Este manual fue escrito
para la Sección de Cielo Profundo de la Asociación Valenciana de Astronomía en
1994
Ha sido también
parcialmente publicado en "Acerca del Espacio" editado por la Consellería de Cultura de la Generalitat Valenciana
1. El
Universo más allá del Sistema Solar
2. INTRODUCCION
TEORICA: Naturaleza
física del Espacio Profundo
2.1. Las dimensiones del Sistema Solar y del Universo
2.2. El
reino de lo inconcebiblemente grande
2.4. Estrellas
aisladas
2.5. Estrellas
asociadas por la gravedad
2.6. Estrellas
de brillo variable
2.7. Cúmulos estelares
2.9. Nebulosas oscuras: el nacimiento de las estrellas
2.10. Nebulosas brillantes: la infancia de las estrellas
2.11. La vida de las estrellas
2.12. El
final de las estrellas de baja masa: Las nebulosas planetarias
2.13. El
final de las estrellas de masa intermedia
2.14. El
final de las estrellas de gran masa
2.15. Relación
entre binarias cerradas, novas y supernovas Ia
2.16. Perspectiva global de la evolución estelar
2.17. Naturaleza
de la luz
2.18. La
medida del brillo de las estrellas
2.19. Clasificación general de las estrellas
2.20. Catálogos
de objetos del espacio profundo
2.21. Clasificación de las estrellas variables
2.22. Clasificaciones suplementarias de objetos no estelares
2.23. El mundo de las galaxias
2.24. Tipos comunes de galaxias
2.25. Tipos especiales de galaxias
2.26. Cúmulos de galaxias
2.27. Cosmología:
el universo como un todo
3. INTRODUCCION
PRACTICA: Astronomía de
Espacio Profundo Práctica, primer contacto
3.1. Equipo de iniciación al espacio profundo
3.2. "Star Hopping" y otros métodos de localización
3.3. Observación de estrellas dobles
3.4. Observación de estrellas variables
3.5. Observación de objetos no estelares
3.6. El lugar, el equipo y las condiciones de observación
3.7. Preparación de una sesión de observación, la toma de datos y
su registro
3.8. Acomodación
de la vista a la oscuridad
3.9. Instrumentos de observación
3.10. Técnicas de observación
3.11. Astrofotografía y dispositivos de carga acoplada
3.12. Observación
del espacio profundo: conclusión
EL UNIVERSO MAS ALLÁ DEL SISTEMA SOLAR
Los progresos de la humanidad
suponen una continua ampliación de nuestros horizontes y del conocimiento que
tenemos del mundo en el cual vivimos. Un esfuerzo considerable de las
inversiones en investigación se destina todavía hoy en día a exploración,
aunque el objetivo de ésta no es ya tanto la Tierra, conocida muy
profundamente, sino el Sol y los otros planetas, que constituyen nuestro
entorno cósmico inmediato. El conocimiento del Sistema Solar es cada vez más
necesario por la progresiva mayor accesibilidad que estamos consiguiendo, y que
en un futuro todavía lejano nos permitirá aprovechar sus recursos. Otra buena
razón para conocerlo mejor es la influencia en el medio ambiente terrestre que
directa o indirectamente puede producir, especialmente a nivel de catástrofes
geológicas o atmosféricas de gravísimas consecuencias. Estas razones, y la
propia necesidad de conocer de nuestra especie, de dar respuestas a preguntas
que nuestra curiosidad plantea, justifica nuestra dedicación a explorar las
regiones del Universo más cercanas a la Tierra.
Sin embargo, el Universo es
mucho más que el Sol y su corte planetaria. De hecho, aunque sean fundamentales
para la vida y en ciertos casos condicionen nuestras acciones cotidianas, la
Tierra, el Sol, la Luna y los otros cuerpos del Sistema Solar son tan sólo una
región diminuta e intrascendente en un Universo inmenso y asombroso que supera
ampliamente cualquier cuadro que nuestra imaginación conciba. Para justificar
los esfuerzos en exploración de lo situado más allá de los confines del Sistema
Solar ya no se pueden esgrimir móviles económicos, estratégicos o defensivos,
al ser inalcanzables materialmente. El móvil es únicamente la ganancia de
conocimiento en el sentido más puro. Incentivos adicionales que hacen más
fascinantes a estos estudios son el propio exotismo de los fenómenos físicos,
el inmenso tamaño y poder del Universo a gran escala y las atractivas
consecuencias filosóficas que plantea, que convierten en apasionantes unos
estudios innecesarios desde un punto de vista puramente pragmático. Estas
cuestiones han cautivado la imaginación de mentes abiertas e inquisitivas de
miles de personas, muchas de las cuales sin embargo sólo llegan a considerar
estos temas como una curiosidad. Sin embargo, una parte de estos interesados
dan el salto, y convierten el estudio del Universo a gran escala en una
verdadera afición, incluso quizás en una profesión. Probablemente el lector se
encuentra en estos momentos dando ese paso. En estas líneas se pretende hacer
una descripción del Universo más allá del Sistema Solar, que a nivel de
aficionado se conoce como "Astronomía
de espacio -o cielo- profundo",
procedentes de traducir las palabras inglesas deep
space o
deep sky.
La introducción la plantearemos
en etapas. Comenzaremos por hacer una exploración preliminar partiendo desde
cero, para ir progresivamente profundizando en astrofísica y cosmología.
Finalmente abordaremos el estudio práctico de estos objetos a nivel de aficionado,
desde el campo y con medios adecuados, fundamentalmente telescopios.
Naturaleza
física del espacio profundo
Para nosotros, que somos seres
vivos de un tamaño diminuto respecto de las distancias cósmicas, la magnitud
del planeta en el que vivimos, la Tierra, resulta difícil de abarcar con la
mente. A pesar de ello, los progresos técnicos y la rapidez de los transportes
actuales han terminado por familiarizarnos con otras culturas y lugares,
reduciendo una escala enorme a términos humanos. En la actualidad podemos
desplazarnos por la superficie de nuestro planeta a velocidades inconcebibles
hace pocos años, realizando en horas viajes que hace apenas doscientos años
requerían muchos meses o incluso años. Nuestros modernos aviones cruzan de
continente a continente en cuestión de horas. En la actualidad parece que al
fin el mundo se nos empieza a quedar pequeño.
Más allá de la Tierra está el
Sol, que nos da vida, y una decena de mundos comparables a la Tierra, algunos
menores y otros que convierten a nuestro planeta prácticamente en un escombro.
En la actualidad somos -al menos en teoría-, capaces de acceder con nuestras sondas
espaciales a todos ellos, en viajes que duran años a elevadas velocidades. La
variedad de mundos que estos vuelos no tripulados han puesto de manifiesto ha
cambiado radicalmente nuestra concepción del Universo inmediato. La noción que
hoy tenemos sobre el tamaño del Sistema Solar y su infinita variedad hubiera
asombrado a los antiguos habitantes de la Tierra. Incluso a nosotros nos sigue
pareciendo enorme y extraño. Resulta tan grande que hablar en términos de
kilómetros nos dice muy poco. El Sistema Solar es, efectivamente, tan inmenso
que no podemos concebir cuánto por su propia enormidad. Los kilómetros
son una unidad de distancia concebida y muy adecuada para hablar de las
distancias que recorremos sobre la superficie de nuestro planeta
cotidianamente; sin embargo, su utilidad resulta precaria cuando tenemos que
describir distancias tan grandes que se deben medir en millones de ellos. La
necesidad de hablar de cosas más grandes en términos sencillos nos ha hecho
definir nuevas unidades.
La Tierra se mueve en una
órbita casi circular colosal, tan grande que a nuestros más modernos y rápidos
aviones les costaría unos tres años recorrer un radio. ¿Sería suficientemente
grande esta unidad de distancia para hablar de distancias cósmicas?. Probemos.
Vamos a definir la unidad astronómica
como
el radio medio de la órbita de la Tierra, es decir, 149.6 millones de
kilómetros. La Tierra mediría 0.00009 unidades astronómicas (UA). Muy poco, tal
como queríamos; desde luego parece una unidad prometedora. ¿Pero será
suficiente?. ¿Cuanto mediría todo el Sistema Solar?. En total, 80 unidades
astronómicas de diámetro. A la sonda espacial más rápida jamás construida, la
nave Voyager II, le costaría 25 años cruzarlo de parte a parte. Caminando, si
se pudiese, recorrer esa distancia nos llevaría no una vida, ni dos... sino más
de 3000. La Unidad Astronómica parece una unidad perfectamente adecuada para
hablar de distancias en el Sistema Solar, pero lamentablemente adolece del
mismo problema que los kilómetros cuado queremos referirnos a mayores
distancias. Y la más corta separación que podemos plantear, la de nuestra
vecina estrella Próxima Centauri, por de pronto requiere ya más doscientas mil
unidades astronómicas; esto es sólo el comienzo.
Una nueva unidad de distancia a
mayor escala puede definirse a partir de la velocidad de la luz en el vacío,
dando indirectamente la distancia en unidades de tiempo al que se debe viajar a
la velocidad de la luz. Sea, pues, un año-luz
la
distancia que recorre la luz en un año. Puesto que la velocidad de propagación
en el vacío es de 299800 kilómetros cada segundo, un año-luz vienen a ser 9.45
billones de kilómetros, es decir, 63200 unidades astronómicas. A una velocidad
tan grande podríamos dar la vuelta a la Tierra en una décima de segundo;
partiendo del Sol, se podría alcanzar la órbita la Tierra en 8.3 minutos, la de
Plutón en cuestión de unas cinco horas y media, y alcanzaríamos Próxima
Centauri en menos de cinco años
Quizás comencemos a pensar que
nuestro planeta es un mundo minúsculo en un gigantesco Sistema Solar. Pero
vamos a ver que el Sol y su corte planetaria a su vez son ridículamente
pequeños, prácticamente nada, en un Universo de un tamaño inconcebible, en el
que las distancias ya no se dan en minutos-luz o en horas-luz, sino en millones
de años-luz. El espacio profundo
es
precisamente todo aquello que encontramos cuando salimos del Sistema Solar, es
decir, a distancias del Sol superiores a 5.5 horas‑luz. El más corto
itinerario por el espacio profundo supone ya distancias tan titánicas que
escapan completamente a nuestras posibilidades actuales y probablemente siempre
lo harán. Así, alcanzar la estrella vecina más cercana con la mejor tecnología
actual duraría muchas decenas de miles de años en un viaje que duraría
generaciones. Cruzar el sistema gigante de estrellas -o galaxia- en el
que vivimos costaría dos mil millones de años. Las cifras nos desbordan
completamente, y sin embargo todavía estaríamos al comienzo de nuestro
viaje...porque hay cientos de miles de millones de galaxias en el Universo.
Jamás podremos hacer viajes así de no haber una revolución radical en nuestra
concepción de los viajes espaciales. Afortunadamente, podemos conocer esos
objetos celestes inalcanzables gracias a su luz, y somos capaces de responder
con esa información a muchas preguntas complejas planteadas a cerca de estos
lugares donde jamás conseguiremos llegar.
Tabla
1. Distancias
en el Universo y tiempos de viaje (a=año, d=dia, h=hora, m=minutos,
s=segundos)
|
Objeto del viaje |
Caminante (6 Km/h) |
Avión (4000 Km/h) |
Voyager II (60000 Km/h) |
|
|
Cruzar
Valencia |
12 Km |
2 h |
11 s |
0.7 s |
|
Cruzar España |
1,000 Km |
7 d |
15 m |
30 s |
|
Dar la vuelta a la Tierra |
40,000 Km |
278 d |
10 h |
40 m |
|
Alcanzar la Luna |
384,000 Km |
7.3 a |
96 h |
4.7 h |
|
Alcanzar el Sol |
149.6 106 Km |
2800 a |
4.3 a |
104 d |
|
Salir del Sistema Solar |
12,000 106 Km |
228,000 a |
2,080 a |
25 a |
|
Alcanzar á Centauri (4.3 a.l.) |
40 1012 Km |
773,000,000 a |
1,160,000 a |
77,000 a |
|
Cruzar la Vía Láctea |
100,000 a.l. |
18 billones de años |
0.03 billones |
1800 millones |
|
Alcanzar M 31 |
2,250,000 a.l. |
405 billones de años |
0.6 billones |
0.04 billones |
|
Alcanzar el Cúmulo de Virgo |
60,000,000 a.l. |
11,000 billones |
16 billones |
1 billón de años |
|
Alcanzar el quasar 3C273 |
1,000 106 a.l. |
0.18 trillones |
270 billones |
18 billones |
Vamos a dedicar las siguientes
líneas a describir aquello que existe más allá del Sistema Solar, en las
profundidades del espacio: el espacio profundo,
el Universo a Gran
Escala.
De entre todos los posibles
enfoques con los que puede describirse el Universo, las introducciones que se
basan en viajes con la imaginación resultan las más agradables al lector, de
modo que empezaremos haciendo un viaje imaginario. Podríamos ahora elegir entre
dos posibles comienzos, ya clásicos en la divulgación de la astronomía: partir
de la Tierra, y ver qué se encuentra alejándonos de ella, o bien no partir de
ningún punto conocido en particular, y localizar la Tierra a partir de este
punto representativo. Vamos a elegir el segundo enfoque, probablemente el más
didáctico de los dos y realmente el más original.
Supongamos que hemos conseguido
escapar de las leyes de la materia que nos limitan en el mundo real. Nos
encontramos en una nave espacial, creada con nuestra imaginación, de fabulosas
propiedades. Este vehículo va a ser capaz de trasladarnos instantáneamente a
cualquier punto del cosmos y podrá resistir ambientes de una violencia y
hostilidad inconcebible. Además, puestos a dotarle de propiedades imaginarias útiles,
haremos que pueda mostrarnos imágenes más allá de nuestros sentidos ordinarios,
y que el tiempo en su interior pueda ser acelerado a voluntad para contemplar
fenómenos que tienen lugar en miles o en millones de años como si durasen
segundos, o ralentizado si los acontecimientos fuesen demasiado rápidos como
para apreciarlos con nuestra vista.
Pidamos que nos transporte a un
lugar representativo del Universo. ¿Qué veríamos? Por de pronto, aparecería
ante nosotros un panorama vacío. No hay nada. Ha desaparecido todo el
firmamento tal y como lo conocíamos. Ya no hay estrellas ni constelaciones, ni
se ve la Luna, ni los planetas, ni meteoros, luz zodiacal, Vía Láctea... Todo
ha sido sustituido por una oscuridad sobrecogedora, absoluta, como jamás hemos visto.
Tan sólo captamos con instrumentos muy sensibles algunos débiles fogonazos
causados por la aniquilación de pares partícula-antipartícula, fotones
generalmente de microondas, y quizás algún átomo o partícula subatómica. Sin
embargo, estas tenues señales no alterarían la sensación de que ante nosotros
no existe nada, sólo un vacío casi perfecto, que hace que sintamos un abandono
total y una soledad absoluta. Sin embargo, si nos fijamos, aquí y allá se ven
unas manchas borrosas muy débiles y confusas. Nos cuesta mucho verlas a simple
vista, pero con la instrumentación adecuada comprobamos que parecen ser
extraordinariamente abundantes, contándose por miles a poco que nos fijemos.
Dirigiéndonos hacia ellas, comprobamos que por mucho que nos esforzamos en alcanzarlas,
apenas notamos cambios y parece que continúan igual de lejos. Esto nos indica
que, además de abundantísimas, son también verdaderamente enormes: gigantescas
acumulaciones de materia tan sólo débiles por encontrarse terriblemente lejos.
Vamos a ver una de ellas con
más detalle, para lo cual nos acercaremos a unos centenares de miles de años
luz. La imágen de mancha confusa se convierte en una espectacular masa de miles
de millones de puntos luminosos coloreados a los que llamaremos estrellas,
agrupados en densas nubes luminiscentes. Esta entidad, formada por miles de
millones de estrellas, es una galaxia,
el ladrillo fundamental de construcción del Universo. Las galaxias son
enormente variables en tamaño y forma. Algunas son enormes esferas o elipsoides
sin detalle alguno. Otras se organizan en maravillosas estructuras espirales
notablemente planas. En cambio muchas veces no parecen poseer ninguna forma
definida. No nos cansamos de ver estos espectáculos celestes; la variedad de
formas que encontramos parece infinita.
Otro hecho pronto se nos hace
evidente: las galaxias no están verdaderamente aisladas, sino que la mayor
parte se agrupan en macroestructuras formadas por decenas, cientos y hasta
miles de ellas que vamos a llamar cúmulos de galaxias. Incluso hay
organizaciones de mayor jerarquía, formadas por varios de estos cúmulos, a los
que llamaremos supercúmulos, las mayores
superestructuras conocidas en el Universo. Cada cúmulo, cada galaxia, es
siempre diferente. La variedad de formas, tamaños y agrupaciones es
prácticamente ilimitada. Las galaxias son incontables. El universo, tal como lo
conocemos en la actualidad, tiene varias decenas de miles de millones de años
luz de diámetro y quizás contiene cientos de miles de millones de galaxias. Al
contemplar estos viveros de estrellas y ser conscientes de su gigantismo,
verdaderamente se comprende el concepto de infinito en su verdadera magnitud.
Para un aficionado, aun cuando de una galaxia con su telescopio o prismático
apenas llegue a captar más que una débil mancha de luz, siempre supone una
sensación muy especial, y la propia debilidad no hace sino aumentar aún más la
intuición de extrema y aterradora lejanía.
Siguiendo con nuestro viaje,
aceleramos la nave imaginaria hasta alcanzar una cómoda velocidad de crucero de
varios millones de años luz por minuto, comenzando la exploración. En nuestro
recorrido por el reino de las galaxias vemos que distan mucho de ser esas
pacíficas agrupaciones de estrellas que en apariencia son. Algunas expulsan enormes
chorros de gas desde el centro del disco en dirección del eje de giro. Otras
parecen literalmente estar explotando, con un brillo titánico, que empequeñece
a todas las que habíamos visto. De hecho acabamos por convencernos de que las
regiones nucleares de casi todas las galaxias exhiben fenómenos violentos,
especialmente en galaxias grandes, con cientos de miles de millones de
estrellas. Sin embargo muchos de estos violentos fenómenos a menudo no son
perceptibles con nuestros ojos, y debemos emplear otras frecuencias de luz para
hacerlos visibles. Cuando por ejemplo empleamos ondas de radio, muchas galaxias
que parecían completamente normales y apenas perceptibles se convierten en
monstruosas superestructuras llamadas radiogalaxias,
y se hacen mucho más frecuentes las expulsiones de gas en los núcleos y otros
indicios de actividad.
Las galaxias no se encuentran
demasiado separadas unas de otras. Así, no nos sorprende ver que con frecuencia
están deformándose o chocando unas con otras, mezclándose y desarrollando
estructuras de interacción, como puentes de materia, o brazos espirales de
grosor, forma, o dirección de giro anormal. Incluso encontramos casos en los
que una inmensa galaxia elíptica literalmente engulle a sus pequeñas vecinas,
apropiándose de sus estrellas. Sin embargo la mayoría de las galaxias son más
tranquilas y anodinas. Más tarde, cuando comprendamos bien qué es una galaxia,
volveremos para conocer mejor las clases que hay. Pero por ahora nos
conformaremos con observar más detalladamente un grupo típico.
Escogemos un cúmulo anónimo
bastante pequeño, en la región periférica de un cúmulo gigante. Esta parece una
región pacífica, aunque dos de las galaxias dominantes tienen núcleos algo
activos. No hay muchas galaxias aquí. Las dos espirales principales son
imponentes entre las de su clase, pero no
excepcionalmente grandes. Hay muchas pequeñas galaxias satélites y
algunas galaxias secundarias. En el Universo, las galaxias pequeñas son
extraordinariamente abundantes, pero se hacen muy difíciles de detectar con la
distancia, lo que produce una falsa sensación de escasez. Las galaxias enanas
son a menudo más irregulares que las grandes a causa de su mayor
susceptibilidad a ser perturbadas. Sus estructuras globales muestran un grado
de desarrollo generalmente menor, aunque en compensación conservan más tiempo
subestructuras primitivas, como nubes de gas gigantes. Como paso previo al
examen con mayor detalle del mundo de las galaxias parece conveniente estudiar
una al azar con más atención.
