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Los historiadores han elegido el año de 1789 como fecha
simbólica del paso de la Edad
Moderna a la llamada Edad
Contemporánea. Ciertamente, es una buena
elección,
pues 1789 fue el año en que George Washington fue investido
como
primer presidente de los Estados Unidos, la primera nación
extensa que se dotó a sí misma de un gobierno
democrático en sentido moderno, y cuyos políticos
supieron estar a la altura de las circunstancias. Redactaron una
constitución que, con pequeñas enmiendas, sigue
estando
vigente hoy en día, y todas las dificultades que
conllevó
la puesta en práctica de un proyecto tan novedoso y
complejo
fueron resueltas dialogadamente y respetando el marco legal.
Sin embargo, la realidad es que los historiadores que convinieron
en
fijar ese año como símbolo de la evolución
que
estaba experimentando la sociedad occidental, eran historiadores
europeos, y ese año sucedió algo en Europa que ellos
consideraban más importante: 1789 fue también el
año en que estalló la Revolución Francesa. Es
cierto que, si el acontecimiento que ha de marcar el cambio de era
debe
escogerse por su carácter representativo, entonces la
Revolución Francesa es una elección mucho mejor, ya
que
la modélica organización política de los
Estados
Unidos iba a ser durante mucho tiempo una rara auis in terris, mientras
que
la Revolución Francesa presentó al mundo una serie
de
hechos deplorables que se iban a repetir una y otra vez en la
historia
europea de los siglos siguientes: palabras grandilocuentes tomadas
como
excusa para exterminar a quienes piensan de otro modo, seres
mezquinos
y sin apenas instrucción convertidos en responsables
políticos, políticos que anteponen sus ambiciones o
sus
ideales fanáticos a la ética más elemental,
constituciones que se violan y se sustituyen por otras
según
quién tiene el poder, parlamentos que se invalidan por la
fuerza, golpes de estado, democracias que se corrompen hasta
convertirse en dictaduras (y lo que es más sangrante
aún:
que la dictadura resulte preferible a lo que había antes).
En
Francia surgieron incluso idiotas de los que piensan que unos
ideales
patéticos justifican poner bombas que maten a inocentes,
como si
así fueran a cambiar el mundo. Todo eso, corregido y
aumentado,
lo ha vivido la Europa de la Edad Contemporánea, y
aún
quedan restos en nuestros días (todavía hay idiotas
con
ideales patéticos que ponen bombas). Por supuesto, el resto
de
continentes (excepto Norteamérica) han recibido con retraso
la
herencia europea, y hoy son muchos los países del mundo que
mantienen vivo el legado de Robespierre, Napoleón o del
periodo
del
Directorio.
Si en lugar de buscar hechos simbólicos nos contentamos
con
buscar fechas redondas, entonces el año de 1800 es una buena elección,
pues,
sin duda, la sociedad occidental del siglo XIX iba a ser muy
distinta
de la del siglo XVIII que acababa en dicho año.
A lo largo del siglo XVIII, la población mundial
había
pasado de 680 millones de habitantes a 954 millones. En
términos
relativos, Europa fue la zona que experimentó una mayor
explosión demográfica. Pasó de 110 millones
de
habitantes a 180 millones (un 63% frente al crecimiento medio del
40%).
Además, la longevidad media aumentó sensiblemente.
Los Estados Unidos prosperaban lentamente. Entre los
dieciséis Estados se repartía una población
de
más de 5.300.000 habitantes. Con un mínimo retraso,
los
Estados Unidos se iban haciendo eco de los adelantos
científicos
y tecnológicos que se producían en Europa. Bajo la
presidencia de Adams, los federalistas habían abusado del
poder
legislativo de forma partidista, hasta el punto de que los
republicanos
demócratas hablaban de tiranía, pero el sistema
democrático funcionó correctamente y Adams fue uno
de los
pocos presidentes estadounidenses que no fue reelegido. La llegada
al
poder de los republicanos demócratas corregiría la
situación.
Sudamérica estaba bajo el firme control de España y
Portugal (con algunas intrusiones menores de otras potencias),
pero la
Revolución Americana y la Revolución Francesa
habían impactado a la elites criollas, es decir, en la
minoría blanca nativa que se veía relegada a un
segundo
plano por las autoridades enviadas desde la metrópoli. Las
traducciones de escritos norteamericanos se multiplicaban y los
periódicos, panfletos y clubes políticos se
extendían por las principales ciudades sudamericanas a
pesar de
la censura y la represión por parte de las autoridades.
Muy diferente era el caso de Canadá. Gran Bretaña
había aprendido de sus errores y había sabido
mantener
satisfechos a los habitantes de lo que le quedaba de sus colonias
norteamericanas.
