeus. La canica tiene una calculadora escondida: el ordenador de Zeus, que es el que hace todos los cálculos para determinar dónde debe estar situada en cada momento y, de hecho, es él quien la sitúa en el lugar oportuno. Y no es cierto que haga los cálculos más rápidamente que yo. En realidad no puedo comparar los tiempos, ya que sus cálculos y los míos se hacen en dos tiempos distintos: yo los hago en mi tiempo racional y él los hace en un tiempo que para mí es trascendente. Notemos que el ordenador de Zeus no está en ningún lugar del universo, sino que el universo es un producto de la actividad del ordenador de Zeus. Zeus no está en ningún lugar del universo, pero, al mismo tiempo, tiene acceso al estado del universo en cualquier momento y lugar (al menos si sus compañeros le permiten usar el superordenador en lugar de su cafetera de portátil). Hay que reconocer que, al menos en parte, hace honor a su nombre.

Conviene precisar esto de la ubicuidad y la omnisciencia de Zeus: En principio, lo que su ordenador calcula no será más que una ristra enorme de números, números que han de ser interpretados con ciertos criterios, los criterios que usa el programa de Zeus para manipularlos. Para visualizarlos, Zeus podría contar con programas auxiliares que, a partir de los estados de los universos ya calculados, podrían calcular una imagen (o un vídeo) de cualquier región, sin más que especificar un mundo cuántico concreto, una posición espacial y una orientación de la "cámara", un intervalo temporal y un factor de escala (del que dependerá que en la imagen aparezcan átomos, bacterias, árboles, estrellas o galaxias). Esas imágenes serán una auténtica realidad virtual, donde el movimiento de los peces, los reflejos del agua, las alegrías y las penas de las personas, etc., no provendrán de un archivo de estudios artísticos, sino que se deducirán mecánicamente del estado del mundo en el momento y lugar estudiados. Otra herramienta que le sería muy útil a Zeus sería un buscador que le permitiera rastrear su universo en busca, por ejemplo, de seres vivos, ya que, si tuviera que explorar sus mundos al azar, podría pasarse todo el tiempo en espacios vacíos o en planetas desérticos bastante aburridos.

Otra vez yo

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La metafísica