Vamos, pues, a visitar la más
pequeña de las dos galaxias gigantes. Es un disco parecido a una lente de lupa
de cien mil años luz de diámetro organizado en estructuras espirales similares
a un remolino y rodeado de un halo esférico de estrellas pequeñas y rojas. Este
prodigioso conglomerado de estrellas, de brazos espirales azulados y núcleo
amarillento, gira sobre sí mismo a la vertiginosa velocidad media de 800000 Km
por hora, pero su tamaño es tan inmenso que tarda más de 250 millones de años
en completar una vuelta. Aceleramos el tiempo para ver como lentamente
evoluciona, y comprobamos que no rota como un sólido; más bien sus lentos
movimientos nos recuerdan a un fluido muy viscoso. Si la examinamos durante
unos cientos de años, de vez en cuando nos sorprenden enormes explosiones, en
las que algunas estrellas multiplican su brillo millones de veces. Casi, como
un organismo vivo, las galaxias se mueven, se retuercen, cambian de forma y
sufren crisis ocasionales.
A medida que nos aproximamos la
complejidad de nuestra galaxia gigante se hace más y más asombrosa. Cuando
finalmente descendemos hasta sumergirnos en su plano ecuatorial, de repente el
cielo vuelve a ser el que contemplamos en las noches desde nuestro mundo, y esa
prodigiosa masa de estrellas, cuando se observa desde el interior siguiendo la
dirección del disco de la lente, se convierte en la familiar Vía
Láctea o Camino de Santiago.
A esta galaxia la vamos por tanto a llamar Vía Láctea,
ya que es precisamente la galaxia en la cual vivimos, una galaxia más entre una
infinidad.
Es interesante destacar que la
noche nos muestra el verdadero aspecto de Universo desde el interior de una
galaxia cualquiera: negra oscuridad, estrellas, nubes de gas, y otras galaxias
lejanas. El día, que consideramos como el aspecto verdadero de nuestro mundo,
no es más que el resultado de la difusión por la atmósfera terrestre de la luz
del Sol. Es decir, el día, lejos de ser normal, es todo lo contrario: una
anormalidad, aunque afortunada, ya que hace posible la vida en la Tierra.
Nuestro planeta es anormal además por otras razones, como estar acompañado de
satélite descomunal -la Luna-, por la riqueza de la atmósfera terrestre de
oxígeno, una molécula tan activa que podría calificarse de veneno químico
extremadamente peligroso, o por la abundancia y diversidad de la vida que
contiene.
¿Y dónde está el Sol y nuestro
planeta dentro de nuestra Galaxia?
Para encontrarlo y calibrar su
importancia, planteemos ahora un cambio
de escala. Una reducción interesante consistiría en hacer la
Vía Láctea del tamaño de España, que mide unos 1000 Km de diámetro. En este
modelo un año luz equivale a 10 metros y una unidad astronómica a 0.16
milímetros. Con ayuda de esta reducción vamos a hacer familiar el tamaño de
las estructuras de la espiral, una entre cientos de miles de millones.
Volveremos una y otra vez a esta reducción de escalas, que es muy práctica para
hacernos una idea de los tamaños relativos.
En esta galaxia reducida hasta
tener el diámetro de un pequeño pais como España, localizar al Sol no es tarea
fácil. Para poder verlo necesitaríamos equiparnos de un buen microscopio y
venirnos a Valencia, a 300 Km del centro de nuestra galaxia reducida. Allí
encontraríamos una bolita luminosa de apenas ocho centésimas de micra: ese es
el Sol de nuestro mundo. Y todo lo que habíamos tomado como un enorme vecindario,
el Sistema Solar, cabría cómodamente en un disco del tamaño de una peseta. Si
no nos fijásemos mucho sería muy fácil pasar por encima del Sistema Solar sin
ni siquiera darnos cuenta.
Un corto paseo de 43 metros nos
llevaría hasta nuestra estrella más cercana, Alfa Centauri, en realidad un
sistema constituido por tres estrellas asociadas entre sí, que dista 4.3
años-luz. Viajando desde el Alfa de Centauri hacia el Sol durante 42.99 metros
no encontraríamos nada, tan sólo un halo de núcleos cometarios de un tamaño
ridículo. Es sorprendente lo enormemente separadas que están las estrellas unas
de otras y el pequeño tamaño de las mismas y de sus sistemas planetarios.
Comparadas con ellas, las galaxias se pueden considerar prácticamente en
contacto, ya que las distancias que las separan son muy pequeñas para su
tamaño: del orden de sus propios diámetros. Más allá de Alfa Centauri y a
distancias similares, encontramos más puntos de luz en apariencia
insignificantes. La acumulación miles de millonesde ellos a lo largo de vastas
distancias en el disco plano que constituye la Galaxia, adorna las noches
terrestres con esa espectácular franja luminosa que constituye la Vía Láctea y
que contemplamos en noches limpias y oscuras lejos de las ciudades.
La galaxia Vía Láctea es un sistema
espiral formado por más de ciento cincuenta mil millones de estrellas (se cree
que incluso quizás el doble), con la forma de una lente de lupa corriente. En
el plano ecuatorial del disco se acumulan nubes de gas (fundamentalmente hidrógeno)
y polvo (óxidos, silicatos, etc), y es allí donde se observa una mayor
complejidad estructural y las más luminosas estrellas, que trazan los brazos
espirales. Las zonas exteriores son más pobres. A medida que nos desplazamos
hacia el centro, la densidad y el número de estrellas crece enormemente,
formándose un abultamiento central, bulbo o "bulge". Debido a nuestra
posición periférica y a la absorción de la luz por la materia oscura del disco,
no podemos hacernos una idea de la extraordinaria riqueza en estrellas de estas
regiones centrales. Lo más parecido que podemos imaginar es la visión del
centro de un cúmulo globular rico -tipo de objeto que conoceremos en las
próximas páginas-, a través de un gran telescopio, pero a pesar de la
portentosa imagen, sigue siendo un sustituto muy pobre. El verdadero centro de
la galaxia, en las profundidades del bulbo, es un misterioso objeto que pesa
millones de veces lo que nuestro Sol, pero que ocupa un espacio extrañamente pequeño, del orden del Sistema
Solar. A pesar de que el núcleo expulsa nubes de gas por el eje de giro y de
que es una fuente muy caliente y brillante, no debemos creerlo muy activo, sino
todo lo contrario: es de lo más pacífico en comparación a los monstruosos
centros de otras galaxias. Rodeando al disco lenticular existe un halo esférico
de estrellas y agregados globulares, antiquísimos restos de la formación de
nuestra Galaxia. Y más allá, perdiéndose en el vacío intergaláctico, tenues
nubes de hidrógeno, la materia placentaria de la que en un pasado remoto surgió
la Vía Láctea, y en último término nosotros mismos.
Nuestra galaxia no está sola.
Cuenta con casi una docena de pequeñas galaxias satélites, algunas de ellas tan
próximas que la deforman e inclinan con sus tirones gravitatorios, y que a su
vez sufren terribles distorsiones. Las dos satélites más próximas no pueden
verse desde nuestras latitudes, y fueron descritas por primera vez por el
navegante portugués Fernando de Magallanes en su viaje de circunnavegación de
la Tierra; en su honor se las llama las "Nubes de Magallanes". Orbitando
a mayores distancias que las Nubes de Magallanes existen otras galaxias
satélites, de caracter elíptico enano, todas ellas pequeñas y pobres, complejas
de detectar incluso desde cortas distancias. Prácticamente todo lo que vemos a
simple vista en las noches más limpias y oscuras es tan sólo una región
diminuta de esa gigantesca espiral en la cual vivimos, todo un universo por sí
misma, plagada de objetos asombrosos.
Si pudiéramos dar un recorrido
por el interior de los brazos espirales probablemente nos faltarían palabras
para describir el maravilloso espectáculo: ante nuestra vista desfilarían
estrellas por millones, apiñadas, formando densas nubes que, como nudos,
trazarían la figura de los brazos espirales. Cada uno de estos nudos, que
llamaremos nube estelar, mide típicamente unos pocos miles de años-luz
de diámetro, y es parecido al área metropolitana de Valencia en el modelo
reducido. El amontonamiento es sólo un efecto óptico, ya que las estrellas del
interior de la nube siguen estando separadas por distancias inmensas. La
impresión de gran densidad que recibimos se debe a un motivo similar al que se
produce cuando se observa una ciudad muy lejana: las luces parecen tocarse. Sin
embargo, sabemos que los responsables de los puntos de luz son pequeñas
bombillas, que en realidad están enormemente separadas unas de otras. Es la
distancia la responsable de que nuestros sentidos nos conduzcan a conclusiones
equivocadas y de que nuestra mente asigne incorrectamente a los focos de luz un
tamaño muy superior al real, pareciendo grandes como edificios.
Ha llegado el momento de
averiguar qué son en
realidad las estrellas. Nuestra experiencia cotidiana
no nos permite contestar. Para la humanidad, durante incontables siglos,
simplemente han sido puntos luminosos coloreados de naturaleza desconocida, que
se cuentan por millares en noches oscuras, asociadas a la mitología de todas
las culturas y fuentes de ritos mágicos y adivinatorios. Parecen envolver a la
Tierra en todas direcciones en una esfera inmutable. Pero no ocupan esa esfera
imaginaria con una distribución uniforme, sino que se concentran en una faja
lechosa, a la que la tradición grecorromana ha llamado "Vía Láctea" o
"Galaxia", y que cuando se examina con un telescopio se ve
constituida por millares estrellas muy débiles. Los intentos de medir la
distancia a la Tierra de las estrellas, una vez que se tuvo consciencia de su
extrema lejanía, puso a prueba la habilidad e imaginación de los astrónomos.
Finalmente, la tenacidad y la técnica terminaron por superar todas las
dificultades. Los primeros experimentos de Friedrich Bessel, de William y John
Hershell, y de Wilhelm von Struve, dieron solución a este problema. Las cifras
supusieron un golpe durísimo para la concepción del Universo, multiplicando el
tamaño conocido y haciendo más y más insignificante al Sistema Solar, una
situación que desde entonces no ha hecho sino repetirse una y otra vez, hasta
convertirlo en algo completamente despreciable, una región submicroscópica en
un Universo inconmensurable.
En la Vía Láctea hay muchas más
estrellas de las que se ven con los más poderosos telescopios. Si hiciéramos a
las estrellas granos de arena y las extendiésemos en una capa uniforme, la
playa que formaríamos tendría 100 metros de ancho y como mínimo un kilómetro y
medio de largo. Un puñado de esa arena contendría diez veces más estrellas de
las que se ven a simple vista. Ahora que estamos algo más familiarizados con el
número de estrellas que hay en una galaxia, vamos a ver como sería cada
"grano de arena" en realidad.
Escojamos una estrella de las
más corrientes. ¿Cómo se vería desde una distancia próxima, digamos desde unos
miles de kilómetros de su superficie?. Aparecería ante nosotros como un astro
cegador, tan caliente que nos destruiría en una fracción de segundo. Este
panorama se repetiría con cualquier estrella que eligiéramos. Algunas serían enormes
y otras no; algunas serían rojizas, y otras azuladas; algunas serían compactas
y otras etéreas. Sin embargo todas tendrían algo en común: son soles muy lejanos.
O para ser más justos, el Sol no es más que otra estrella, sólo que próxima, peligrosamente
próxima. La misma cercanía de la estrella, que nos ha dado vida, que da energía
a la atmósfera, que calienta a la Tierra y a sus habitantes, causará nuestra
aniquilación en un futuro afortunadamente remoto. El maravillosamente tranquilo
comportamiento de nuestro Sol contrasta con la inestabilidad de otras
estrellas, con crisis de luminosidad tan graves que la vida en sus proximidades
sería inviable.
El Sol es una estrella absolutamente
corriente. Ni siquiera es muy grande, ni brillante. Lo único especial que la
hace destacar es la corta distancia a la Tierra. Pero si lo contemplásemos
desde una distancia típica, como 40 ó 50 años-luz, no se diferenciaría en nada
de las otras. Evidentemente, para nosotros es la más importante; después de
todo, si vivimos es gracias a ella. El Sol constituye un buen punto de comienzo
para comprender cómo es y de qué forma funciona una estrella. Mide poco más de
un millón de kilómetros de diámetro y su superficie se encuentra a más de 6000
grados celsius. Cuando lo examinamos con detalle nos llevamos la sorpresa de
comprobar que, aunque a primera vista lo parece, no es sólido en absoluto. La
esfera cegadora es plasma ardiente, engañosamente sólida por la propia opacidad
de estos materiales. Parece tan denso como el agua, pero está formado por gas a
miles de grados, principalmente hidrógeno y helio. De su superficie parten
ardientes lenguas de plasma de decenas de miles de kilómetros de altura que se
alzan como lenguas de fuego y caen contra la estrella a elevadísimas velocidades,
con unas figuras demasiado extravagantes como para considerar que la gravedad
rige sus formas. De vez en cuando tormentas de radiación de alta energía
escapan al espacio, junto a un peligroso flujo de partículas elementales y
raudales de luz.
¿Porqué
brillan las estrellas?. Quizás el Sol pueda responder
nuestra pregunta. Un análisis de su interior nos revela que en el núcleo se
están produciendo reacciones termonucleares de fusión de hidrógeno en helio.
Cada vez que se produce un núcleo de helio, se desprende energía de enlace
nuclear. Este tipo de procesos son los de mayor desprendimiento de energía que
conocemos, salvo los de aniquilación de materia y antimateria. Las estrellas
son de hecho gigantescas bombas atómicas de hidrógeno que radian de forma
estable y autorregulada durante períodos de tiempo inconmensurables. La
peligrosa radiación producida en estos procesos nucleares migra desde el núcleo
estelar a la superficie, siendo absorbida y reemitida múltiples veces, de forma
que al final de su camino la letal radiación gamma queda sustituida por luz
ultravioleta y visible, aunque quedan restos de mayor energía. Esta luz sigue
siendo muy peligrosa debido al elevado contenido en radiación de alta energía.
En el caso de la Tierra, el ozono se encarga de filtrar la luz de mayor
frecuencia, y así se hace posible la vida. Antes de que el ozono existiera,
esta luz llegaba libremente a la superficie terrestre, jugando un papel
esencial en los orígenes de la vida, al inducir mutaciones que favorecieron la
exploración de nuevas habilidades genéticas (evolución).
Una estrella consolidada se
estructura en capas esféricas. En el interior de la esfera más interna o núcleo
se
produce la fusión exotérmica de los átomos centrales, y se acumulan los
desechos formados, envenenando progresivamente el material. En estrellas muy
grandes y evolucionadas se extiende la fusión en capas concéntricas sucesivas,
en cada una de las cuales domina una serie de equilibrios de nucleosíntesis de diferente
temperatura característica. En torno a la zona de fusión se extiende una gran región
convectiva, que renueva el material de las proximidades del
núcleo, y cuyo tamaño y virulencia es función del tipo de estrella. La fotosfera
es
la superficie aparente de la zona de convección. El calor del horno nuclear no
llega regularmente a la supeficie: el campo magnético, presente en todas las
estrellas, produce inhibiciones en el transporte de materia y energía, que
enfrian localmente algunas porciones de la superficie, generando zonas menos
calientes. Estas regiones, sólo algo más frías que el resto de la fotosfera,
representan en el Sol una fracción muy pequeña de su superficie y las llamamos
manchas solares, ya que, por contraste, parecen negras cuando se observan con
un telescopio. Sin embargo, en otras estrellas estas manchas estelares pueden
ser un fenómeno generalizado en toda la superficie, hasta el punto de oscurecer
de forma apreciable la luz estelar. Sobre la superficie aparente o fotosfera se
extiende la cromosfera, formada por
materiales extremadamente calientes, que constituye la atmósfera estelar. Las
anomalías superficiales que observamos en el Sol (manchas, fáculas, espículas y
protuberancias), a pesar de su espectacularidad, son de muy escasa magnitud.
Finalmente encontramos la corona,
que se pierde progresivamente en el espacio. En el Sol la corona es muy tenue,
pero en algunas estrellas gigantes puede ser muy importante.
La fusión de hidrógeno en helio
que hace brillar al Sol supone la desaparición de 0.0287 unidades de masa
atómica (umas) por átomo de helio formado, es decir, 0.0477 cuatrillonésimas de
gramo, que se transforma en íntegramente en energía (4.28 billonésimas de juole
por nucleido generado). Estas cantidades pueden parecer algo ridículo, pero no
lo son: estamos hablando de astros que transforman muchas toneladas por
segundo. Así, una estrella muy modesta como nuestro Sol transforma más cuatro
toneladas cada segundo, generando una potencia de 0.38 cuatrillones de
kilovatios. De nuevo nos movemos ante cifras tan grandes que son difíciles de
intuir. Pero pongamos un ejemplo: se estima que en toda la Tierra se producen
unos 20 billones de kilovatios-hora al año, que se consumen en transportes,
industrias, hogares, etc. Pues bien: si pudiéramos disponer de la totalidad de
la energía que produce el Sol en tan sólo un segundo, podríamos cubrir las
necesidades de energía de todo el planeta... durante más de cinco mil años.
Una exploración por la galaxia
Vía Láctea revela que existen casos de estrellas muy diferentes. Algunas son
enormes gigantes rojizos, cientos de veces mayores que nuestro Sol, pero menos
calientes (3000 grados), que lentamente dejan escapar sus capas exteriores.
Otras son ardientes astros azulados decenas de miles de veces más brillantes
que el Sol y tan calientes (30000 grados) que parte de su luz no es percibida
por nuestros ojos, pero es capaz de ionizar y hacer brillar el gas circundante,
si existe. Sin embargo, la gran mayoría de las estrellas que vemos son mucho más
pequeñas, débiles y frías. Incluso nuestro Sol, siendo una estrella diminuta,
es relativamente grande frente al resto de las abundantísimas estrellas enanas.
Para una mayor comprensión, pongamos unos ejemplos: vamos a convertir al Sol en
una bolita del tamaño de una cereza. La Tierra sería entonces un diminuto grano
de arena. Pues bien, una estrella supergigante roja
sería una esfera del tamaño de un edificio de tres pisos o más, y una supergigante
azul, una cegadora bola del tamaño de un balón de
fútbol. La mayoría de las estrellas serían pequeños guisantes amarillos y
rojizos. En el caso opuesto encontraríamos a las enanas blancas,
que, del tamaño de la Tierra, serían esferas diminutas de una décima de
milímetro. No debemos pensar por ello que las gigantes rojas son también miles
de veces más pesadas que el Sol. La verdad es que las mayores estrellas
estables conocidas pesan no más de ciento cincuenta veces más que nuestro Sol,
aunque brillen muchos miles de veces más y sean a veces cientos de millones de veces
más voluminosas. Si el volumen es tan variable y la masa no, debemos concluir
que la densidad es también muy dispar. Así, las inmensas supergigantes rojas
son tan ténues que se las suele llamar vacíos rojos, ya que su densidad media
es de una diezmillonésima de gramo por cada centímetro cúbico (el aire que
respiramos es doce mil veces más denso). En cambio, las sorprendentes y
diminutas enanas blancas son tan prodigiosamente compactas, que una cucharada
de su materia pesaría cien toneladas. Estos astros no son ya verdaderamente
estrellas en el sentido de que ya no fusionan átomos para obtener energía, sino
cadáveres de estrellas como el Sol, en proceso de muerte térmica. El proceso de
enfriamiento de las enanas blancas se dilata durante muchos miles de millones
de años.
Pero aún existen astros más
misteriosos y compactos. Las extrañas e irreales estrellas neutrónicas o estrellas de
neutrones tienen una densidad millones de veces mayor que la
de por sí increíble de las enanas blancas. Una hipotética cuchara llena de este
material pesaría diez mil millones de toneladas, es decir, lo que pesa una
montaña corriente de un kilómetro de altura. Si en un experimento hipotético
una pequeña porción de materia de estas estrellas se dejara caer en la
superficie de la Tierra, fácilmente la atravesaría repetidamente de parte a
parte, hasta dejar a nuestro planeta completamente lleno de agujeros. Las
estrellas neutrónicas son, como las enanas blancas, también cadáveres de
estrellas, y proceden del derrumbe sobre sí mismo del núcleo de una estrella
gigante que agotó todo su combustible nuclear y ya no pudo sostener su propio
peso.
Una estrella es una gran
acumulación de gas, que se mantiene unida gracias a la gravedad. En último
término, son una etapa intermedia en el proceso de agregación de grandes
cantidades materia. Una masa de gas grande dejada a sí misma, bajo ciertas
condiciones, tiende a replegarse en una esfera, calentándose en el proceso.