Francia, con 28 millones de habitantes, era uno de los
países
más poblados de Europa, aunque en él la natalidad
había disminuido. Las parejas francesas habían
aprendido
diversas formas de reducir el número de hijos. La
situación económica del país todavía
era
precaria, como consecuencia del calamitoso estado de cuentas del
"antiguo régimen" agravado por el caos revolucionario. Uno
de
los problemas más graves era la devaluación del
papel
moneda. Los primeros gobiernos revolucionarios habían
emitido
unos valores mobiliarios llamados "asignados"
respaldados por los bienes confiscados a la Iglesia, pero en el
"año I" se pasó de 400 millones de asignados a 4.000
millones, en el año V circulaban 14.000 millones y al
año
siguiente se hizo una emisión de 30 millones de asignados,
cuyo
valor ya era prácticamente nulo. Después fueron
sustituidos por unos "mandatos
territoriales" que se devaluaron aún más
rápidamente. Bonaparte estaba dedicando grandes esfuerzos a
realizar todas las reformas necesarias, tanto en economía,
como
en la administración, en la justicia, en la
educación,
etc., pero, de momento, la guerra consumía la mayor parte
de los
recursos del Estado. Parece ser que Bonaparte pretendía
reconstruir el imperio colonial francés. Su
expedición a
Egipto pretendía ser un primer paso para arrebatarle la
India a
Gran Bretaña y, tras el fracaso de la aventura, se
interesó por el proyecto de recuperar Luisiana.
Sin embargo, Gran Bretaña no estaba dispuesta a dejar que
Francia le aventajara en materia colonial e iba a destinar todos
los
recursos necesarios para contener la expansión francesa.
Tras la
derrota del sultán Tipu Sahib, todo el sur de la India
quedó
bajo control británico, y los proyectos de expansión
hacia el norte no
se hicieron esperar. Por su parte, Francia se había ganado
un
gran prestigio e influencia en la Cochinchina. Los apetecibles
mercados
de China y Japón permanecían cerrados, por la
vocación autárquica de ambos países. La
principal
arma británica era su poderío naval, basado en gran
parte
en una rígida disciplina que cada vez estaba dando lugar a
más amotinamientos en los barcos de la Royal Navy.
Inglaterra contaba a la sazón con 8.3 millones de
habitantes,
Escocia con 1.63, Gales con 0.6 e Irlanda con 5.22, lo que hace un
total de 15.7 millones de británicos. Al contrario que en
Francia, en Gran Bretaña estaba garantizada la libertad de
comercio y de circulación de bienes, el sistema bancario
era
sólido y todo ello dio lugar a un gran desarrollo
económico. La empresa Lloyd's
of
London es la compañía de seguros más
antigua del mundo y ya contaba entonces con más de un siglo
de
vida. Su principal actividad a la sazón era asegurar los
barcos
dedicados al tráfico de esclavos.
Si Francia estaba a la cabeza del progreso científico,
Gran
Bretaña era la pionera del progreso tecnológico.
Poseía 300 kilómetros de vías férreas
por
las que se transportaban más fácilmente carros
tirados
por caballos. Existían compañías privadas
encargadas de velar por la conservación de las carreteras y
que
cobraban peajes. También contaba con una densa red de
canales
que unían los puertos con los principales centros urbanos.
La
máquina de vapor de Watt se usaba en la industria
cervecera, en
la minería, en la metalurgia, en las fábricas de
harinas
y en las hilaturas, donde se usaba para mover telares
mecánicos.
Todas estas técnicas se estaban implantando también
en
los Estados Unidos. (Sin embargo, ese mismo año, un
empresario
de Lyon llamado Joseph Marie
Jacquard
inventó un nuevo modelo de telar que, gracias a un sistema
de
cartones perforados, permitía que un solo operario
reprodujera
motivos de gran complejidad.) El algodón sustituyó a
la
lana, y la producción no dejaba de aumentar. Gran
Bretaña
vestía a los soldados franceses.
El alma de la política británica era el primer
ministro William Pitt. El rey Jorge III no hacía sino
incordiar
moderadamente. Por ejemplo, Pitt se había esforzado por
resolver
el problema irlandés y en su programa figuraba eliminar
ciertas
discriminaciones legales hacia los católicos, pero el
monarca se
opuso de lleno porque consideraba que ello atentaba contra el
juramento
que prestaban los reyes británicos en su coronación,
por
el que se comprometían a mantener el protestantismo. En sus
propias palabras:
¿Dónde está el poder en la Tierra que pueda absolverme de la observancia de cada oración de aquel juramento, particularmente en el que me está requiriendo mantener la reformada religión protestante? ... No, no, prefiriría pedir mi pan de puerta en puerta a través de Europa antes que consentir cualquier medida a favor de los católicos. Puedo renunciar a mi corona y retirarme del poder, puedo abandonar mi palacio y vivir en una cabaña, puedo poner mi cabeza en el patíbulo y perder la vida, pero no puedo romper mi juramento.
