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Ninfa, de Doris hija, la más bella,
adora que vio el reino de la espuma.
Galatea es su nombre y dulce en ella
el terno Venus de sus Gracias suma.
Son una y otra luminosa estrella
lucientes ojos de su blanca pluma:
si roca de cristal no es de Neptuno,
pavón de Venus es, cisne de Juno.

Comentarios:

Observemos cómo las dos disyunciones que hay en los cuatro primeros versos sitúan en posición tónica las palabras más descriptivas: la más bella,... terno ... Venus, ... Gracias ... El ritmo de toda esta estrofa es el que le imprimiría un andaluz como Góngora a una sucesión de piropos.

Los cuatro últimos versos son una obra de ingeniería poética. Góngora transforma la metáfora típica "Sus ojos son estrellas" en la revolucionaria "Sus estrellas son ojos". Para ello se vale de una doble acepción de la palabra "ojos", que también es el nombre dado a las manchas de colores de las plumas del pavo real. Así, da por sentada la metáfora ojos-estrellas y dice que las estrellas de Galatea [=sus ojos] son como ojos [= lunares] sobre su piel, que parece una pluma blanca. Así, al mirar a Galatea no sabemos si nos recuerda más a un cisne por la blancura de su piel o a un pavo real por la forma en que sus ojos resaltan sobre su piel blanca, que recuerda a los ojos del pavo real resaltando sobre su plumaje. Esta reflexión queda condensada en la genial hipálage del último verso:

pavón de Venus es, cisne de Juno.
El público de Góngora sabía perfectamente que Venus no tiene pavos sino cisnes, y que Juno no tiene Cisnes, sino pavos, por lo que la aparente contradicción de este verso obliga a reflexionar sobre su significado, y el resultado final es que el lector no sólo queda con la imagen de que Galatea es hermosísima, sino que ha tenido que llegar a deducir por sí mismo los matices de su hermosura, lo que vuelve mucho más vívida e impactante su imagen.

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