Llegado un punto, el calor producido por la contracción hace que en el interior
se enciendan reacciones nucleares, que calientan y hacen brillar la esfera
gaseosa, y durante un tiempo detienen la contracción. Pero la batalla está
perdida de antemano, porque más pronto o más tarde se terminará el combustible
nuclear, dejará de producir calor, y su propio peso hará que de nuevo se
desplome sobre sí misma. La gravedad es una fuerza de largo alcance que jamás
cesa, porque es el resultado directo de la existencia de materia; en otras
palabras, es una propiedad de la materia que no puede desvincularse de ella, es
decir, una propiedad intrínseca. La gravedad tiende a contraer a las estrellas,
y sólo la presión térmica y de radiación del gas calentado por procesos
nucleares, que se oponen a la gravedad, son capaces de frenar un inevitable
desplome. Cuando la estrella deja de producir energía y se enfría, la gravedad
hace que de nuevo vuelva a replegarse sobre sí misma, hasta que otras fuerzas
sean capaces de frenar esta caída inevitable. Si la estrella no es muy grande,
la fuerza electromagnética de repulsión entre electrones es suficiente para
detenerla y se forma una enana blanca. Pero si el núcleo es mayor y la gravedad
más intensa, los electrones se ven obligados a combinarse con los protones para
formar neutrones. En un estado de compresión más importante, aparecen fuerzas
nucleares que detienen el desplome, y se forma una estrella neutrónica. Más
allá de las dos masas solares, nada puede detener el derrumbe de la estrella.
Se forma una región de propiedades inverosímiles, teoricamente un punto que,
poseyendo la masa original del núcleo estelar, mantiene su potente gravedad.
Nada, ni siquiera la luz, puede vencer a este potente campo gravitatorio: es un
agujero negro o
colápsar, un sumidero cósmico de
materia, invisible e indetectable, de no ser por las perturbaciones que produce
en el medio circundante, y a veces por la emisión de radiación de muy alta
energía, cuando el gas de otra estrella es absorbido y acelerado hasta casi la
velocidad de la luz. Estas extrañas regiones tienen el tamaño teórico de un
punto y una densidad infinita. Sin embargo, introducen tal grado de deformación
en el espacio y en el tiempo que las leyes de la materia que utilizamos
cotidianamente no les son aplicables, ni siquiera algo tan básico como el
propio concepto de densidad. Se acepta que en el mismo centro de la Vía Láctea
existe un enorme agujero negro de millones de masas solares, que es el
responsable de las emisiones de calor, ondas de radio y expulsiones de gas del
corazón de nuestra Galaxia.
Las estrellas, pues, viven del
gas que tienen y brillan porque combinan elementos ligeros extrayendo energía
de ese proceso. Las reservas de gas de una supergigante azul pueden ser unas 20
veces mayores que las del Sol. Sin embargo el brillo de estos enormes astros no
es 20 veces mayor al del nuestro, sino muchos miles de veces superior. La
consecuencia es evidente: las derrochadoras supergigantes tiene una vida
fulgurante y espectacular, pero muy corta. Una estrella como el Sol puede vivir
nueve mil millones de años del hidrógeno que posee, pero las más grandes y
luminosas consumen su materia a un ritmo muy superior, agotando sus reservas
mucho más pronto. De esta forma una supergigante azul grande agota su hidrógeno
en apenas un millón de años. Puede prolongar algo su agonía combinando sus
antiguas cenizas de fusión, pero el final está próximo. Agota en algunos miles
de años más sus reservas y, en un cataclismo final, estalla como una supernova,
muriendo y convirtiéndose en una estrella neutrónica o en un agujero negro. Las
estrellas como el Sol acaban sus días de un modo más pacífico, como enanas
blancas rodeadas de fantasmagóricas nubes de gas. Mientras, las estrellas
verdaderamente enanas, del tamaño de un gran planeta como Júpiter, son tan
parcas gastando sus reservas y brillan tan poco que su vida es increíblemente
dilatada. Acaban sus días como enanas marrones,
frías y muertas, sin perder completamente su naturaleza de estrellas. Los
planetas como Júpiter son el final de las estrellas de menor masa, aunque el mismo
Júpiter jamás llegó a ser una estrella por ser incapaz de fusionar hidrógeno.
Las enanas blancas a su vez terminan por perder todo su calor residual,
quedando un resto cristalino frío llamado enana negra.
La inmensa mayoría de las
estrellas de una galaxia son mucho más pequeñas que el Sol. Si tomamos al azar
un millón de estrellas, apenas mil de ellas igualarían o superarían la masa del
Sol, y tan sólo una o dos serían supergigantes. Obviamente, el enorme brillo de
las supergigantes las hace visibles desde enormes distancias, mientras que las
estrellas de un décimo de masa solar son casi indetectables incluso estando muy
cerca. La evolución de las estrellas y su clasificación la abordaremos con
detalle posteriormente.
El uso sistemático del
telescopio pronto puso de manifiesto que las estrellas no estaban solas. Muchas
de ellas aparecen juntas, formando parejas o pequeños grupos, a las que
llamamos estrellas dobles o
múltiples. Los aficionados
pronto aprendemos a reconocer algunas decenas de éstas (Mizar, Albireo,
Antares, Cástor, etc). Algunas no son más que el resultado de la proyección en
la misma región del espacio de dos estrellas que se encuentran a distancias
claramente diferentes, y entre las que no puede existir ninguna ligadura
gravitatoria: son las dobles ópticas.
Las dobles ópticas, por ser simples alineaciones, dependen de la situación del
observador, y no tienen más interés que como curiosidad más o menos vistosa.
Durante mucho tiempo se pensó que todas las estrellas dobles eran de esta
clase, pero a medida que se progresó en la catalogación del cielo, la abundania
de las estrellas dobles se hizo tan anormalmente grande, que la explicación de
meras proyecciones se acabó por volver insostenible. A mediados del siglo XVIII
ya habían astrónomos que discrepaban. Finalmente las primeras medidas
cuidadosas de William Herschell en 1779 pusieron definitivamente de manifiesto
que existían verdaderos sistemas físicos, que suelen ser las dobles más
difíciles de observar. Herschell comprobó que las componentes secundarias de
algunos de estos sistemas describían pequeñas elipses en torno a las luminosas
primarias, hecho que irrefutablemente demostraba que existía una conexión
verdadera entre ambas. Cuanto más próximas se encuentran las componentes, tanto
más probable es que formen un sistema físico. Hoy sabemos que más de la mitad
de las estrellas conocidas se encuentran formando grupos ligados por la gravedad
mutua; las llamamos dobles físicas.
La mayor parte de ellas son sistemas que tan sólo con sólo técnicas muy
elaboradas e instrumentos de gran diámetro conseguimos resolver, y esto sólo en
los casos más cercanos. La mayor profundidad en el estudio del firmamento ha
cambiado las apariencias una vez más: hemos pasado de considerar habituales a
las estrellas aisladas a considerarlas excepcionales.
Entre los sistemas físicos
encontramos ejemplos dispares.
Algunas veces son soles gemelos (W Ursa Majoris), aunque es más frecuente que
los tamaños sean extraordinariamente distintos (Mira). La separación entre las
componentes de un sistema binario o múltiple también varía mucho, y con ello
los períodos de revolución. Muchas órbitas requieren cientos de años (Mizar), o
muchos miles (Epsilon Lyrae), para completarse, mientras otras duran apenas
unas horas (U Geminorum). Consecuentemente, las distancias de separación a
veces son tan pequeñas que se desarrolla una envoltura común al sistema y la
materia se escapa por el plano ecuatorial formando espirales (Beta Lyrae), que
se pierden en el espacio. En tales casos la proximidad causa importantes
deformaciones en las estrellas componentes por fuerzas de marea. Y existen
sistemas binarios aún más extraños, formados por estrellas muy compactas que
absorben gas de estrellas normales y que a veces estallan o deflagran de un
modo cataclísmico (RS Ophiuchi). Otros curiosos casos incluyen estrellas
neutrónicas (SS 433), inmensas nubes oscuras en torno a sistemas neutrónicos (Epsilon
Aurigae), o agujeros negros (Cygnus X-1).
El estudio de estrellas dobles
a través de telescopios fue una tarea muy importante hasta principios del siglo
XX. Caracterizamos a las componentes del sistema mediante dos medidas (las
conoceremos con más detalle posteriormente):
●
La separación angular entre
ellas, generalmente expresada en segundos de arco.
●
El
ángulo de posición, que es el
ángulo en grados que forma la línea de unión entre la componente primaria del
sistema y la menor que consideremos (radio vector), respecto de la dirección
del Polo Norte Celeste girando en sentido Norte-Este-Sur-Oeste. Es decir, en
dirección contraria a las agujas del reloj, o de acuerdo a la regla de la mano
derecha, como prefiramos.
Con estas medidas se puede
reproducir la órbita y calcular sus elementos definitorios, y finalmente,
gracias a las leyes de Kepler, podemos averiguar las masas de las componentes,
siempre que la distancia del sistema sea conocida. Cuando sea posible seguir
total o parcialmente las evoluciones con telescopios, y así reconstruirse la
órbita, nuestra doble se llamará binaria visual.
Probablemente el lector ya
habrá reparado que con las limitaciones instrumentales y el enorme tamaño de la
Vía Láctea los descubrimientos de estrellas dobles están extremadamente sesgados.
Podremos descubrir dobles muy separadas lejanas o dobles muy cerradas próximas,
con un aspecto parecido. Pero de cualquier forma, son una parte ínfima de las
que realmente existen. Las vastas distancias propias de la Vía Láctea hacen que
frecuentemente no seamos capaces de resolver las componentes. Además muchas de
las aparentes dobles más separadas que tomamos como pares de perspectiva pueden
ser verdaderas binarias visuales, con una órbita tan colosal que no muestren
cambios de posición apreciables en décadas o siglos.
Sin embargo, se han encontrado
otros medios muy ingeniosos para determinar la duplicidad de una estrella
aparentemente única. El método quizás más importante es el análisis de su luz
mediante un dispositivo de dispersión, aparato que según el dispositivo de
detección final se llama espectrómetro, espectrofotómetro, espectrógrafo o
espectroscopio. Cuando la luz blanca pasa a través de un prisma de cristal, se
forma una franja coloreada, exactamente como el arco iris, cuyo fundamento
final es el mismo: en ese caso, las gotitas de lluvia actúan de prisma
diminuto. El nombre de esa franja coloreada es "espectro" porque
aparecen colores fantasmagóricos donde aparentemente no había nada más que luz
blanca. Curiosamente, cuando la luz de las estrellas es dispersada en sus
colores fundamentales no se ve tan sólo la franja coloreada: aparece surcada
por una serie de líneas brillantes y oscuras que no se ven en la luz procedente
de una bombilla de incandescencia. Estas líneas son características de cada
elemento y especie compleja química, y nos permiten averiguar la composición,
temperatura, densidad y otras (describiremos más profundamente la luz y los
espectros en el punto 17). Las líneas aparecen siempre en una disposición
característica, y en el laboratorio ocupan posiciones fijas respecto a los
colores de fondo. Sin embargo, cuando en lugar de una fuente de luz inmóvil
tenemos a una en movimiento, las cosas cambian. Así, cuando una fuente móvil,
como una la estrella, se aleja de nosotros, las rayas espectrales se desplazan
de sus posiciones habituales hacia el color rojo, mientras que si se acerca, se
desplazan en dirección contraria, hacia la zona de los tonos azulados. A este
fenómeno se le llama "efecto Doppler" en honor a su descubridor. La
magnitud del desplazamiento es proporcional a la velocidad relativa del emisor
de luz respecto del receptor, y suele ser muy pequeña por la elevada magnitud
de la velocidad de la luz (299800 Km cada segundo) respecto a la del emisor. No
es algo tan extraño como parece a primera vista: todos hemos experimentado este
mismo fenómeno con sonido en lugar de luz, cuando oímos el silbato de un tren
que se acerca. Mientras se dirige hacia nosotros tiene un tono claramente más
agudo que cuando se encuentra en reposo, para hacerse más grave cuando se
aleja.
Supongamos ahora un sistema
formado por dos estrellas demasiado próximas para individualizarlas mediante un
telescopio. Cuando una de ellas en su órbita se mueva hacia nosotros, algunas
de las líneas espectrales -las asociadas a esa componente-, se desplazarán
hacia la zona azul, mientras que cuando se aleje, lo harán hacia la zona roja.
La magnitud del desplazamiento nos permitirá medir la velocidad orbital. A
estas binarias, cuya naturaleza se pone de manifiesto mediante las líneas
espectrales, se las llama binarias espectroscópicas.
Las órbitas pueden ocupar muy
diferentes orientaciones respecto del observador. Habrá binarias que por
aparecer desde la Tierra vistas desde el polo orbital, no podrán ser detactadas
mediante desplazamientos de las líneas espectrales, porque no muestran
variación de velocidad desde nuestra posición. En otros casos el azar hará que
su plano orbital prácticamente coincida con nuestra línea visual, y las
variaciones de velocidad serán máximas. No debería resultar extraño entonces
encontrar casos en los cuales una de las componentes transite por delante de la
otra, ocultándola. Y si la luz que recibimos es la suma de la generada por cada
estrella, veremos una disminución de brillo en esos momentos. No solamente
cambiará la intensidad de la luz: también lo hará su naturaleza, viéndose la
emisión característica de la componente ocultante, que en ocasiones, por ser
más oscura y grande, es imposible de ver en condiciones normales.
No siempre se puede evidenciar
por estos procedimientos a un sistema doble o múltiple. En 1844 Bessel anunció
un descubrimiento sensacional. Como sabemos, todas las estrellas orbitan en
torno al corazón de la Vía Láctea, pero yacen tan lejos que este movimiento
tarda en apreciarse a simple vista cientos de años, salvo excepciones. Con
telescopio es más fácil apreciarlo, al amplificar pequeñas desviaciones. Pues
bien: Bessel comprobó que Sirio, la estrella más brillante del cielo, se
desviaba de la trayectoria prevista cíclicamente, describiendo una sinusoide en
lugar de una línea recta. La estrella que apartaba a la brillante Sirio debía
ser casi tan pesada como el Sol, pero tardó en descubrirse casi 20 años. La
razón fue que la acompañante de Sirio brillaba mucho menos de lo esperado, casi
quinientas veces menos que el Sol, y pertenecía a un nuevo tipo de estrella:
las enanas blancas. Ambos hechos son muy importantes. Por un lado, se encontró
un tipo de estrella completamente desconocido y de propiedades increíbles. Por
otro, el método desarrollado permitió descubrir compañeros oscuros en torno a
otras estrellas aparentemente únicas. A estas binarias, detectadas por el
desplazamiento cíclico en torno a la trayectoria prevista se las llama binarias
astrométricas. Sólo en ocasiones excepcionales se ha llegado a
identificar directamente a la estrella secundaria en este tipo de binarias, ya
que suele estar demasiado próxima y en general es muy oscura. Muchos de estos
compañeros oscuros son del tamaño de un gran planeta. Quizás cuando se disponga
de grandes telescopios en órbita este método permita descubrir planetas en
torno a otras estrellas.
También en algunos casos, por
ejemplo en Capella (la estrella más luminosa de la constelación de Auriga), ha
sido detectada una estrella secundaria por anormalidades en la imagen vista a
través de un interferómetro (dobles interferométricas).
Un interferómetro es un telescopio especial, en el que se hace coincidir la luz
de un objeto lejano procedente de dos objetivos separados. La superposición
produce una serie de franjas claras y oscuras, que permiten medir la distancia
del emisor. Una imagen irregular en un interferómetro pone en evidencia a una
segunda estrella invisible gracias a la mayor abertura efectiva del telescopio.
Al igual que sucede en telescopios normales, cuyo poder de resolución es
proporcional al diámetro del objetivo, en un interferómetro es proporcional a la
distancia entre los dos objetivos colectores de luz (a veces dos espejos, una
lente partida, etc). La imagen no parece tener nada que ver con el original,
pero la información está ahí, oculta en esas franjas luminosas.
Todos los nombres de estrellas
dobles que hemos visto hacen referencia a la visión desde la Tierra o al modo
de detección, pero no contemplan la verdadera naturaleza física del sistema. Es
quizás un residuo de la mentalidad geocéntrica del hombre. Una clasificación
mucho más correcta y significativa es la de sistemas abiertos,
y sistemas cerrados. En los sistemas
abiertos las componentes están lo suficientemente separadas como para que no se
pueda dar intercambio de materia, de modo que la vida de las estrellas
transcurre igual que si estuvieran aisladas. En cambio, en los sistemas
cerrados las evoluciones son interdependientes (esta definición es contraria a
los convenios físicos usuales de intercambio de materia y energía). La
transferencia de gases de una a otra estrella cambia las perspectivas
evolutivas de ambas, a veces de un modo muy drástico. En los sistemas cerrados
se producen una gran cantidad de fenómenos curiosos o al menos exóticos, que
han dejado perplejos a los astrónomos durante años, desafiando su imaginación.
Un hecho común es encontrar estrellas viejas junto a otras extrañamente jóvenes
pero más grandes, algo inexplicable si han nacido simultáneamente, sabido que
las estrellas más grandes envejecen más rápido. En estos sistemas ha sucedido
una inversión de las masas originales, cuando la primitiva estrella mayor pasó
por la fase de gigante roja y comenzó a transferir gas a su acompañante,
enlenteciendo la evolución de ésta y acelerando la suya.
Un sistema doble o múltiple
puede tener diferentes orígenes. La mayor parte se producen durante el
nacimiento de la estrella. Hay cuatro mecanismos principales de generación de
un sistema doble o múltiple: por fragmentación de la nube protoestelar, por
gemación si la nube gira demasiado rápidamente, por inestabilidades en la fase
de acreción, y por consolidación simultánea de más de un foco de concentración.
La explicación aparentemente más obvia, que es la captura directa de una
estrella por otra, es extremadamente improbable, por lo separadas que se
encuentran las estrellas que hacen muy difíciles los cruces próximos, y sobre
todo por las elevadas velocidades relativas de traslación, que producirían
catapulsiones cuando las estrellas se aproximaran, pero no capturas. Sólo en
sistemas muy relajados dinámicamente podría ser posible la unión en un sistema
de dos estrellas completamente independientes.
En la antigüedad siempre se ha
puesto al firmamento como ejemplo de la eternidad y la inmutabilidad.
Verdaderamente, las estrellas se encuentran tan lejos que las constelaciones
que vemos no han cambiado apreciablemente desde hace milenios. Sin embargo, un
estudio detallado nos revela que sí existen cambios. Hemos visto ya el ejemplo
de las estrellas dobles y sus órbitas, y también las estrellas más próximas, en
las cuales el desplazamiento en torno al centro de nuestra galaxia provoca que
muestren lentos cambios de posición respecto de las estrellas más lejanas (movimientos
propios). Pero es mucho más dramático el caso de ciertas
estrellas que se abrillantan y debilitan, alterando el aspecto de las
constelaciones si son lo suficientemente brillantes.
A las estrellas que por
distintas razones cambian de brillo las llamamos estrellas
variables. En algunos casos las variaciones son puramente
debidas a motivos geométricos (variables geométricas),
generalmente ocultaciones en sistemas binarios o estrellas deformadas que al
girar varían la superficie radiante que nos presentan y consecuentemente cambia
el flujo de luz que recibimos. Una de las primeras variables descubiertas
(1667) era de esta clase: la brillante Algol, o Beta de Perseo. Algol es un
sistema constituido por tres estrellas. Casualmente dos de ellas presentan un
plano orbital alineado con nuestra visual, de modo que se ocultan mutuamente
cada dos días y medio. La componente más luminosa tiene un radio tres veces
mayor que el Sol, es azulada, y brilla 25 veces más que la secundaria, que es
ligeramente mayor, pero roja. Se produce un fuerte mínimo de luz cuando la
componente primaria queda ocultada por la oscura secundaria, y un mínimo menor
cuando es la secundaria la estrella ocultada. Fenómenos parecidos se han
encontrado en cientos de estrellas, con períodos menores y mayores, y mínimos
asimétricos como éste, o perfectamente simétricos. Algol ha dado nombre a
aquellas variables geométricas casi esféricas, completamente separadas
(evolución independiente), que presentan mínimos primarios y secundarios de
diferente profundidad: estrellas de tipo Beta Persei o algólidas.