Por esta época, el rey sufrió un nuevo ataque de
locura, pero se recuperó rápidamente. El sistema
parlamentario británico, aunque con muchas más
imperfecciones e injusticias que el estadounidense, funcionaba
razonablemente bien, y constituía un estadio intermedio
entre el
gobierno democrático estadounidense y los gobiernos
absolutistas
del "antiguo régimen".
El médico Jenner se estableció en Londres y
empezó a vacunar sistemáticamente a la
población
contra la viruela, a razón de 300 personas por día.
The Times tenía
una
tirada de 4.800 ejemplares, y había reducido a la nada a su
principal competidor, el Morning
Post, cuya tirada era de 200 ejemplares. El gobierno
empezó a ver una amenaza en la prensa, pero no logró
contener su difusión. Se decía que Thomas Blanes, uno de los
redactores-jefe de The Times,
era el hombre más poderoso de Gran Bretaña.
No obstante, en Francia también se hacían algunos
progresos técnicos: el año anterior, un
francés
llamado Philippe Lebon
había patentado una lámpara de gas, aunque no era
muy
eficiente, pues el gas que
empleaba contenía metano y monóxido de carbono, y
producía mal olor en
la combustión. Pese a ello, se hizo popular construyendo
pequeños
sistemas de iluminación doméstica.
Un ingeniero estadounidense llamado Robert
Fulton se encontraba a la sazón en París,
donde a
instancias de Bonaparte experimentó con un barco submarino
al
que llamó Nautilus,
propulsado por una hélice. También probó un
barco
de vapor que intentó navegar por el Sena, pero se
hundió.
El Sacro Imperio Romano Germánico se había
polarizado:
al poder de Austria, cuyo archiduque conservaba el título
imperial casi como hereditario (aunque en teoría fuera
electivo)
y que contaba con un vasto patrimonio hereditario que
incluía
los reinos de Bohemia y Hungría, se le había opuesto
el
reino de Prusia, convertido en una gran potencia militar. El rey
actual, Federico Guillermo III, no era un político
especialmente
brillante, pero no le faltaba tenacidad. De momento, optaba por
mantener a Prusia neutral en el duelo que Gran Bretaña y
Austria
mantenían contra Francia. En cuanto al emperador Francisco
II,
Bonaparte dijo de él:
Éste es un hombre bueno y religioso, que con un buen sentido, no hará jamás nada por sí mismo, y a quien Metternich, o cualquier otro, dirige a su modo. No ha manifestado energía sino para perderse moralmente a los ojos de los pueblos. Su gobierno será malo mientras tenga ministros malos, porque se entrega enteramente a ellos, y no se ocupa sino de la botánica y de la jardinería. Su hijo ha de parecérsele.
Austria y Prusia dominaban la política de Europa Oriental
juntamente con Rusia, que gracias a las figuras de Pedro I y
Catalina
II había logrado salir parcialmente del atraso en que
estaba
sumergido su país hasta ocupar un lugar decisivo en la
política europea. Por el este, Rusia se había
extendido
hasta dominar Siberia y, más allá, incluso Alaska y
buena
parte de la costa occidental norteamericana. En esta
expansión
los cosacos desempeñaron un papel destacado. Las
autoridades
cosacas habían sido asimiladas a la nobleza rusa, y las
clases
inferiores formaban un campesinado libre privilegiado, bien dotado
de
tierras y que servía en el ejército en regimientos
separados, con sus propias técnicas militares y un orgullo
de
casta que Rusia sabía halagar. Pero lo más
delicado había sido tomar posiciones en Europa. La
"occidentalización" de Rusia era en gran parte superficial,
pues
sólo afectaba a las altas esferas de la sociedad. Las capas
inferiores estaban sometidas a un vasallaje feudal ya
prácticamente extinguido en Occidente. El zar actual, Pablo
I,
trataba de invertir esta tendencia de asimilación de la
cultura
occidental, y llegó a mandar al exilio a algunas personas
simplemente por vestir según el estilo francés o
leer
libros franceses. También es verdad que la
Revolución
Francesa había provocado una reacción anti-francesa
en
Rusia como en las restantes potencias europeas. Sin embargo, tras
haber
sido vapuleado varias veces por los ejércitos franceses,
Pablo I
decidió cambiar de rumbo, mantenerse neutral en la guerra
contra
Francia y enfrentarse a Gran Bretaña por el dominio del
Báltico, una guerra en la que veía más
posibilidades de éxito.