Pero en una exploración atenta
por la Vía Láctea encontramos también estrellas que alteran por sí mismas su
brillo (variables
intrínsecas). Estas son las verdaderas estrellas variables.
Así, con frecuencia encontramos estrellas que se dilatan y contraen
alternativamente (variables
pulsantes), con frecuencia grandes estrellas rojas que pulsan
lentamente, latiendo como un monstruoso corazón. Las variaciones de radio que
implican las pulsaciones suponen cambios de volumen tan enormes que estos
fenómenos necesariamente se producen con una lentitud majestuosa. Estas
sucesivas expansiones y contracciones se producen en último término por
deficiencias en la producción de energía. Un exceso de producción provoca que
se hinchen para contrarrestarlo, del mismo modo que un gas se dilata al
calentarse, mientras que una disminución de la temperatura nuclear se ve
acompañada de una reducción del tamaño de la estrella. Todas estas gigantes rojas
son muy viejas. Los períodos de pulsación suponen en general muchos meses, por
lo que se las llama variables de largo período,
o más comúnmente, Miras,
dado que la estrella más famosa de esta clase es Omicron de la Ballena, o
"Mira Ceti".
Otras son grandes estrellas
jóvenes de color blanco que fluctúan con una precisión asombrosa. En el caso de
las cefeidas (por Delta de
Cefeo, su estrella prototipo), la relación entre el período de pulsación y la
luminosidad real es tan perfecta que nos permite el cálculo de la distancia de
separación, siendo éste uno de los métodos más seguros para datar la separación
de objetos hasta distancias de 50 millones de años luz (telescopio espacial
Hubble). Las pulsaciones de las cefeidas típicamente requieren varios días. Sin
embargo, otras estrellas completan su ciclo mucho más rápido, a veces en
minutos, aunque en los casos extremos se hace muy difícil advertir las
variaciones a simple vista puesto que las alteraciones de volumen son mínimas.
Cuanto mayor es la variación de brillo, mayor es la amplitud de la pulsación,
más varía de tamaño la estrella, y mayor es el período necesario para que se
complete. Un ciclo completo suele producirse en intervalos de tiempo que
oscilan entre varios años y unos minutos.
No siempre los pulsos son
reproducibles y cíclicos. Muy al contrario, en muchos casos no existe
regularidad en absoluto, y las estrellas varían de brillo erráticamente, de
forma impredecible (variables
irregulares). A pesar de ello, en muchas variables irregulares
se observan pautas cíclicas más o menos marcadas (variables semirregulares).
Un ejemplo de variable semirregular lo constituye la imponente Betelgeuse, en
la constelación de Orión. Betelgeuse es una de las estrellas más grandes
conocidas, catorce mil veces más brillante que el Sol en luz visible y ciento
ochenta mil veces más brillante si consideramos toda su luz, que está
atravesando la fase de supergigante roja, previa a su muerte. Comienza a
experimentar arritmias, que hacen que presente deficiencias de producción de
energía que se agravarán en el futuro. Esta estrella está condenada a estallar
como una supernova. Cuando alcanza el diámetro máximo su fotosfera es tan
enorme como la órbita de Júpiter, mientras que su radio mínimo al menos se cree
del tamaño de la órbita de Marte. Aproximadamente cada seis años alcanza un
brillo máximo, aunque superpuesto existe otro comportamiento periódico de menor
escala. La propia naturaleza de las arritmias hace que su luminosidad no pueda
ser predicha con ninguna seguridad. En general es algo menos brillante que su
vecina Rigel, una supergigante azul excepcional, pero ocasionalmente puede
superarla.
Algunas estrellas sufren
cataclismos todavía más graves: variables eruptivas.
En ocasiones se generan fulguraciones asociadas a enormes protuberancias, o
expulsiones de masas gaseosas. Incluso existen algunas estrellas que se
deshacen violentamente de parte de sus capas exteriores, abrillantándose
enormemente de un modo súbito. Ciertas binarias de contacto que antes mencionábamos
sufren crisis inducidas mutuamente, y cada cierto número de días sufren
abrillantamientos aproximadamente regulares, en ocasiones seguidos de
prolongados períodos de calma. Un ejemplo representativo puede ser U Geminorum,
dos estrellas tan próximas que cada ¡cuatro
horas y media completan una órbita!. Una de ellas es una enana amarillenta
y la otra una subenana blancoazulada. Casualmente se ocultan mutuamente. Pero
además de este comportamiento eclipsante tan curioso, de un modo imprevisible
(cada 50-200 días), el brillo conjunto se multiplica por cien, pasando de la
magnitud 14 a la 9 de una forma súbita. Estas erupciones proceden de un disco
de acreción en torno a una de las dos componentes, que es una subenana de tipo
B con lineas de emisión. Parece ser que cada cierto tiempo la otra componente,
una enana de tipo G, se hincha y vierte materia sobre la subenana azul, que la
despoja de parte de sus capas exteriores y acumula el gas en el anillo
toroidal, que brilla intensamente durante un par de semanas.
Otras estrellas se
inestabilizan de tal modo que terminan por explotar catastróficamente,
multiplicando su brillo millones de veces (novas). Los casos más violentos
suponen la destrucción total de la estrella (supernovas), que durante
algunas semanas brilla tanto como la galaxia entera que la contiene. Las
huellas de antiguas de estas catástrofes permanecen durante miles de años en el
espacio, y juegan un papel fundamental en la génesis de elementos pesados,
induciendo en algunos casos el nacimiento de nuevas estrellas. La luz durante
estas crisis las hace aparecer súbitamente en los cielos, a veces desfigurando
las familiares formas de las constelaciones y llegando a brillar incluso más
que el resto de las estrellas visibles a simple vista.
La clasificación
detallada de todas estas estrellas la haremos después de que estudiemos la
evolución estelar, momento en que los conocimientos adquiridos nos permitirán
explicar las variedades y comprenderlas mejor (punto 21). Hablaremos de la
observación en la segunda parte del bloque dedicado al espacio profundo (punto
4).
Pero la complejidad estructural
de la Vía Láctea llega mucho más allá. Una exploración al azar con unos
binoculares o un pequeño telescopio de la cinta galáctica revela grupos de
estrellas cuyas componentes se encuentran demasiado próximas para aceptar que
el agrupamiento procede de un acercamiento casual. Ejemplos visibles sin ayuda
óptica pueden ser las Pléyades, las Hyades, las Pléyades Australes, el Pesebre,
el cúmulo de Coma o el Doble Cúmulo de Perseo. Estos grupos, lejos de ser
raros, son muy frecuentes en galaxias espirales y en ciertas irregulares. En el
caso de la Vía Láctea se cree que existen en torno a cien mil. Uno de estos
grupos típicamente contiene varias decenas de estrellas que se desplazan en la
misma dirección, siguiendo una órbita elíptica en torno a la galaxia, que se
completa en unos doscientos millones de años. Las estrellas están algo más
próximas entre sí de lo normal en la Vía Láctea (5 años-luz), y están asociadas
gravitatoriamente. Recuerdan a una estrella doble a gran escala, sólo que de
componentes alejadas. Estos grupos, llamados cúmulos estelares
abiertos, suelen aparecer en las proximidades de los brazos
espirales, donde a menudo se encuentran rodeados de nubes de gas y polvo o nebulosas.
El término "nebulosa", que se va a repetir con frecuencia, procede de
"nebula", y se aplicó originalmente a las manchas borrosas que se
veían con los telescopios independientemente de su verdadera naturaleza, que
por entonces no se podía definir. Muchas de esas nebulosas resultaron ser
grupos de estrellas muy débiles, o galaxias lejanas, pero otras se revelaron
como verdaderas nubes de gas luminiscentes. En la actualidad sólo se aplica el
término "nebulosa" a estos últimos objetos.
Los cúmulos abiertos típicos
suelen contener entre 20 y 50 estrellas, pero existen algunos con muchos
cientos. Los más pobres son similares a estrellas dobles separadas en las que
no hay un centro claro. A medida que nos alejamos de los brazos espirales, los
cúmulos abiertos tienden a parecer más débilmente unidos y carecen de
nebulosas. Con el transcurso del tiempo sus estrellas se van separando, hasta
que se desligan por completo y se unen a los millones de estrellas anónimas de
la Galaxia: es difícil que consigan mantenerse unidos más de medio giro
galáctico, de no ser grupos muy grandes, o muy compactos, o girar lejos del
plano, donde los desgastes son menores. Una simple inspección de la
distribución de estos objetos revela un sospechoso paralelismo entre brazos
espirales, estrellas jóvenes y cúmulos abiertos. De hecho, los brazos espirales
son el lugar de nacimiento de las estrellas, y los cúmulos abiertos, la primera
manifestación vital, donde las estrellas pasan su infancia. Es importante
comprender que todos los cúmulos abiertos son estructuras transitorias y de
vida muy corta. En ocasiones ni siquiera son grupos estables; simplemente los
estamos viendo tras la formación de sus estrellas, que ya se están separando:
no hay ligadura gravitatoria real entre ellas.
Algunos de estos grupos son tan
inestables que se deshacen por completo en menos de un millón de años. Se
llaman asociaciones (ejemplos:
Auriga OB1, Orión OB1, Escorpión-Centauro). Las asociaciones necesariamente
están constituidas de estrellas muy jóvenes ya consolidadas (asociaciones OB),
o por estrellas a veces en fase de estabilización (asociaciones T, frecuentes
en nuestro propio brazo galáctico). En muchas ocasiones son las partes
exteriores y de mayor movilidad de cúmulos abiertos excepcionalmente grandes o
rodean a nebuulosas de gran tamaño. En nuestro modelo de galaxia reducida, un
cúmulo abierto estándar mediría en torno a medio kilómetro (50 años-luz),
mientras que una asociación mediría 5 kilómetros (500 años-luz). Los
movimientos propios de las estrellas son visibles en los cúmulos abiertos más
próximos, de tal manera que parecen converger en un punto. Se llama corrientes
estelares a estos grupos próximos.
Existe un segundo grupo de
cúmulos muy diferente. Para encontrarlos, debemos acercarnos al núcleo de la
Galaxia o separarnos de su ecuador, ya que su distribución no es plana, como
antes sucedía, sino esférica y progresivamente concentrada alrededor del
núcleo. Vamos a desplazarnos a las proximidades de uno de estos grupos. Son un
maravilloso espectáculo: muchos miles, incluso a veces varios millones, de
estrellas, en general amarillas y rojas, formando una esfera de creciente
densidad hacia en centro, donde se solapan y confunden en una masa
hormigueante. Los llamamos cúmulos estelares globulares
(ejemplos: M5, Omega Centauri, 47 Tucanae, M13). Los casos más clásicos son muy
característicos, de forma siempre esférica o elíptica, inconfundibles; vistos
con un gran telescopio son grandiosos. Al contrario que los irregulares y
abundantísimos grupos abiertos, éstos son escasos: en la Vía Láctea se conocen
138, pero galaxias mayores forman halos esféricos de miles de ellos. Es de
todas formas seguro que en la Vía Láctea existen muchos más que permanecen
ignorados, especialmente hacia el núcleo y tras él, ya que la distancia los
oscurece y enrojece enormemente, haciéndolos muy difíciles de detectar. Los cúmulos
globulares giran sobre sí mismos a velocidades muy bajas, a causa de lo cual
algunos se aprecian ligeramente achatados, pero la mayoría son casi esféricos,
indicio de que las órbitas estelares son muy independientes. Con el paso del
tiempo, las estrellas expanden los límites exteriores del cúmulo, haciéndose
menos densos y más grandes, a la vez que el núcleo hace lo contrario.
Los cúmulos globulares miden
entre 30 y 300 años-luz de diámetro. Al igual que hemos comprobado
repetidamente, su increíble densidad es sólo aparente, aunque mil veces mayor
de lo habitual en la Galaxia. En nuestro modelo de Galaxia reducida a las
dimensiones de España serían del tamaño de una pequeña ciudad, con estrellas
microscópicas a unos cuatro metros unas de otras en las regiones centrales, y a
diez en las periféricas. No debe resultar extraño comprobar que en las
enrevesadas órbitas propias de estas zonas centrales ocasionalmente las
estrellas se crucen muy próximas, y que se produzcan reducciones de velocidad
orbital debidas a efectos de marea (las estrellas que se cruzan disminuyen
su energía cinética invirtiéndola en
deformarse mutuamente). Llegado el caso, es incluso posible que se den
capturas, con la formación directa de estrellas dobles, y hasta quizás una
hipotética fusión de estrellas en órbitas de baja energía. Se sabe que en el
centro de algunos cúmulos globulares se localizan fuentes de radiación X,
hecho que se explica corrientemente atribuyéndolo a la captura de gas en
sistemas binarios cerrados donde un componente es una estrella muy densa. Las
órbitas de los cúmulos globulares en torno a la galaxia son a menudo muy
inclinadas respecto al plano, de manera que es frecuente encontrarlos muy lejos
del disco lenticular. En su movimiento atraviesan el plano galáctico dos veces
por órbita, que se completa en unos 300 millones de años. Los efectos de estos
cruces no son importantes: estos objetos son terriblemente longevos, casi tan
antiguos como la propia Galaxia. No es de extrañar que en los cúmulos
globulares ya no queden estrellas de gran masa: todas han muerto ya, y sólo
quedan estrellas de masa solar y menores, aunque en fase de gigante roja las
mayores.
En la Vía Láctea parece
haber una dicotomía clara entre cúmulos
abiertos y globulares. En caso de duda, basta atender a la composición de las
estrellas: si hay una anormal pobreza de metales, nuestro objeto es un cúmulo
globular. Pero esto es sólo circunstancial: nuestra galaxia perdió la capacidad
de generar cúmulos gigantes hace miles de millones de años. Ya no puede generar
estructuras nuevas; las que hoy vemos son los restos de una etapa ya cerrada.
En cambio otras galaxias sí pueden, especialmente aquellas con grandes
nebulosas. Por contra, los cúmulos abiertos más antiguos de nuestra galaxia,
formados con materiales pobres en metales, ya se han deshecho por completo
salvo unas pocas excepciones (NGC 7789, NGC 6791, NGC 188, etc). Ambas razones
explican la actual clara diferencia entre ambos tipos de objetos. En
astrofísica se consideran "metales"
todos aquellos elementos distintos a hidrógeno y helio, procedentes de restos
de antiguas estrellas (el carbono o el neón serían metales según esta
definición). Las componentes de los cúmulos abiertos más longevos, en cualquier
caso, no son tan antiguas como las de los propios cúmulos globulares. Estos
cúmulos abiertos excepcionalmente ricos contienen varios millares de estrellas,
pero son más irregulares que los clásicos cúmulos globulares, sin la
característica distribución esférica de densidad interna creciente.
La confusión se produce más
bien en aquellos cúmulos globulares cuya órbita suele ser muy plana y como
consecuencia se encuentran muy debilitados y mermados (M71, Palomar 1), además
de oscurecidos. Aparentemente no hay diferencias respecto de ciertos abiertos
ricos (NGC 2158). ¿Son una clase de transición?. Para el caso particular de
nuestra Galaxia la respuesta es no: la diferencia fundamental entre cúmulos
abiertos y globulares está en la edad, no en el aspecto. En la Vía Láctea los
cúmulos globulares formaron sus estrellas hace miles de millones de años,
cuando los materiales eran muy ricos en hidrógeno y helio, y escaseaban los
elementos pesados: la Galaxia era joven, y su material, aún puro. Esto se
aprecia cuando se analizan las estrellas: en los cúmulos globulares la
abundancia de "metales" es muy
baja, mientras que en los cúmulos abiertos la abundancia es mayor, porque las
estrellas son mucho más recientes y han incorporado material "contaminado".
Los cúmulos abiertos más antiguos tienen diez mil millones de años, pero no es
normal que superen los mil millones de años.
Si analizamos la totalidad de
las estrellas de la galaxia encontramos este comportamiento replicado. Así, las
estrellas del halo exterior esférico y del núcleo galáctico son antiguas
estrellas pobres en metales, formadas en una primera oleada que se produjo hace
diez mil millones de años (los cúmulos y las asociaciones donde nacieron se
dispersaron hace miles de millones de años). Se las llama población
II del halo. En cambio, en los brazos espirales, donde hoy en
día se siguen formando estrellas, la metalicidad es mucho mayor. A estas
estrellas, las típicas de los cúmulos abiertos, se las llama población
I extrema. Entre ambos casos límite existen otros de
transición. Así, la población II intermedia
está constituida por estrellas viejas contenidas en el plano galáctico, pero de
órbita inclinada, y en la población I intermedia
encontramos estrellas ricas en metales, aunque antiguas y separadas ya de los
grupos abiertos en donde se formaron, o bien todavía asociadas a cúmulos
abiertos antiguos. La población del disco
es la verdadera clase de transición entre las dos poblaciones intermedias, e
incluye a la inmensa mayoría de las estrellas de la Vía Láctea. Estas
poblaciones se observan también en galaxias exteriores. No obstante, a veces
existen diferencias. Por ejemplo, en las galaxias elípticas los modelos de
formación exigen que el gas se haya perdido, y ya no formen estrellas, salvo
quizás en el núcleo, de modo que no existe población I. El otro polo lo
constituyen las galaxias starburst, donde la formación estelar se produce ahora
en gran escala, y sólo existe población I extrema. En la Gran Nube de Magallanes,
que es una de galaxias satélite de la Vía Láctea, muy rica en gas, las fuerzas
de marea producidas por nuestra Galaxia, que la destrozan, han forzado la
aparición de cúmulos globulares de la población I.
La fuerte correlación entre
nubes de gas luminosas y cúmulos abiertos jóvenes supone ya un indicio del modo
en que nacen las estrellas. No obstante, el verdadero comienzo sucede en un
tipo de objeto bien diferente que apenas hemos mencionado: las nebulosas
oscuras.
En las galaxias, además de
estrellas y grupos de estrellas, existe mucha materia invisible, que en general
son diminutos gránulos de polvo o gas hidrógeno. En nuestra Galaxia, esta
materia se concentra en el plano ecuatorial, oscureciendo y enrrojeciendo los
objetos situados detrás y alcanzando su máxima densidad en la zona posterior de
los brazos espirales. La llamamos materia
interestelar, y está compuesta fundamentalmente de hidrógeno y
helio, y en menores cantidades de oxígeno, carbono, silicio, aluminio y
nitrógeno. En general son gases neutros en concentraciones terriblemente bajas,
que se ionizan en mayor o menor grado por la acción la luz ultravioleta de las
estrellas más próximas. Pero en las zonas más oscuras de estas regiones se
llegan a formar entidades poliatómicas, que perviven en un medio hostil por
estar protegidas de la luz ultravioleta gracias a la opacidad de la nebulosa.
Agrupaciones atómicas sencillas, como metino, cianógeno, hidroxilo, agua,
monóxido de carbono, formaldehído, amoníaco y otras, que constituyen los
cimientos de la materia viva. La temperatura es bajísima, a 250 grados bajo
cero. A veces las partículas sólidas alcanzan densidades tan grandes que su
propia oscuridad las hace visibles.
Efectivamente, surcando la
galaxia existen grandes
nubes de gas y
polvo que no emiten luz y se manifiestan como negros
agujeros en los campos estelares, verdaderos vacíos de estrellas. En el pasado
se pensaba que eran huecos a través de los cuales podíamos contemplar estrellas
muy lejanas, pero hoy sabemos que no es así. Su forma sólo se hace evidente si
por casualidad se proyectan sobre un objeto brillante extenso o un rico campo
estelar. Podemos averiguar mucho de esas nubes estudiando a nivel estadístico
el debilitamiento en el brillo de las estrellas que se encuentran detrás y su
enrojecimiento. Estas nubes se concentran en el plano de nuestra Galaxia donde
también yace el Sol; su acumulación nos impide contemplar regiones lejanas,
llegando a negarnos la gloriosa visión del centro de la Galaxia que deberíamos
tener a 30000 años-luz. Para estudiar las regiones lejanas debemos emplear
frecuencias de luz transparentes a estas nubes, en general radiación infrarroja
o determinadas longitudes de onda en radio.
Cada vez que en su órbita una
de estas nubes penetra en un brazo espiral, sufre una disminución de velocidad
orbital que puede desencadenar su inestabilización, induciendo la aparición de
zonas de mayor densidad. Con el tiempo, las zonas inestables se amplifican,
crecen en tamaño e irregularidad, y se hacen más compactas, calentándose a
medida que la contracción progresa. Hagamos un experimento con la imaginación y
sigamos a una de estas nubes durante su entrada en un brazo espiral.
Así, transportémonos a la zona
posterior de un gran brazo espiral exterior, donde una nube oscura va a
penetrar inminentemente. La región gaseosa, como tantas otras, es enorme pero
irregular. Algunas zonas de ella son anómalamente más densas y negras, quizás
como resultado de antiguos tránsitos por los brazos espirales o compresiones
por el paso de ondas de choque producidas en viejas catástrofes estelares.
Aunque las zonas más compactas parezcan manchas muy negras y se vean
nítidamente dibujadas sobre el fondo estelar, realmente la densidad de estas
nubes es bajísima. Se nos haría imposible conseguir un vacío comparable en un
laboratorio excelentemente equipado. Tan sólo la superposición a lo largo de
billones de kilómetros hace visibles a estas nubes; probablemente si
estuviéramos dentro de una tendríamos muchos problemas para darnos cuenta. A
este enorme objeto, en estos momentos todavía oscuro y muy frío, vamos a
llamarlo complejo molecular, cuyas partes
más evidentes, sólo una pequeña porción del verdadero objeto, son las nebulosas
oscuras. Este complejo molecular posee fundamentalmente hidrógeno y helio, pero
encontramos átomos más pesados como oxígeno, carbono, nitrógeno, etc., e
incluso moléculas orgánicas, radicales complejos, y gránulos de polvo
(silicatos, carbón, óxidos). Un vistazo en microondas muestra que es un
hervidero químico, donde existen ya los pilares de la vida. Los átomos pesados
que la constituyen proceden de antiguas supernovas: nuestro mundo y nosotros
mismos procedemos directamente de antiguas estrellas. El gran complejo
molecular mide varios cientos de años-luz; en nuestro modelo de "galaxia
peninsular" quedaría reducido a varios kilómetros. El fragmento que vamos
a estudiar es mucho menor, de sólo unas decenas de años luz.
La entrada del complejo
molecular en un brazo espiral supone un frenado de la masa nebular y una
acumulación de materia sobre el frente de avance. La densidad de algunas zonas
interiores se hace tan crítica que comienzan a atraer más gas y polvo,
aumentando de tamaño y provocando una mayor inestabilidad. A la vez que estas
zonas se contraen, determinados movimientos internos se hacen dominantes
favorecidos por el campo magnético de la Galaxia. Estas pequeñas perturbaciones
paulatinamente son concentradas y amplificadas. Como consecuencia, cada una de
estas zonas comienza a girar sobre sí misma, atrayendo fundamentalmente polvo,
concentrándolo en el ecuador, y calentándose durante el proceso, ya que la
disminución de la energía potencial gravitatoria conlleva su transformación en
calor. Se forman así grumos oscuros que giran lentamente dentro de la gran
nebulosa oscura, todavía no visibles con nuestros ojos, pero perceptibles en
luz de baja energía como fuentes infrarrojas débiles: son los precursores de
las estrellas. El calentamiento supone un frenado del proceso de contracción,
que impide en condiciones normales la formación de estrellas pequeñas. Pero
entonces, ¿de dónde han salido las incontables estrellas menores que el Sol?.
La respuesta nos la va a dar la
preestrella que estamos
contemplando. La acumulación de materia en nódulos densos sucede con mucha
lentitud. Precisa períodos de tiempo que se miden en millones de años. En un
principio, el material más abundante en la preestrella es polvo interestelar
muy frío, a unos de ciento cincuenta grados bajo cero. En una lenta acreción,
la nube va captando gas y polvo del entorno, acumulando más materia,
contrayéndose y haciéndose más densa y caliente. La temperatura se eleva
cientos de grados. Poco a poco alcanza un tamaño comparable al del Sistema
Solar. En este momento es ya tan caliente que los choques ionizan los átomos de
gas. Con la ionización del material se produce un cambio drástico: los choques
entre partículas, responsables de la presión que sostiene a la nube preestelar,
se invierten ahora en ionizar y no en transmitir energía, y como consecuencia,
la preestrella se desploma rápidamente. En cuestión de unos veinte años se
contrae hasta alcanzar el tamaño de la órbita de Venus. El calor es ya tan
grande que la protoestrella es ya visible
como una fuente infrarroja compacta y muy luminosa. Las zonas calientes e
ionizadas son opacas a la radiación, y adoptan la forma de una esfera, más o
menos achatada según su velocidad de giro. Si esta velocidad es muy grande, o
la nube irregular, o se forman subnódulos, puede fragmentarse originando un
sistema doble o múltiple. De otra forma únicamente llegan a formarse
condensaciones menores: los planetas. Lo que realmente estamos viendo del
objeto son únicamente las capas exteriores de polvo, calentadas a cientos de
grados, pero que nos ocultan el luminoso interior. Las interacciones del
caliente interior con la nebulosa oscura exterior genera muchos fenómenos
exóticos y asombrosos objetos que durante años han sorprendido y maravillado a
los astrofísicos (Becklin-Neugebauer, Herbig-Haro, etc). La presión de
radiación de todas formas, poco a poco empuja las partículas de polvo hacia el
exterior, formando una burbuja que acabará por desvanecerse o romperse, haciéndose
entonces visible el luminoso interior de plasma ardiente. Los procesos
nucleares de fusión, que comenzaron a los dos millones de grados, van ganando
importancia en esta etapa, pero el relevo entre contracción y fusión como
proceso de producción de energía es gradual. Realmente los procesos nucleares
son verdaderamente eficientes en los instantes finales, cuando se alcanzan los
diez millones de grados de temperatura central. En ese momento cesa la
contracción: se ha formado una estrella,
que emerge de su capullo de gas como una esfera radiante. Este proceso sólo es
posible sin ayuda para grandes estrellas. Una vez que se ha formado una de
estas gigantes, comienza a ionizar el gas del que nació y en el cual se halla
inmersa, y lo hace brillar.
Hemos presenciado el nacimiento
de una estrella gigante. Ahora observamos como a medida que se calienta y
estabiliza, su potente luz comienza a hacer brillar por fluorescencia al
gas que la rodea, formando una región de típicamente veinte años-luz. A esta
zona se la llama región H II
(debe leerse como "región hidrógeno 2"), o, más corrientemente, nebulosa
brillante de emisión o nebulosa
difusa. La fluorescencia se produce cada vez que un ión,
es decir, un átomo de estructura electrónica parcial, captura un electrón del
medio nebular y emite un fotón de frecuencia característica para reajustarlo en
un orbital determinado. Este proceso luminiscente es muy eficaz y hace brillar
el gas de las nebulosas con magníficas coloraciones a grandes distancias,
siempre que la estrella excitadora produzca abundante luz ultravioleta, capaz
de generar iones. Las formas que adoptan estas nubes son a la vez extrañas y
hermosas. Muy frecuentemente son informes e irregulares; otras veces se ven
delicados filamentos coloreados; otras, retorcidas y complejísimas estructuras,
a menudo surcadas de intrincadas nubes oscuras, más pulvurentas y densas.
Tenemos que en torno a la estrella existe una región muy caliente en expansión,
que comprime el gas frío que la rodea. Esta mezcla de gases a diversas
temperaturas se efectúa formando indentaciones y tubos sinuosos. A veces se
forman regiones enteras frías rodeadas por todas partes de gas caliente que
presiona hacia el interior oscuro. Este gas caliente terminará provocando la
contracción forzada de la nube oscura aislada, que por sí misma no podría
producir estrellas. Así, es de estas regiones oscuras y redondeadas, llamadas glóbulos
de Bok, de donde, presionadas desde el exterior en todas
direcciones por gases más calientes, nacen las estrellas de baja masa,
obligadas indirectamente por la expansión de las regiones ionizadas periféricas
de otras estrellas mayores (hay también otros mecanismos). Una consecuencia
será ya evidente para todos: las estrellas nacen formando cúmulos, y los
cúmulos al principio están rodeados de nebulosas de emisión. Muchos cúmulos abiertos
(M 52, M 11, NGC 7510, NGC 2362) muestran una clara estrella precursora de gran
masa nacida en primer lugar, y una gran cantidad de estrellas menores formadas
posteriormente. Pero más frecuentemente son varias las estrellas precursoras
(NGC 6633, M 8, M 38).
Los potentes vientos estelares
de las estrellas grandes jóvenes fuerzan la evacuación de las nebulosas que
originalmente las rodeaban. Con el paso del tiempo los cúmulos adelantan y
expulsan con su presión luminosa a las nubes de gas que los originaron y se
liberan, quedando las estrellas solas. Únicamente las estrellas más calientes
son capaces de ionizar una nebulosa, en tanta mayor extensión cuanto mayor es
su temperatura y brillo. Así las estrellas jóvenes más calientes conocidas, de
decenas de masas solares y treinta o cuarenta mil grados de temperatura, pueden
generar nebulosas enormes, de muchos centenares de años-luz, pero el tamaño
decae fuertemente al hacerse más frías. Incluso estrellas aún muy calientes, a
diezmil grados, apenas son ya capaces de ionizar y generan nebulosas de
escasamente tres años-luz. Por debajo de los diezmil grados ya no hay
ionización apreciable.
Cuando el componente
mayoritario en una nebulosa difusa no es gas sino polvo, especialmente cuando
las estrellas no son lo suficientemente calientes, se observa un nuevo tipo de
objeto: las nebulosas brillantes de reflexión,
que brillan por difusión de la luz estelar. Este tipo de fenómeno, parecido al
que se observa con los faros de un coche en un día de niebla, sólo puede tener
lugar muy cerca de las estrellas fuente. Las nebulosas de reflexión son más
pequeñas que las de emisión, y del mismo color que la estrella. En los grandes
complejos moleculares se observan mezclas de todos estos tipos de nebulosa, y
cúmulos tanto formados como en proceso de formación. En general llamaremos complejo
nebular a la mezcla de todos estos objetos, y cúmulos-nebulosa a los
cúmulos abiertos más jóvenes, aún rodeados de su matriz de gas. Muchos
cúmulos-nebulosa no originan verdaderos
cúmulos abiertos estables; simplemente son grupos de estrellas recién nacidas
en una misma región que no estan ligadas mutuamente por la gravedad. Parecen
formar un cúmulo por estar recién
formadas y apenas haberse separado del punto de nacimiento.
La nebulosa oscura inestable
con el tiempo ha dado origen a una estrella de gran masa, seguido de la
formación subsidiaria de todo un cúmulo abierto. Al cabo de algunas decenas o
cientos de millones de años este cúmulo se disgregará y sus estrellas se
perderán en la vasta muchedumbre de la Galaxia. La vida de las estrellas, sin
embargo, puede ser enormemente más larga. Comprender qué es una estrella y cómo
va a evolucionar supone estudiar los mecanismos de producción de energía que
generan la luz y el calor.
Al comienzo las estrellas son
objetos fríos y oscuros, que se calientan por contraerse a expensas de la
gravedad. El calor acelera el movimiento de los átomos constitutivos de la gran
esfera gaseosa y hace más violentas las colisiones casuales. Llegado un punto,
estas colisiones son tan intensas que acercan los núcleos atómicos lo
suficiente como para que las fuerzas nucleares jueguen un papel activo. Cuando
dos núcleos colisionan con tanta fuerza que se produce un intercambio de
materia entre ellos, o bien quedan permanentemente enlazados entre sí, se
produce una reacción nuclear. Muchos procesos nucleares desprenden energía en
grandes cantidades, de modo que finalmente las estrellas pueden basarse en este
método de obtención de energía para ayudarlas a sostenerse si es que consiguen calentarse lo suficiente
durante el proceso de contracción. El elemento más abundante al
principio de su vida es hidrógeno, que es un combustible muy adecuado para
originar reacciones termonucleares de fusión, de modo que será este elemento el
destinado a soportar el peso de la estrella durante gran parte de su vida. Pero
antes de la fusión de hidrógeno pueden tener lugar algunos procesos nucleares
transitorios de baja energía, fundamentalmente la fusión del deuterio para dar
litio, que sucede al alcanzar el millón de grados. Las estrellas con menos de
0.08 masas solares pueden superar la fusión del deuterio pero no se calientan
lo suficiente como para fusionar su hidrógeno, y, cuando el deuterio se les
agota, simplemente mueren, con su materia casi intacta. Las contracciones
sucesivas retrasan un lento pero inexorable enfriamiento, y finalizan cuando el
gas se degenera, a altas presiones y
densidades. Se forma una enana marrón, que es un objeto celeste oscuro
con la apariencia de un gran planeta gaseoso, como Júpiter, Saturno o Neptuno.
De hecho a Júpiter le pasó algo así, y en el pasado era mucho mayor y más
caliente que en la actualidad. Se dice que un gas está degenerado cuando
pierde las propiedades características de los gases ideales. Una de las
propiedades más llamativas de un gas degenerado es la falta de correlación
entre presión, temperatura y volumen. Así, mientras que un gas ordinario al
calentarse aumenta de volumen si se mantiene constante la presión, un gas
degenerado no lo hace. En consecuencia, ya no es capaz de responder a excesos
de energía, lo que como veremos es fatal para algunas estrellas, hasta el punto
de hacerlas estallar.
En estrellas mayores a 0.08
masas solares las contracciones que siguen a la combustión del deuterio
permiten alcanzar los dos millones de grados en el núcleo, momento en que la
energía cinética de los átomos de hidrógeno es tan elevada que las colisiones
entre ellos pueden dar lugar a las primeras reacciones nucleares de fusión.
Entonces es cuando comienza la verdadera historia. Estos inicios no son
fáciles: el proceso de relevo entre contracción gravitatoria, reacciones
nucleares de baja energía y la nucleosíntesis
de helio se producen a través de etapas de inestabilidad, a lo largo de las
cuales la estructura de la estrella se define y estabiliza. Hasta ese momento
la estrella fluctúa erráticamente, y su luz va pasando progresivamente de
tonalidades rojas a más azules y calientes. Algunas gigantes no llegan jamás a
estabilizarse y estallan antes de abandonar el brazo espiral en que nacieron.
Cuando el relevo es total, la estrella brilla de un modo estable durante un
período de tiempo variable, que es función de su masa esencialmente. Para
estrellas como el Sol, esta etapa estable dura muchos miles de millones de
años, el 90 por cien de su vida, durante las cuales obtienen su energía
exclusivamente por fusión de hidrógeno en helio.
La composición química inicial,
la velocidad de rotación, la opacidad de las capas estelares, la presencia de
otras estrellas cercanas con las que se intercambie materia, el ritmo interno
de transferencia de materia y energía, la profundidad y extensión de las capas radiativas
y convectivas,
son factores que pueden alterar las expectativas de vida tranquila, pero el
factor determinante es la masa. A mayor masa, curiosamente, la vida es más
turbulenta y corta, aunque más espectacular. Sin embargo, la cantidad de
hidrógeno es limitada, y tarde o temprano llega el momento en que ya no es lo
suficientemente abundante como para garantizar el suministro necesario. En ese
momento la gravedad gana la partida, y la estrella se contrae, calentándose una
vez más.
Las estrellas que al final de
esta etapa tienen menos de media masa solar, extienden la fusión a las capas
superficiales, y cuando se éstas se agotan, se apagan y derrumban exhaustas,
formando una enana blanca muy rica en helio.
Para estrellas como el Sol o de
hasta 2.2 veces su
masa el calentamiento producido cuando se desmoronan
llega a generar en el núcleo de helio temperaturas del orden de los 100
millones de grados. En ese momento el helio está tan caliente que sus choques
lo fusionan en carbono y oxígeno. Como en el caso anterior, el núcleo de la
estrella está degenerado: es decir, también es una enana blanca, sólo que
contribuye activamente al calor de la estrella, mientras que las capas
adyacentes al núcleo siguen fusionando el hidrógeno que por convección les
llega desde la superficie. La estrella ha cambiado: el núcleo se ha contraído y
calentado, y la superficie exterior se ha hinchado de forma exagerada,
multiplicando su diámetro cientos de veces, a la vez que se enrojecía y
rarificaba. Es una gigante roja.
Entra en una nueva fase de inestabilidad que la hace hincharse y encogerse
sucesivamente, mientras pierde sus capas exteriores. La fusión del helio se
hace cada vez más violenta y rápida, hasta que en un paroxismo final se deshace
de todas las capas periféricas, expulsándolas al espacio. A estos momentos
finales de la vida de una estrella de tipo solar se los llama flash
de helio. En estrellas de mayor masa este proceso de fusión
acelerada puede repetirse varias veces, hasta agotar las capas exteriores y los
restos de helio acumulados sucesivamente en torno al núcleo en cada ciclo de
aceleración. El final de este tipo de estrellas es, en cualquier caso, una
enana blanca rodeada de un sudario de gas, que adopta la forma de una nebulosa
esférica altamente ionizada a la que se llama nebulosa
planetaria.
¿Qué es una nebulosa
planetaria?. Las primeras exploraciones sistemáticas del firmamento pronto pusieron
de manifiesto a una curiosa familia de objetos. Através de los imperfectos
telescopios de la época, los casos más brillantes (NGC 7009, NGC 3242, NGC
2392, NGC 6826, etc) aparecían como pequeños discos azulados o verdes,
ligeramente borrosos, tal como se veía el recién descubierto Urano, y como se
vería posteriormente Neptuno. Hoy se conocen casi dos millares de objetos de
esta clase, que se denominan "nebulosas planetarias" por su engañosa
apariencia. Muchas son discos o anillos de gas en torno a una estrella interior
débil, aunque a menudo extraordinariamente caliente. No obstante se conocen
otras de aspecto mucho más complejo. La variedad de formas curiosas y
extravagantes parece no tener fin: anillos, discos borrosos, lóbulos dobles,
discos moteados o surcados de líneas radiales, etc. En muchos casos se observan
estructuras múltiples, casi siempre concéntricas, resultado de expulsiones
sucesivas, pero siempre es característica una simetría marcada. Otro punto que
sirve para diferenciar a estos objetos es que en todos los casos se aprecian
claras evidencias expansivas: todo parece indicar que proceden de la estrella
interna, una enana blanca o una estrella que esta evolucionando a esta fase.
Como hemos visto, los modelos
estelares predicen la formación de nebulosas planetarias a partir de
supergigantes rojas agonizantes. El tránsito es tan rápido que resulta muy
difícil encontrar estrellas en esta etapa. Pero se conocen al menos algunos
casos. Uno es FG Sagittae, la estrella central de una nebulosa planetaria que
mide 30" de diámetro y tiene unos seis mil años de antigüedad (Henize 1‑5).
Entre 1890 y 1967 la estrella central multiplicó su brillo por cincuenta, a la
vez que fue enrrojeciendo apreciablemente. En 1962 se produjo el flash de
helio, y entró en la banda de inestabilidad (ver punto 16). El enorme
incremento de la temperatura nuclear se ha hecho en ciclos de actividad creciente, que se
traducen en pulsaciones de la estrella de mayor amplitud y período, a la vez
que se expulsan las capas de gas exteriores. Todo parece indicar que estamos
asistiendo a la formación de una nebulosa múltiple, con la aparición de una
segunda envoltura gaseosa interna. Otro caso de gran interés, incluso más
espectacular, es HM Sagittae, que ha multiplicado su brillo por cien en sólo
unos meses. A diferencia de FG Sge, HM ya muestra gases ionizados (es ya
claramente una nebulosa planetaria), y puede ser diferenciada fácilmente de una
estrella con facilidad usando un filtro UHC o un prisma (es visible con
instrumentos pequeños como una "estrella" de la undécima magnitud).
La distribución galáctica de las nebulosas
planetarias es muy característica: la inmensa mayoría se concentran en las
proximidades de la Vía Láctea: ya que proceden de estrellas, se encuentran allá
donde hay mayor abundancia. Sólo en casos excepcionales -las más próximas a la
Tierra (M 97, PK 221+45.1, NGC 7293, Kohoutec 2-4, etc)-, aparecen lejos del
plano galáctico. La zona de máxima densidad se da justamente en dirección del
centro de la Galaxia, hacia la constelación de Sagitario, donde la
interposición de materia interestelar produce un vacío longitudinal llamativo,
una auténtica grieta que divide en dos mitades la zona más densa del firmamento
en nebulosas planetarias. El mismo razonamiento justifica que el tamaño
aparente siempre sea pequeño en
comparación con los cúmulos abiertos y globulares y con las nebulosas difusas.
Sólo algunas, notablemente próximas, subtienden más de dos minutos de arco,
mientras que la inmensa mayoría miden bastante menos de 20 segundos. Es más: en
la mayoría de los casos resulta muy difícil diferenciarlas de estrellas sin
ayuda de espectroscopios o filtros de interferencia. El análisis estadístico
aún aporta información más interesante: que la gran mayoría se encuentran a más
de mil años-luz de nosotros (con lo cual se deduce que son objetos muy poco
frecuentes o bien de muy corta vida), y que se generan cada año a lo sumo dos
de estos objetos en la Vía Láctea, justo la tasa galáctica de producción de
enanas blancas, o de estrellas que sufren el flash de helio.
¿Cual sería el aspecto de una
nebulosa de esta clase, como la famosa "Nebulosa Anular de Lyra",
desde sus proximidades? Veríamos una evanescente burbuja cuyas zonas interiores
brillarían con tonos azules, mientras que las exteriores se verían
progresivamente más rojas, como un arco iris celeste. Pero en esto no tiene
nada que ver la dispersión de la luz: aquí es la energética radiación
procedente del núcleo de la antigua gigante, la actual enana blanca, la que hace
brillar las zonas internas de la nebulosa, ionizando fuertemente el gas. El
característico color verde se debe al doblete del oxígeno, unas líneas que sólo
se observan en condiciones de alto vacío y que no son posibles en los
laboratorios terrestres (líneas prohibidas=transiciones
electrónicas de baja probabilidad, generalmente producidas desde niveles
metaestables, a menudo tripletes). A medida que nos alejamos, queda disponible
menos radiación de alta energía y la cima de la distribución de frecuencias se
desplaza hacia el rojo. Las zonas más internas están tan sumamente calientes
que el grado de ionización de los materiales es extremo. Se observan emisiones
de iones de alta energía: argón dos y tres veces ionizado, neón dos veces
ionizado, azufre una y dos veces ionizado, nitrógeno, etc. Es muy probable que
la estrella central supere los cien mil grados en muchos casos, aunque por los
métodos de medida habituales de temperatura no son directamente observables.
La forma del anillo es fácil de
explicar: tenemos una corona esférica, cuyo interior va siendo vaciado por los
vientos estelares de la enana blanca, cada vez más intensos. Esta nebulosa en
nuestro modelo reducido de Galaxia mediría cosa de veinte metros, aunque no es
fácil establecer sus límites exteriores, que suelen ser muy difusos. Un tamaño
y una edad típicos puede ser 2 años luz (20 metros en nuestra Galaxia
reducida), y 20000 años. Las nebulosas más antiguas conocidas tienen unos cien
mil años.
La evolución se hace a través
de la expulsión de las capas gaseosas que rodean al núcleo de la gigante o
supergigante roja. Por expandirse poco a poco (a 20-50 Km/s, precisamente la
velocidad de escape de una gigante roja), estos objetos celestes son efímeros.
La iluminación tiene lugar sólo en caso de que el núcleo se libere antes de que
los gases expulsados se hayan alejado demasiado de él. De cualquier forma,
llega un momento en que el tamaño se hace tan grande que la estrella ya no
puede ionizar los gases con eficiencia, y la nebulosa se apaga gradualmente;
sólo queda un débil resplandor infrarrojo y de radio. Pero no sólo se apaga por
un volumen excesivo de la nebulosa: también el flujo de luz de alta energía de
la estrella decrece a medida que agota las tenues capas periféricas que la
rodean y que recombina en las etapas finales. A medida que el núcleo va
quedando más al descubierto, los vientos estelares que genera se intensifican y
tienden a comprimir la esfera de gas desde el interior, formando una burbuja.
El vaciado del centro de la nebulosa lentamente progresa hacia el exterior,
hasta que alcanza la superficie y la rompe violentamente. Si para entonces no
se ha debilitado demasiado, se forman filamentos irregulares (NGC
7009,="nebulosa Saturno") por donde escapa el gas caliente del interior.
Los filamentos parten en general de los extremos del eje mayor, que suele ser
la zona menos densa y más débil de la envoltura de gas. Con el tiempo, los
orificios practicados en la superficie de la burbuja se hacen más grandes y los
flujos gaseosos de salida más irregulares y turbulentos. Cuando existe una
fuerte diferencia de densidad en la distribución de gas, se llegan a formar
lóbulos dobles (M 27, M 76).
La temperatura del núcleo de
las nebulosas planetarias en sus comienzos supera en mucho a las más calientes
estrellas conocidas. Son tan calientes (cien mil grados) que la mayor parte de
la luz es invisible a nuestros ojos, y se da incluso casos de objetos en los
que es imposible ver la estrella central mientras que la nebulosa brilla
intensamente. Con el paso del tiempo, las estrellas centrales se enfrían irradiando su calor al espacio,
aunque por ser tan pequeña su superficie radiante (son estrellas del tamaño de
la Tierra), este proceso es terriblemente lento. Al final queda una enana
blanca, que prosigue enfriándose cada vez más lentamente. Las condiciones
extremas en torno a la estrella central produce estados de alta ionización en
los átomos de la nebulosa, que no se observan en las nebulosas de emisión
ordinarias.
Para estrellas que al final de
la combustión de hidrógeno tienen entre 2.2 y 8 masas solares, el final es muy
parecido: usualmente terminan como enanas blancas y nebulosas planetarias. Pero
a diferencia de las estrellas de menor masa, la fusión de hidrógeno en helio
tiene lugar a través de un ciclo catalítico complejo en el que se forman
nucleidos intermedios más pesados y que se llama ciclo del
carbono-nitrógeno, que sólo tiene lugar en
estrellas de núcleo muy caliente, mientras que en las normales predomina la cadena
protón-protón, más directa pero menos eficiente. Cuando la
concentración de hidrógeno en el núcleo disminuye hasta una proporción crítica,
el núcleo de estas estrellas se calienta y contrae mientras que sus envolventes
se dilatan y enfrían, formándose una gigante roja. Sin embargo, antes de que el
núcleo degenere para formar una enana blanca se alcanzan temperaturas lo
suficientemente altas como para que se inicie la fusión del helio en carbono y
oxígeno. El fortísimo calentamiento, que eleva la temperatura del núcleo hasta
los cien millones de grados, provoca un hinchamiento descomunal de la estrella:
es una supergigante roja. El paso de la
larga etapa estable a supergigante roja se hace rápidamente, mientras la
estrella mantiene su brillo casi constante y se enrrojece.
En la etapa de supergigante
roja se producen fluctuaciones asociadas a la acumulación y renovación
convectiva del material de los alrededores del núcleo de helio en fusión. Poco
a poco va creciendo la masa de núcleo de carbono y oxígeno, hasta que se
alcanza la condición de degeneración de los electrones. La formación del núcleo
degenerado acelera la evolución; verdaderamente tenemos ya dos estrellas: una
enana blanca de carbono y oxígeno rodeada de una supergigante roja. La
estrella, enormemente calentada, se deshace en pulsos irregulares de las
envolturas exteriores. Cuando la opacidad de las capas exteriores disminuye lo
suficiente, la radiación de alta energía del núcleo escapa a raudales y
comienza a ionizar las capas exteriores en expansión. El resultado es, de
nuevo, una nebulosa planetaria.
El panorama se complica y
diversifica cuando la materia de la estrella supera las 8 masas solares, dando
origen a algunos de los cuerpos celestes más misteriosos y fascinantes. Existen
además mecanismos secundarios que hacen muy compleja la evolución estelar.
Incluso fenómenos tan corrientes como la convección, la velocidad de rotación o
los vientos estelares pueden ser factores críticos. Por ejemplo, las estrellas
de Wolf-Rayet, que inicialmente suelen ser estrellas de unas 60 masas solares,
se deshacen de todas las capas superficiales por medio de violentos vientos
estelares, reduciendo su masa en más de un cincuenta por cien y cambiando con
ello drásticamente sus perspectivas evolutivas. La evolución de sistemas
binarios de contacto con intercambio de materia puede verse incluso más
alterada, llegando a invertir las masas originales, los radios orbitales y los
finales de ambas componentes. Sólo con cambios tan intensos se explican muchos
sistemas físicos en los que coexisten dos estrellas de diferente masa, la mayor
de las cuales es sorprendentemente la más joven.
A grandes rasgos, la evolución
de las estrellas de gran masa es muy similar a las de masa intermedia hasta la
formación del núcleo de carbono y oxígeno, sólo que aquí se alcanzan
temperaturas tan sumamente elevadas que pueden fusionarse estos elementos
en condiciones no
degeneradas. Debido a las elevadas temperaturas y presiones,
las estrellas de gran masa fusionan al comienzo hidrógeno en una zona interna
convectiva muy extensa alrededor del núcleo, que puede llegar a constituir
hasta el 80 por cien del volumen. Esta etapa dura apenas 25 millones de años
para estrellas de 9 masas solares (ms), 6 para estrellas de 30 ms,
y tan sólo 3 para estrellas de 120 ms. Las estrellas de más de 150
masas solares se vuelven rápidamente tan inestables que en pulsos cada vez más
violentos se deshacen de las capas periféricas, dejando el núcleo al
descubierto. La luminosidad extrema de estas estrellas gigantescas es nada
menos que cinco millones de veces mayor que la de nuestro Sol. Hay
incluso evidencias de la formación de estrellas aún mayores, estrellas
supermasivas, extremadamente raras e inestables, cuya vida es tan
increíblemente corta que estallan casi en su lugar de nacimiento.
En su evolución acelerada,
rápidamente agotan el hidrógeno. Sin embargo, las temperaturas resultantes son
tan altas que llegan a fusionar el helio sin degenerarse, y después el
carbono-oxígeno. Posteriormente alcanzan etapas de fusión que hasta ahora no
habíamos visto. Así, cuando agotan el carbono-oxígeno, fusionan el neón
produciendo silicio, y, finalmente, a 3000 millones de grados fusionan el
silicio, para formar un núcleo de hierro. Todas las etapas de fusión
mencionadas son complejas y ramificadas: conducen a la formación subsidiaria de
otros muchos elementos, en general por captura de neutrones, que a su vez
pueden entrar a formar parte en nuevos procesos nucleares. Además cada etapa es
más corta que la anterior, de manera que si en una estrella de nueve masas
solares la combustión de hidrógeno tiene lugar durante más de 25 millones de
años, la del helio dura seiscientos mil años y la del carbono tan sólo unos
pocos miles de años. Las últimas etapas se producen en días y horas, y son tan
rápidas que la estrella ya no puede acomodar su estructura a los cambios, ni
renovar el material nuclear, lo que acelera aún más el final, que se produce al
formar un núcleo de hierro.
Los procesos de fusión del
hierro ya no desprenden energía, puesto que las partículas elementales que
constituyen los núcleos atómicos de este elemento han alcanzado una estabilidad
máxima. La consecuencia de este hecho es catastrófica: la estrella, privada de
la energía que la sostiene, se desploma sobre sí misma. El calentamiento
producido en el desplome ya no es capaz de activar ningún proceso de fusión
exotérmico que detenga el derrumbamiento. A los 10000 millones de grados, los
núcleos comienzan a fragmentarse otra vez, generando partículas alfa (núcleos
de helio) y rayos gamma. Este proceso absorbe energía, y produce un rápido
desplome de la estrella sobre sí misma a casi un cuarto de la velocidad de la
luz, a la vez que la densidad del núcleo alcanza la de los núcleos atómicos. En
estas condiciones se produce la captura masiva de neutrinos, que no sólo ayuda
a la fuerza nuclear fuerte a detener la caída de la estrella, sino que da más
energía al subsiguiente movimiento de expansión y así se genera una terrorífica
onda de choque de retroceso. El resultado es una explosión gigantesca que hace
brillar a la estrella en explosión casi tanto como todas las demás estrellas de
la galaxia juntas. Es una supernova,
el acontecimiento más energético en la vida de la estrellas. La expansión de la
onda de choque produce la expulsión a muy altas velocidades de las capas
exteriores de la estrella, progresivamente más ricas en elementos pesados
cuanto más internas. De esta forma, la estrella devuelve parte de la materia
sintetizada al medio interestelar de donde procede y el ciclo de nacimiento-muerte
se repite. Las moléculas de la vida y la formación de los planetas terrestres
no son posible de no existir supernovas de esta clase supernovas
de tipo II de meseta o SN
II p. Las supergigantes rojas pueden originar supernovas
II lineales o SN II l
cuando el radio estelar es diferente y no se produce la ionización masiva del
hidrógeno residual.
No es ésta la única forma
posible en la que explotan las supernovas. Las supergigantes azules de alta
masa que se deshacen de sus envolturas exteriores, ya sea por pulsos, por
impetuosos vientos estelares, o por transferencia a una estrella acompañante,
explotan como supernovas
deficientes en hidrógeno, en una evolución
superacelerada, y se clasifican como SN Ib
y SN Ic según la
abundancia de helio que presenten en la explosión. Por otro lado, algunas
binarias en las que una de las componentes es una enana blanca y la otra una
gigante roja que a cierto ritmo deposita materia sobre la enana blanca,
explotan como SN Ia cuando la enana
blanca alcanza la masa límite de Chandrasekhar:
1.4 masas solares, cantidad de materia que genera una fuerza de gravedad tal
que los electrones ya no pueden soportar el peso de las capas gaseosas
exteriores. En ese momento toda la estrella se derrumba rápidamente. El
calentamiento asociado a la reducción de potencial gravitatorio es tan intenso
que todo el material de la enana blanca se fusiona, destruyéndose en una
explosión aún más potente que las de las increíbles supernovas anteriores. Las
supernovas Ia pueden ser generadas a partir de estrellas de masa intermedia.
Las supernovas Ia suponen la
completa destrucción de una estrella. Por contra, en las supernovas de tipo II
el núcleo sobrevive para originar estrellas de neutrones, de las que ya hemos
hablado. La conservación del momento angular hace que estos cadáveres de
estrella giren miles de veces por segundo y barran con su potente campo
magnético los restos estelares haciéndolos brillar por emisión sincrotrón
durante unos miles de años como un remanente de
supernova pleno. Este mecanismo de emisión
resulta del giro de una partícula cargada eléctricamente, en movimiento
relativo respecto de un campo magnético, cuya fuerza le obliga a cambiar de
dirección. Cuando casualmente uno de los puntos calientes de la estrella
neutrónica cruza nuestra visual, observamos un pulso de luz. Llamamos púlsares
a
estas estrellas neutrónicas que aumentan su brillo mediante destellos que se
repiten con períodos comprendidos entre una milésima de segundo y varios
segundos. Con el tiempo, el púlsar pierde energía, gira a menor velocidad, y la
nebulosa va apagándose. Al cabo de unos miles sólo quedan remanentes
de supernova anulares, nebulosas filamentosas muy
intrincadas con forma de anillo, constituidas tanto por los restos de la
antigua estrella como por la acumulación de materia interestelar sobre la onda
de choque. El brillo de estos restos nebulares, de hasta varios cientos de
años-luz de diámetro, se debe a la ionización de los gases por fricción a altas
velocidades y a la desintegración radiactiva de los núcleos inestables
generados en la explosión. Los remanentes de supernova se debilitan con el
tiempo hasta apagarse por completo y terminan siendo sólo perceptibles en
radio. Su paso a través de un complejo nebular suele desencadenar la formación
de una nueva generación de estrellas, que se ven enriquecidas con elementos
pesados.
La formación de estrellas
neutrónicas sólo es posible entre 1.4 y 2.2 masas solares. Por encima de este
límite el colapso es imparable y se forma un agujero negro. La existencia de
estos fantásticos cadáveres de estrellas no se puede demostrar concluyentemente
debido a que no son directamente observables. Sin embargo, en algunos sistemas
binarios cerrados se han detectado estrellas de gran masa invisibles que emiten
grandes flujos de radiación de alta energía; son firmes candidatos a ser
agujeros negros. También en el centro de algunos cúmulos globulares se han
detectado emisores de rayos X, que pueden ser estrellas neutrónicas o agujeros
negros. Por último, se piensa que el motor central de muchas galaxias puede ser
un agujero negro supermasivo. La formación de agujeros negros a partir
de supergigantes rojas resta energía a la onda de choque de retroceso, lo que
atenúa la magnitud de la explosión. Probablemente se generen residuos nebulares
muy poco visibles.
Las estrellas binarias físicas
son un fenómeno muy común en el
universo. Como hemos dicho, en estos sistemas la evolución estelar es
interdependiente. ¿De qué manera ocurre? Supongamos un sistema formado por dos
estrellas mayores que nuestro Sol, una mayor que otra, muy próximas, pero no
tanto como para que lleguen a intercambiar gases desde el mismo origen. Si
pudiéramos contemplar una película acelerada que nos mostrara la evolución de
este sistema binario de contacto, veríamos un cuadro parecido al siguiente:
Al cabo de varios miles de
millones de años veríamos que la estrella mayor se enrojece e hincha y se
convierte en gigante roja, perdiendo materia y acumulando parte de ella en la
componente secundaria, que aumenta de masa. La razón de este intercambio es la
superación del volumen de Roche durante
el hinchamiento que la convierte en gigante roja. El volumen de Roche
constituye la zona del espacio alrededor de la estrella donde predomina su
propia atracción gravitatoria; al exceder este volumen, el gas sobrante de la
zona de contacto entre las dos componentes cae en la estrella secundaria.
Finalmente, la componente primaria termina sufriendo repetidos flashes de helio
hasta convertirse en una enana blanca. A su vez la otra estrella, ahora la más
masiva, al cabo de un tiempo también se convierte en gigante roja, y llenando
su lóbulo de Roche, comienza a perder gas y a depositarlo sobre la antigua
componente primaria, la enana blanca, previa formación de un disco de acreción.
Si el ritmo de deposición es lento o muy lento, se acaban por alcanzar
presiones tan altas sobre el exterior de la enana blanca que en un momento dado
todo el hidrógeno acumulado se combina explosivamente, y el sistema multiplica
su brillo un millón de veces. A esta explosión la llamamos nova.
Durante la explosión, la enana blanca se deshace de todo el hidrógeno acumulado
y genera una burbuja gaseosa en expansión similar a una nebulosa planetaria,
aunque más irregular y violenta. El proceso se puede repetir una y otra vez,
con períodos inconstantes en torno al millar de años. En algunos casos las
explosiones se repiten en menos de cien años (novas recurrentes).
Cuando la tasa de acreción es
lo suficientemente alta, la enana blanca se deshace sólo parcialmente de la
materia en exceso, y lentamente incrementa su masa. Si en este proceso de
acumulación se termina por alcanzar la masa límite de Chandrasekhar, la
estrella explota como una supernova Ia,
tal como vimos anteriormente. Los modelos actuales también prevén la formación
de estrellas neutrónicas bajo ciertas condiciones. Cuando la tasa de acreción
es muy grande la enana blanca es incapaz de retener la materia, que se escapa
formando espirales. Además, el radio orbital va reduciéndose por la fricción
entre las atmósferas estelares, hasta que la enana blanca y el núcleo de la
gigante se fusionan. El resultado es la formación directa de un agujero negro o
una estrella neutrónica, o quizás la destrucción como una supernova de tipo I
de la enana blanca. No se puede concretar más con los modelos actuales dada la
formidable complejidad del problema.
Cuando miramos un grupo de
estrellas, el azar hace que veamos astros en diferentes momentos de su
evolución, pero cabe esperar que la mayor parte de ellos se encuentren en la
etapa de estabilidad tan prolongada que constituye el noventa por cien de toda
su vida, y durante la cual fusionan hidrógeno exclusivamente. De esta forma, si
representamos la luminosidad verdadera de un gran grupo de estrellas frente a
su temperatura (representación a la que llamamos diagrama de
Hertzsprung-Russell, Color-Luminosidad
o Color-Magnitud), el azar hará
que la mayor parte de los puntos dibujados se encuentre en las coordenadas
brillo-temperatura de la fase de estabilidad. Cuando lo hacemos, comprobamos
que esta zona de estabilidad es una banda que cruza el plano en una diagonal, a
la que vamos a llamar secuencia principal.
Los puntos de aparición en la secuencia principal de las protoestrellas
constituyen la secuencia principal de edad cero.
La situación de la secuencia principal y de la línea de edad cero es función de
la metalicidad de las estrellas. Las estrellas de la población II, más pobres
en metales y más antiguas, son sistemáticamente más azules (es decir, más
calientes), que las de la población I homólogas.
Otro grupo destacable, pero
peor definido, se observa en la esquina superior derecha (baja temperatura y
alto brillo), donde encontramos a la rama de las
subgigantes, gigantes
y
supergigantes rojas. La rama
horizontal es una banda donde se sitúan
las estrellas que sufren el flash de helio. Destacan además algunas estrellas
que aparecen en coordenadas a la vez frías y poco luminosas: las enanas
blancas. Finalmente, la banda de
inestabilidad es una faja algo curva que cruza la secuencia
principal desde las gigantes anaranjadas hasta las enanas blancas, donde se
sitúan muchos tipos de estrellas variables. Todos los tipos de estrellas de las
que hemos hablado hasta ahora (supergigantes azules, enanas rojas, variables
pulsantes de largo período, el Sol, las protoestrellas, etc...), tienen su
lugar dentro del diagrama H-R, cuya importancia en astrofísica ha sido máxima.
Cuando una estrella de tipo
solar nace, posee alto brillo pero muy baja temperatura. Al estabilizarse para
alcanzar la secuencia principal, recorre una trayectoria en el diagrama
descendente hacia la izquierda, ya que se calienta y disminuye de brillo total.
Durante la etapa de estabilidad, la estrella recorre una pequeña trayectoria
desde el punto de edad cero hasta el agotamiento de hidrógeno, que supone un
pequeño calentamiento y un ligero enrojecimiento. Con el tiempo, el hidrógeno
termina por agotarse y la estrella migra desde la secuencia principal a la rama
de las gigantes, en un proceso muy rápido. Esta rapidez es la responsable de
que en un momento dado apenas encontremos estrellas transitando, y por tanto
que haya un vacío entre ambas regiones del diagrama. Ya en la zona de las
gigantes, sucesivos flashes de helio por renovaciones convectivas del material
hacen que cíclicamente la estrella se caliente y enfríe, mientras poco a poco
su brillo total crece. Finalmente, la degeneración del núcleo provoca la
expulsión de las capas superficiales. El núcleo se hace visible, al principio
extremadamente caliente -a muchas decenas de miles de grados-, pero rápidamente
se enfría y mengua de brillo, para convertirse en una enana blanca. La
trayectoria en esta última etapa se hace hacia la izquierda y hacia abajo, hasta
encontrar esta rama, por la que el cadáver estelar se desplaza después
horizontalmente hacia la derecha.
Trayectorias vitales similares
pueden igualmente plantearse para estrellas de diferentes masas. Algunas
aplicaciones que hacen uso del diagrama de Hertzsprung-Russell son el cálculo
de la edad y la distancia de un cúmulo abierto o globular, la previsión de
inestabilidades evolutivas en ciertas estrellas o el cálculo de paralajes
espectroscópicas. Las paralajes espectroscópicas estiman la distancia de un
cúmulo o estrella por medios espectrales -es decir, analizando la luz-,
haciendo uso conjunto del diagrama H-R y de ciertas líneas espectrales de las
estrellas que se relacionan con el brillo verdadero y que pueden servir para
estimarlo. Las correlaciones atípicas entre temperatura y composición química
también permiten detectar anomalías magnéticas o evolutivas.
Merecen atención especial los
diagramas H-R de los cúmulos abiertos y los globulares. En ambos casos tenemos
poblaciones de estrellas nacidas aproximadamente al mismo tiempo y que
evolucionan de forma diferente según las masas.
H-R
en cúmulos abiertos: En los cúmulos abiertos más
jóvenes vemos la secuencia principal bien delimitada, con la zona inferior
abierta. Esto quiere decir que las estrellas menos masivas aún no han alcanzado
el punto de edad cero que les corresponde, y que están en proceso de
estabilización (caso de M8). Con el tiempo todas las estrellas alcanzan la zona
de edad cero (caso de NGC2362). Para entonces el cúmulo ya casi ha perdido
todos los restos nebulares. Posteriormente, las estrellas más masivas abandonan
la secuencia principal (caso de M44), para desplazarse a la rama de las
gigantes, con lo que se observa una discontinuidad en la secuencia principal,
que nos sirve para medir la edad del objeto, como antes nos servía el punto de
ramificación inferior. Con el tiempo, el punto de rotura o codo se
desplaza hacia estrellas de menor masa siguiendo la secuencia principal hacia
abajo, a la vez que toda la secuencia principal se desplaza gradualmente algo a
la derecha del diagrama (caso de M67).
H-R en cúmulos globulares: En
los cúmulos globulares el diagrama parece realmente distinto, aunque lo que
sucede es que las estrellas son sólo más viejas. Todas las gigantes y subgigantes
han abandonado la secuencia principal, de la que sólo queda un resto de
estrellas débiles y rojas. Se observa así una curva hacia la zona de las
gigantes, llamada rama de las subgigantes, con un muñón mal definido al
final de la secuencia principal (rama de las estrellas errantes azules).
Las errantes azules son estrellas visibles en grupos estelares de todo tipo,
pero muy llamativas en globulares. Extrañamente, se encuentran a la izquierda
de la secuencia principal. Actualmente se cree que se producen por cuatro
mecanismos principales: (1) cuando una estrella demora su permanencia en la
secuencia principal por renovación del gas de los alrededores del núcleo
(debido a magnetismo o rotación rápida); (2) por recibir una inyección
suplementaria de gas procedente de otra estrella; (3) por rápida pérdida de gas
de una estrella más masiva; y (4), por fusión o coalescencia de estrellas. En
el diagrama H-R además se aprecia la rama horizontal, de la que antes
hemos hablado, formada por las estrellas que están sufriendo el flash de helio.
Realmente, si a un cúmulo abierto con estrellas débiles le dejáramos
evolucionar durante una decena de miles de millones de años, se formaría
precisamente esta distribución en forma de letra lambda invertida. No llega a
observarse más que de un modo parcial fundamentalmente porque los cúmulos
abiertos se disgregan antes, salvo pocas excepciones.
Cúmulos abiertos y globulares
son diferentes manifestaciones de un mismo fenómeno. En nuestra galaxia, la
capacidad de formar grandes cúmulos está agotada, con lo que parece existir una
dicotomía clara, que en el fondo es sólo circunstancial. Sin embargo, en otras
galaxias se siguen formando cúmulos muy ricos de la población I: cúmulos
globulares de estrellas azules. Hace muchos miles de años la Vía Láctea era más
rica en grandes nebulosas que en la actualidad, y formó cúmulos de ambas
clases; hoy únicamente los más ricos sobreviven, con sus estrellas enrojecidas.
Los antiguos cúmulos abiertos de la población II se han disgregado.
A partir de ahora los valores
de temperatura los daremos en la escala de lord Kelvin (K), cuyo cero se
encuentra a -273.15 grados centígrados o celsius y cuyos incrementos coinciden.
En la escala Kelvin, el hielo se funde a 273.15K (0ºC) y el agua hierve a
373.15K (100ºC). Llamaremos cero absoluto a 0K (-273.15ºC), valor
mínimo, inalcanzable, que se puede conseguir enfriando un cuerpo, dado que la
agitación térmica es nula a esa temperatura.
Las estrellas se encuentran
más allá de nuestro alcance, demasiado lejanas para que puedan estudiarse de
forma directa. De ellas apenas nos llega nada más que débiles rayos de luz; sin
embargo, todo cuanto hemos dicho se basa directamente en el análisis de esa
luz. Es obligado por tanto hablar un poco sobre la naturaleza de la luz: ¿qué es la luz?
La luz es una perturbación
electromagnética de naturaleza dual. Es decir, en algunos aspectos (ej.
interacción con un protón) se comporta como una partícula a la que llamamos fotón,
pero en muchos otros (ej. paso a través de sólidos trasparentes o fenómenos de
interferencia), como una onda; todo depende de la naturaleza del experimento a
que la sometamos. De todos modos, se suele describir como un tren de ondas,
constituido por dos perturbaciones, una eléctrica y otra magnética,
perpendiculares y desfasadas. Precisamente el fotón es la partícula responsable
de la fuerza electromagnética.
Como todas las ondas, la luz
puede ser caracterizada por la diferencia entre dos rasgos periódicos
repetidos, como dos crestas o valles sucesivos, propiedad a la que llamaremos longitud
de onda. Cuanto menor sea la longitud de onda, más energía
tiene la luz y mayor es la frecuencia. También podemos a nivel sólo
cualitativo y coloquial llamar color a la longitud de onda, o su
inversa, la frecuencia (frec×long=vel luz).
De menor a mayor energía o frecuencia encontramos las ondas de radio, las
microondas, la luz infrarroja, la luz visible (roja...violeta), la
ultravioleta, los rayos X o Röentgen, y los rayos gamma. Más allá de los rayos
gamma la energía se hace tan grande que aparece materia-antimateria
espontáneamente, según la expresión m=E/c2, que procede de la
relación de Einstein entre materia y energía. La longitud de onda es de un
tamaño muy variable, del orden de metros para las ondas de radio, media micra
para la luz visible y una diezmillonésima de micra para los rayos gamma.
Un espectro
es
la imagen obtenida cuando los rayos procedentes de una fuente luminosa se hacen
pasar a través de un medio dispersivo, como un prisma o una red de difracción.
La luz integral, descompuesta en sus frecuencias constitutivas, se percibe como
una banda multicolor. El familiar arco iris que vemos tras la lluvia se debe a
este mismo fenómeno, aunque el medio dispersivo no son prismas sino las
diminutas gotitas de lluvia que quedan suspendidas en la atmósfera. Los
instrumentos corrientes de laboratorio para generar y medir espectros
(espectroscopios) constan de una rejilla lineal que se antepone ante el objeto
brillante para que veamos una línea luminosa, un conjunto de lentes para
corregir y enfocar la imagen, un prisma o red de difracción para dispersar los
colores, y un microscopio con una escala graduada para medir las longitudes de
onda. Los espectros se ven como una serie de líneas, resultado de la rejilla
que se antepone a la fuente de luz.
Cuando calentamos un sólido,
al principio irradia calor, pero no emite luz perceptible con los ojos.
Realmente el calor que siente nuestra mano es una forma de luz: infrarroja. Sin
embargo, poco a poco, a medida que aumenta su temperatura, va adquiriendo
sucesivamente un color rojo oscuro, naranja, amarillo, verde, azul y violeta,
hasta que finalmente adquiere una temperatura tan elevada que vuelve a parecer
invisible a nuestros ojos. En ese momento sigue emitiendo luz, pero de nuevo
está más allá de nuestros sentidos; esta vez es luz ultravioleta. Como vemos,
el color global de la luz es una indicación de la temperatura del emisor. La
expresión matemática de esta dependencia viene dada por la ley de Plank, que
modeliza el comportamiento radiante de los sólidos incandescentes suponiéndolos
constituidos por un gran número de osciladores armónicos. Rigurosamente, el
modelo sólo es aplicable a emisores ideales, llamados cuerpos
negros, pero afortunadamente las estrellas siguen este
comportamiento ideal bastante bien y pueden considerarse cuerpos negros en una
aproximación excelente.
A las distribuciones
espectrales procedentes de sólidos incandescentes en las que las diferentes
frecuencias aparecen en una gradación sin interrupciones, como bandas
coloreadas, se las llama espectro continuo. Este es el espectro que
observamos en una bombilla corriente. Los líquidos y gases a alta presión
también generan espectros continuos. Cuando en lugar de un sólido calentamos un
gas rarefactado, en lugar de una distribución continua, el espectro consiste en
una serie de frecuencias discretas y aisladas, llamado espectro
de emisión. Si la luz de un espectro continuo se hace pasar a
través de este mismo gas pero frío, desaparecen justamente las frecuencias
vistas en el espectro de emisión del gas, formando el espectro
de absorción. Las frecuencias que faltan o se emiten son tan
características que nos permiten identificar el elemento responsable, como una
huella dactilar. Las especies moleculares, los radicales y los iones tienen
también comportamientos característicos emitiendo y absorbiendo luz, aunque no
siempre esté en el dominio visible por nuestros ojos. Por otro lado, la
absorción y emisión no tiene porqué limitarse a frecuencias discretas: esto
sucede en especies con niveles energéticos discretos, como átomos o iones
sencillos y aislados. Pero en las especies poliatómicas o moleculares, donde
existen niveles energéticos gradados o entrelazados, se observan bandas en
lugar de líneas.
La luz de las estrellas es una
mezcla de los tres espectros mencionados: sobre un componente continuo de color
conjunto proporcional a la temperatura superficial se observa líneas oscuras
debidas a la absorción de gases fríos y a veces líneas más intensas de emisión.
En estrellas frías (supergigantes rojas) pueden también observarse bandas de
absorción de especies moleculares sencillas, fundamentalmente óxidos. Con los
espectros de la luz de las estrellas averiguamos propiedades tan interesantes
como la composición química, temperatura,
densidad, velocidad
de rotación, movimiento de alejamiento o
aproximación, campos
magnéticos y eléctricos, estrellas
acompañantes invisibles con telescopios con alguna de
sus propiedades orbitales, masas gaseosas interpuestas entre
la estrella y nosotros, tamaño de la estrella (enana,
gigante), etc.
La astronomía es una ciencia
muy antigua. Mucho antes de que construyésemos espectrómetros o fotómetros
fotoeléctricos ya se medía el brillo de las estrellas. Se usaban naturalmente los
ojos, y hubo que inventar unidades numéricas de brillo que se adaptasen a
nuestras limitaciones y sensibilidad. Hoy en día sigue siendo la primitiva
unidad griega de magnitud
nuestra
herramienta estándar para la medida de brillos estelares, aunque muchas veces
ya no se empleen en absoluto los ojos. La escala numérica de magnitudes asigna
respuestas lineales a la sensación producida por una estrella en nuestro ojo,
aunque la relación real no sea en absoluto lineal. Una estrella dos veces más
brillante que otra no produce en nuestro ojo una sensación el doble de intensa,
sino 0.75 veces mayor. Además, cuanto más pequeño sea el valor numérico de
magnitud, mayor es el brillo. Pongamos algunos ejemplos para mostrar esta
extraña escala de medida:
Todos los lectores en una o en
otra ocasión habrán salido al campo y visto las estrellas. Pues bien: las más
débiles de ellas perceptibles a simple vista en una noche aceptable son de la
6ª magnitud. Las más brillantes, de la 1ª magnitud. Sirio, la estrella más luminosa,
es de la -1.5 magnitud. La Luna llena, de la -12.5 y el Sol de la -26.5. Por
contra, las estrellas más débiles perceptibles con unos prismáticos corrientes
son de la 10ª magnitud. Con un reflector de 26 cm de diámetro, de la 15.5, y
con los mayores telescopios del mundo de la 24. Con el telescopio espacial
Hubble, de la 27 magnitud.
Resulta desconcertante asociar
un número más grande cuando la intensidad es más pequeña, pero basta con que
sustituyamos la palabra "magnitud" por "categoría" para que
sea intuitivo: una estrella de la 1ª magnitud sería de 1ª categoría, etc. (¿qué
estrella será más brillante, una de primera categoría u otra de la sexta?). La
escala de magnitudes, pues, define incrementos de brillo, pero no tiene un cero
establecido, que debe ser escogido arbitrariamente de forma que los valores
numéricos coincidan con las convenciones históricas. La escala actual se basa
en la secuencia polar internacional,
un grupo de estrellas de brillo estandarizado que se toma como patrón, en torno
a Polaris. A su vez se han definido otras estrellas patrón en diferentes
regiones del firmamento.
A una diferencia de 5
magnitudes le corresponde una diferencia de brillo de 100 veces.
Así, una estrella de la 1ª magnitud es 100 veces más brillante que una estrella
de la 6ª, y ésta a su vez cien veces más brillante que una de la 11ª magnitud.
Como la sensación en nuestro ojo es cinco veces mayor, y no cien, la escala de
magnitudes tiene mucho más interés práctico que la de intensidades. Los
lectores que posean conocimientos matemáticos medianos ya habrán captado que la
escala de magnitudes es logarítmica respecto a la de intensidades (relación
entre incrementos-producto e incrementos-suma), y que su base es 2.512, es
decir, la raiz quinta de 100. De esta forma, si entre dos estrellas hay una
diferencia de 3 magnitudes, esto significará que la más luminosa es 2.512´2.512´2.512=2.5123=15.6
veces más brillante que la más débil.
Un hecho complica la medida de
magnitudes, y es que las estrellas presentan colores impuros, es decir, emiten
a varias longitudes de onda a la vez, y el ojo no es por igual sensible a todos
los colores. Además la sensibilidad a los colores cambia con la adaptación a la
oscuridad. Por ello se han definido una serie de filtros estándar con los
cuales se restringen las frecuencias medidas y que permiten usar instrumentos
diferentes al ojo, más impersonales y predecibles en sus tendencias al error.
Uno de ellos, el filtro V, tiene un perfil de absorción similar al de la
sensibilidad del ojo humano y ha sido el origen de medida de magnitudes
visuales (V, con máximo a 0.548 micras). Las medidas
con instrumentos fotográficos o electrónicos empleando este filtro coinciden
con las estimaciones efectuadas con el ojo.
Al igual que hemos definido
las magnitudes visuales, cuyo máximo de sensibilidad está en el color
amarillo-verdoso, podemos establecer magnitudes basadas en otros colores, como
las magnitudes fotográficas
(P, a 0.440 micras), o las magnitudes ultravioletas (U,a
0.365 micras), y muchas otras más (infrarrojas, verdes,...).
Las diferencias de color de
las estrellas crean diferencias en la medida de magnitudes. Así una estrella
muy roja tendrá un brillo visual mayor que el fotográfico, y éste a su vez será
mayor que el ultravioleta. Se pueden definir diversos indicadores
de color basados en estas diferencias. Así, el índice
de color es B-V y el exceso
de color, U-B. La elección de un conjunto coherente y
compensado de magnitudes da lugar a un sistema fotométrico. El más
conocido es el UBV,
del que hemos estado hablando aunque hay muchos otros creados para otros
propósitos, como el RGU,
UVBRI,
VYGA,
etc. El UBV por ejemplo se diseñó para evaluar temperaturas y absorciones
interestelares y es muy frecuente encontrarlo en la bibliografía.
Todas estas son magnitudes
aparentes, en el sentido de que no tienen en cuenta el brillo
verdadero del objeto al no considerar la distancia. Por esta razón se definen,
complementariamente, las magnitudes absolutas,
que son las que presentarían los objetos a una distancia uniforme estándar que
se toma por convenio (es decir, arbitrariamente) de 10 parsecs (32.64 años
luz). A esa distancia el Sol sería de la 4.8 magnitud, Sirio de la 1ª, y una
gran supergigante azul como Deneb, de la -7. Un pársec,
unidad de distancia que por primera vez mencionamos, es la distancia a la que
debemos alejarnos del Sol para que el radio de la órbita terrestre se vea con
un segundo de arco de tamaño angular (pársec viene de paralaje-segundo
en inglés). Esa distancia, como fácilmente se puede comprobar con una
calculadora, son 3.264 años-luz, o 31.86 billones de kilómetros, o 206300
unidades astronómicas. El interés de esta medida radica en que, si se conoce la
paralaje anual de un astro, la inversa de este valor da la distancia de
separación expresada en parsecs. Por ejemplo: si Gamma de Hércules cambia
anualmente de posición respecto de las estrellas de más lejanas de fondo 0.048
segundos (descontando otros efectos) cuando la Tierra ocupa posiciones extremas
en su órbita, su paralaje es de 0.024, y la distancia de separación 1/0.024=42
parsecs, o 137 años-luz. El ángulo medido es tan pequeño que el error de
estimación puede ser muy grande.
Desde nuestro planeta, las
estrellas más voluminosas y próximas miden apenas varias centésimas de segundos
de arco de diámetro. Dicho así no parece gran cosa, pero probemos de otra: ¿a
qué distancia deberíamos poner una moneda de cien pesetas para que se viese
como un disco de 0.05 segundos de arco, el mismo que tiene Betelgeuse, una de
las estrellas supergigantes rojas de mayor diámeto aparente?. Pues a casi 52
Km. Simplemente pensemos en la moneda a cien metros, e imaginémosla 520 veces
más lejos. Queda claro que tomar a una estrella como algo puntual es
perfectamente aceptable. Sólo mediante técnicas especiales muy refinadas
(interferometría de destellos y reconstrucción de las imágenes por ordenador)
podemos visualizar el disco de las estrellas más grandes y próximas (Mira,
Betelgeuse, etc).
El mismo sistema de estimación
de luminosidad en magnitudes puede extenderse a cualquier objeto que muestre un
tamaño apreciable. Sin embargo, si la fuente de luz no es puntual, se debilita
al incrementar la superficie iluminada, es decir, que si damos más aumento al
telescopio, la misma luz se reparte por una mayor superficie y el objeto parece
oscurecerse. Así, el brillo que se da cuando el objeto presenta un tamaño
extenso considera lo que sucedería si se redujese todo el objeto a un punto de
luz. Cuanto más grande sea su tamaño, tanto más débil se observa, lo que será
de gran importancia cuando abordemos el problema de buscar y observar estos
objetos. De este tema nos ocuparemos al final.
Las correlaciones de
composición y temperatura han permitido la catalogación de las estrellas en clases
espectrales, que agrupan a astros de temperatura y composición
similar. Es importante puntualizar que la gradación de composición química que
seguidamente vamos a ver no significa un mayor progreso en la nucleosíntesis:
es sencillamente el resultado unas condiciones físicas diferentes. Así, si la
temperatura es muy alta, no se ven líneas metálicas, aunque existan metales; y
si es baja, se van a ver metales, aunque esto no significa que hayan sido
sintetizados por la estrella: simplemente proceden del material nebular del que
se formó.
Estas clases espectrales
proceden de una idea original de Angelo Secchi,
aunque la versión actual procede de una ligera modificación de un sistema más
perfeccionado desarrollado por Pickering en
1890. Las clases reconocidas actualmente son:
W Espectro
dominado por anchas líneas de emisión de carbono y oxígeno (WC)
o nitrógeno (WN), que indican la eyección de
materia masivamente por parte de estrellas de hasta 100,000 K, a ritmos cien
veces superiores a los del resto de las estrellas. Las estrellas de espectro WR
pueden ser tanto las supergigantes azules de atmósfera turbulenta descritas por
los franceses Wolf y Rayet, como núcleos de nebulosas planetarias en tránsito a
enanas blancas. Ej: núcleo de NGC 246, excitatriz de NGC 6800, Gamma de la
Vela.
O Entre 25,000 y 40,000 K. Débiles líneas de
absorción de hidrógeno y fuertes de helio ionizado, nitrógeno y oxígeno.
Estrellas azuladas inmersas en nebulosas de emisión, a las que hacen brillar a
grandes distancias con su intensa luz ultravioleta. Ej: Mintaka, Tseta Puppis.
B Entre 11,000 y 25,000 K. También asociadas
a nebulosas difusas, sin embargo su menor temperatura ya no permite ionizar al
helio y las líneas del hidrógeno en cambio se observan más intensas. También se
perciben fuertes líneas del helio neutro. Si existen nebulosas asociadas, la
extensión ionizada es considerablemente menor. Son estrellas blancas con
matices azulados. Ej: Rigel, Spica.
A Entre 7,500 y 11,000 K. Débiles líneas de
helio neutro y fuertes líneas de hidrógeno ionizado. Comienzan a observarse las
líneas de otros elementos. Estrellas de un color blanco puro o algo ligeramente
azul. Ej: Vega, Sirio.
F Entre 6,000 y 7,500 K. Se debilitan las
líneas de hidrógeno y ya no se aprecian las de helio. Fuertes líneas de calcio
ionizado y de otros metales como hierro, titanio y calcio. Color blanco sin
trazas azules, ligeramente amarillas. Ej: Polaris, Proción.
G Entre 6,000 y 5,000 K. Se sigue debilitando
el hidrógeno. Fuertes líneas de calcio y de diversos metales. Color blanco
amarillento. Ej: Sol.
K Entre 5,000 y 3,500 K. Numerosas líneas de
metales neutros. El espectro continuo en el azul se observa débil. Color
anaranjado o rojizo. Ej: Arcturus, Aldebarán, Pollux.
M Entre 3,000 y 3,500 K. Líneas muy fuertes de
metales neutros, sobre todo titanio, y
bandas de algunas moléculas sencillas, generalmente óxidos, especialmente de
titanio. La zona azul del espectro casi ha desaparecido. Color rojo. Ej:
Antares, Betelgeuse.
C Entre 2,500 y 3,000 K. Estrellas de
carbono. Fuertes rayas metálicas e intensas bandas de absorción de especies
poliatómicas que hacen desaparecer la zona azul del contínuo. Color rojo a
veces muy profundo. Agrupa a las antiguas clases espectrales R, N
y S. Ej: Y CVn, R Lep. Las estrella N son las más frías de ellas,
de un color rojo oscuro, con un espectro rico en compuestos de carbono. Las R
son similares a las N, aunque más calientes y menos rojas. Por último, las
estrellas S son muy similares a las M, pero con óxido de circonio.
El significado de estas
curiosas letras es un misterio a medias. Realmente procede de la derivación de
Henry Draper sobre las cinco clases originales de Angelo Secchi, tras eliminar
algunos tipos intermedios y reordenar (de ahí el orden alfabético). Una frase
mnemotécnica popularizada por los estudiantes de Pickering en Harvard que puede
ayudarnos a recordar los tipos espectrales en su orden es: Oh, Be
A Fine Girl, Kiss Me Now. Estas
clases se suelen dividir en 10 intervalos para permitir una catalogación más
precisa. Así, Deneb, intermedia entre las clases A y F pero más próxima a la
primera, sería A2, Proción, F5 y Antares M1. Se llaman tipos espectrales
tempranos a las clases W, O, B y A; medios a los F, G y K; y tardíos a los
restantes. Desde luego, procede de una teoría evolutiva ya superada (Lockyer,
1890), que postulaba que las estrellas nacían como supergigantes rojas, se
condensaban y calentaban a partir de la energía potencia gravitatoria para
originar gigantes azules, y finalmente se enfriaban descendiendo por la
secuencia principal para terminar como enanas rojas. Casi al revés de lo que sucede
en realidad. Los nombres de tipos espectrales tempranos,
medios y tardíos
se
siguen usando de todas formas hoy en día, pero sin ninguna intención de dar a
entender gradaciones temporales..
Además, para hacer referencia
a distintas peculiaridades espectrales se añaden unos sufijos:
e presencia de líneas de emisión.
wl líneas metálicas anómalamente débiles
(estrella de la población II).
m líneas metálicas
anormalmente intensas (menor temperatura real). En caso de silicio, helio,
estroncio, cromo o calcio se sustituye por si, he, sr, cr
y k (k no significa potasio, sino línea K del calcio).
s líneas muy finas
y nítidas (baja velocidad de rotación).
n líneas nebulosas
que indican rotación rápida.
nnl íneas muy difusas que indican una
rotación muy rápida.
hb estrella en la
rama horizontal del diagrama de Hertzsprung-Russell.
sh estrella rodeada
de capas gaseosas en expansión a las que ioniza.
neb estrella rodeada
de una nebulosa difusa.
comp espectro no
resuelto correspondiente a una binaria cerrada.
p características
peculiares. Generalmente estrellas de alto campo magnético, que a su vez
presentan un contenido metálico anormal en abundancia o composición.
v espectro
variable. Generalmente binarias o variables pulsantes.
d esta vez un
prefijo, indica que es una estrella enana.
g otro prefijo que
indica que la estrella es de carácter gigante.
D prefijo que nos
indica estrella enana blanca.
En el diagrama de
Hertzsprung-Russell se suele usar indistintamente para el eje horizontal
temperaturas, clases espectrales o índices de color (la diferencia B-V que
mencionamos al hablar de las medidas de luminosidad de las estrellas). El uso
de índices de color requiere tomar precauciones especiales. Estas indicaciones
no hacen directamente referencia al brillo real de las estrellas. Una
clasificación complementaria y que junto a la de tipos espectrales se usa para
catalogar las estrellas es la de clases de luminosidad
o MKK
(por sus autores Morgan, Keenan y
Kellman)
Ia-0
Supergigantes
luminosas son las mayores
estrellas conocidas como P Cygni, II Cygni 12, Rho de Casiopea o Eta Carinae.
Ia, Iab, Ib Supergigantes
ordinarias como
Betelgeuse, Rigel o Deneb.
IIa, IIb Gigantes luminosas Estrellas como Lambda de la Vela,
Delta de Cefeo o RV Tauri.
IIIa, IIIb Gigantes ordinarias como Arcturus, Capella o
Aldebarán.
IVa,
IVb Subgigantes Ejemplos: Proción A,
Eta del Boyero o Mérope.
Va,
Vb Enanas Estrellas en la
secuencia principal como el Sol,
Vega, Sirio, Régulus o Altair.
VI
Subenanas Ejemplos: Kruger 60
A, UV Ceti y Próxima Centauri.
Debe notarse que las clases de
luminosidad no ponderan únicamente la luminosidad intrínseca, sino también la
edad y su evolución. Difícilmente alguien puede considerar enana a Tseta de
Ofiuco, cinco mil veces más brillante que el Sol, y a la vez gigante a Delta
del Escudo, sólo treinta veces más brillante que el Sol, sin considerar la
edad. Las atribuciones de brillo a cada clase de luminosidad sin más son
totalmente incorrectas.
Todas las escalas
simultáneamente fijan las características espectrales, evolutivas y el brillo
intrínseco de un modo compacto y sencillo. Así por ejemplo, Polaris sería una
estrella F7 Ib-II v, y Pleione, F8 V pe.
Se han mencionado ya
diferentes denominaciones de cuerpos celestes sin hacer referencia a los
catálogos compilados. En este apartado introduciremos los principales
catálogos:
a. Estrellas aisladas
Desde la más remota antigüedad
se han dado nombres propios a las estrellas más brillantes. Muchos de
estos nombres perduran hoy en día (Antares, Capella, Aldebarán, Caph, Albireo,
Vega). El significado es en ocasiones oscuro o se ha perdido por completo en
las sucesivas degeneraciones de la voz original a los idiomas que los han
adoptado, pero muchas veces aluden a la propia constelación o a la situación
dentro de ella (Rigel=rodilla, Deneb=cola, Spica=espiga).
Los primeros intentos de
nomenclatura más sistemático se produjeron a comienzos del siglo XVII por Bayer,
quien en su obra Uranometría nombraba a las estrellas con letras griegas
seguidas del genitivo latino de la constelación (por ejemplo, Alpha Geminorum
sería Castor y Gamma Orionis sería Bellatrix). Generalmente Bayer usó las
primeras letras griegas para las estrellas más brillantes, pero no siempre se
ciñó a esta regla. Más tarde, Flamsteed
creó
otro catálogo en el que usaba simplemente números para referirse a las
estrellas, seguidos del nombre abreviado de la constelación. Los números son
crecientes desde el Oeste hacia el Este dentro de cada constelación. Así,
Betelgeuse sería Alfa o 58 Orionis. Con los catálogos de Bayer y Flamsteed
podemos nombrar a gran parte de las estrellas visibles a simple vista.
La necesidad de nombrar
estrellas cada vez más débiles forzó a los científicos a desarrollar catálogos
más específicos. Los más importantes son: SAO
Smithsonian
Astrophysical Observatory, BD
Bonner
Durchmusterung, CD
Córdoba
Durchmusterung, PPM
Position
and Proper Motions, y HD
Henry
Draper Catalogue, este último de clases espectrales mientras que los anteriores
eran fundamentalmente de referencia. Existen catálogos específicos para
diferentes propiedades: de posición (FK5),
fotométricos (Mermilliod, Jaschek),
velocidades radiales (Wilson),
movimientos propios (AGK3),
paralajes trigonométricos (Jenkins),
y muchos más. Más allá de la décima magnitud ya no hay nomenclatura estándar y
suele aludirse a las estrellas con las coordenadas ecuatoriales, o con índices
sobre una fotografía o esquema que sirve para su localización.
b. Estrellas dobles
La búsqueda de estrellas dobles ha sido llevada a
cabo por muchos investigadores, y fruto de ello es una abundancia
extraordinaria de catálogos, en total, unos 200. De entre todos ellos vamos a
destacar algunos: F.G.W. Struve (S), R. Aitken (ADS),
Burnham (b),
Otto Struve (OS) y Otto Struve Supplement
(OSS),
T.See (See), James Soth (S),
W.R.Dawes (DA),
William Herschel (H),
y John Herschel (h),
D.Dunlop (D),
R.Jonckheere (J),
P.Coteau (Cou),
F.Lalande (Lal),
T.W.Webb (WEB),
W.H.Smyth (SMY),
entre muchos otros. Los catálogos fundamentales son el nuevo catálogo general
de estrellas dobles de Aitken (ADS),
el catálogo de F.G.Wilhelm Struve con sus dos
suplementos, y el IDS
(Index
Catalogue of Visual Double Stars, de Jeffers, van den Boss y Greeby, con más de
64,000 dobles). La nomenclatura de los miles de estrellas dobles conocidas se
efectúa con el nombre del catálogo seguido de un número: ADS 11510, S2587, b325, Brs 2, h
379,... Muchos de los pares registrados son de perspectiva (sin conexión
física), o fijos (es decir, tan lejanos que no se ha detectado ninguna
variación que permita establecer órbitas o descartar la asociación
gravitatoria), pero en muchos otros casos sí se aprecia un lento desplazamiento
al cabo de los años, que provoca un desfase en los catálogos. Muchas de estas
binarias visuales han sido caracterizadas hasta el punto de la reconstrucción
completa de sus órbitas (y con ellas, las masas individuales, distancia, etc).
Con los elementos orbitales podemos averiguar la disposición del sistema en
cualquier instante pasado o futuro.
c. Estrellas variables
La nomenclatura es en este
caso mucho más sistemática. A la primera estrella variable descubierta en la
constelación, de no tener letra griega de Bayer, se la llama R, seguida del
genitivo latino de la constelación (R Leporis, R Scuti). A la siguiente S, y
así sucesivamente hasta la Z. Habremos así nombrado 9 estrellas. La décima será
RR, la undécima RS, y así sucesivamente hasta RZ. Después SS, ST,...,SZ.
Terminamos por llegar a la ZZ. La siguiente estrella será AA, después
AB,...,AZ, y el sistema se repite sucesivamente hasta la QZ. Podemos nombrar de
esta forma un total de 334 estrellas. Si hacen falta más nombres, anteponemos
la letra V a un número (V335, V336,...). Caso especial son las novas, que se
llaman con la palabra nova, seguida del nombre de la constelación, el año y a
veces una letra indicadora de orden: Nova Persei 1901 o GK Persei, Nova Cygni
1920 o V476 Cygni. Las supernovas son tan poco abundantes que nos podemos
permitir el lujo de no poner constelación y sustituirlo por una terminación que
indica el orden de aparición en el año: SN 1987K o SN 1993A por ejemplo.
El catálogo más importante de
estrellas variables es el New General Catalogue of
Variable Stars (NGCVS), con tres suplementos, compilado por
B.Kukarkin en 1969 y sucesivamente actualizado.
d. Catálogos de objetos no estelares
Se han publicado catálogos
especiales para cada tipo de objeto, pero para quienes comienzan en la
observación astronómica destacan tres catálogos generales antiguos,
donde hay objetos no estelares de todo tipo, y que son los más consultados por
astrónomos amateurs no especializados en este campo:
d1.
Catálogo de Messier (M):
incluye 110 de los objetos más brillantes y espectaculares del firmamento, los
favoritos de los aficionados. Publicado por Charles Messier en 1771 para ayudar
a los buscadores de cometas de su época. Irónicamente Messier ha pasado a la
historia por este catálogo de "cometas erróneos" y no tanto por sus
otros descubrimientos. El catálogo fue compilado con su amigo y colaborador
P.Mechain, quien descubrió muchos de los objetos. La lista original de Messier
incluye descubrimientos de otros astrónomos (Lacaille, Bevis, Bode, y otros).
Algunos ejemplos: M 42 es la Gran Nebulosa de Orión, M 31 la Galaxia de
Andrómeda, M 13 el Gran Cúmulo de Hércules, M 8 la Nebulosa de la Laguna, M 104
la Galaxia del Sombrero, etc.
d2.
General Catalogue de Herschel
(H): La primera gran revisión de
objetos no estelares, compilada por el admirable William Herschel en 1864.
Incluye 5097 objetos en total de dificultad variable, la mayor parte de ellos
accesibles a instrumentos actuales de abertura mediana. Las asignaciones de sus
siete clases a cada objeto las hizo de acuerdo a la apariencia visual, de forma
que no es capaz de separar galaxias de nebulosas brillantes. En esa época aún
no se reconocía a una galaxia como un sistema gigante de estrellas
independiente del nuestro, y también se pensaba que las nebulosas gaseosas eran
cúmulos muy lejanos en los que no éramos capaces de resolver estrellas. Además,
es frecuente que la clasificación física difiera de la que Herschel estimó por
el aspecto visual. Como muestra, Herschel cataloga al cúmulo globular NGC 2419
como nebulosa brillante 218 (H 2181), y la galaxia M 110 como
nebulosa muy extensa número 18 (H 185). Todas las galaxias son para
Herschel nebulae, es decir manchas difusas de luz de naturaleza
indeterminada. En su opinión, las "nebula" eran cúmulos demasiado
lejanos para llegar a discernir estrellas, lo que en cierto modo es exacto,
pero no creía que existieran verdaderas nubes de gas celeste, que es lo que hoy
se acepta como verdaderas nebulosas.
d3.
New General Catalogue (NGC)
e Index Catalogue (IC
I y II):
el último gran catálogo general publicado originalmente en 1886 a partir de
revisiones al catálogo de Herschel comenzadas diez años antes. El autor fue
J.L.E.Dreyer, al principio asistente de Lord Ross en Birr Castle, Irlanda,
quien terminó por encargo de la Royal Astronomical Society por amalgamar en un
gran catálogo todos los compilados hasta entonces. Incluye, junto a sus dos
apéndices, un total de 13,226 objetos de todas clases. La primera publicación,
el NGC, revisa y amplía la lista de Herschel hasta un total de 7,840 objetos.
Pronto se hizo necesario ampliar la lista primitiva del NGC con dos apéndices
sucesivos (IC I y II), que llevaron numeraciones independientes. El Nuevo
Catálogo General reúne una selección amplia y representativa de los objetos más
interesantes para aquellos aficionados que cuenten con instrumentos medianos.
La lista es muy completa para cúmulos globulares, muy aceptable para galaxias
(pero desigual a partir de la 13ª magnitud), parcial y sesgada para cúmulos
abiertos y nebulosas brillantes, y muy reducida en nebulosas planetarias. No
incluye nebulosas oscuras. Todas las descripciones, aunque bastante poco
precisas, son visuales. En 1975 se publicó una lista revisada y mejorada con
comentarios adicionales, el RNGC,
o Revised New General Catalogue,
de Sulentic y Tifft, que ha correlacionado los objetos originales con las
imágenes del Palomar Observatory Sky Survey (POSS, atlas fotográfico del Schmidt
de Palomar), ampliando y actualizando toda la información. El RNGC sin embargo
contiene algunos errores de asignación, y ha negado algunos objetos originales
que realmente existen.
d4.
Catálogos específicos: Finalmente
los descubrimientos se hicieron tan frecuentes que se optó por listas más
específicas y se abandonó la idea de hacer catálogos generales mayores. Vamos a
conocer los principales específicos:
d4.1.
Cúmulos estelares y asociaciones: Los
cúmulos abiertos peor definidos, o más pobres, o más grandes y brillantes,
escaparon en su gran mayoría a las revisiones del NGC. Desde principios de
siglo han ido apareciendo nuevas listas, algunas con ambición a convertirse en generales para este tipo de
objetos, y otras con apenas cúmulos: Collinder
(Cr),
Melotte (Mel),
Rupretch (Ru),
Roslund (Ro),
Harvard (H),
Trumpler (Tr),
King (K),
Markarian (Mrk),
Stock (St),
Berkeley (Brk),
etc. En la actualidad los más importantes son: el Catalogue of Open Cluster Data, publicado por Gösta Lynga
en 1981, con unos 1200 objetos, y el Catalogue
of Star Clusters, Associations and Groups, de Helen Hogg.
Los cúmulos globulares en cambio están casi por completo reunidos en el NGC y sus apéndices. Tan sólo se han encontrado recientemente algunos cúmulos débiles y muy enrrojecidos en zonas galácticas de alta absorción o bien otros muy dispersos y difíciles de ver, reunidos en catálogos como el Terzan, Palomar y otras listas simbólicas. Hay también catálogos especiales para los detectados en otras galaxias. Los catálogos generales de cúmulos globulares más utilizados hoy en día son los de