La mayor muestra del poderío
Austríaco-Prusiano-Ruso
en Europa Oriental fueron las sucesivas particiones de Polonia que
terminaron con la disolución completa del reino. Muchos
patriotas polacos se unieron al ejército francés
para
luchar contra quienes habían destruido su país. En
general, las teorías jacobinas radicales que en Francia
daban ya
escalofríos se hicieron populares en las pequeñas
potencias europeas: los Países Bajos, Suiza, los estados
italianos, etc., y ello permitió a Francia sembrar Europa
de "Repúblicas
Hermanas", tanto
más contentas del apoyo francés cuanto más
lejos
estaban de Francia. Independientemente de su mayor o menor
longevidad,
las "Repúblicas
Hermanas"
contribuyeron a eliminar los restos de las antiguas estructuras
feudales que aún pervivían en los países
pequeños.
España fue uno de los países más
convulsionados
internamente (es decir, sin necesidad de la ayuda de los
ejércitos franceses) a causa de la Revolución
Francesa.
Antes de que estallara, la ilustración se iba abriendo
camino
poco a poco (demasiado poco a poco) en la sociedad
española;
cuando estalló, el primer ministro Floridablanca se
esforzó por evitar por cualquier medio que las ideas
revolucionarias penetraran en España, después los
ilustrados españoles volvieron a ganar terreno convenciendo
al
rey Carlos IV de la viabilidad del "despotismo
ilustrado", es decir, de llevar adelante a través
de la
autoridad absoluta del monarca las reformas que los
revolucionarios
franceses trataban de lograr violentamente (la
desamortización
de los bienes eclesiásticos, una reforma agraria que
permitiera
aprovechar terrenos de cultivo descuidados por sus dueños,
una
reforma educativa, etc.), y esto condujo a un acercamiento
cauteloso a
Francia propiciado por Godoy y, más recientemente, por
Urquijo.
Los países nórdicos, Suecia y Dinamarca,
tenían
tendencias opuestas respecto a la Revolución Francesa. El
rey
Gustavo IV Adolfo de Suecia, a sus veintidós años,
creía en el derecho divino de los reyes y tenía a
Bonaparte por un monstruo; En Dinamarca reinaba nominalmente el
rey
Cristián VII, pero el gobierno lo ejercía su hijo y
heredero el príncipe Federico, quien había promovido
diversas reformas liberales (libertad de prensa, concesión
de
derechos civiles a los judíos, abolición de la
esclavitud, derogación de la ley feudal que ligaba los
campesinos a las tierras, etc.) Federico simpatizaba con la
Revolución Francesa, pero tanto Dinamarca como Suecia
habían optado hasta el momento por una neutralidad pasiva
en el
conflicto europeo, mientras que recientemente habían
aceptado la
oferta rusa de constituir una liga de neutralidad armada para
evitar
los abusos británicos en el Báltico.
El Imperio Otomano continuaba su lenta decadencia. El
sultán
Selim III habría tratado de impulsar ciertas reformas
administrativas y militares que chocaron con la oposición
ultraconservadora de los jenízaros. Las derrotas ante Rusia
le
habían prevenido de intentar nuevas aventuras militares,
pero el
sultán se encontró con la invasión de Egipto
por
los ejércitos franceses, en la que se puso de manifiesto
que los
ejércitos otomanos eran juguetes inofensivos ante los
ejércitos occidentales. Si los franceses estaban teniendo
problemas en Egipto, ello era debido únicamente a la
intervención británica y en ningún caso a la
resistencia nativa.
Desde la muerte del gran mogol
Aurangzeb, el
sultanato de Delhi había perdido su influencia en la India
y
surgieron varios estados independientes. La principal potencia era
el
Imperio Maratta, aunque ahora era más bien la confederación Maratta,
ya que
el poder central había ido debilitándose desde que
el
recién nacido Madhavrao II fue reconocido como peshwa. El
peshwa
actual, Baji Rao II, era más bien incompetente, y ese
año
murió Nana Fadnavis,
que había sido el principal dirigente durante la
minoría
de edad de Madhavrao II y desde entonces había mantenido su
influencia sobre todos los señores marattas. Tras su
muerte, la
cohesión entre las distintas regiones del imperio se
resintió y la autoridad del peshwa fue cada vez más
cuestionada. La presencia británica era cada vez más
desestabilizadora. Los británicos dominaban un extenso
territorio en el golfo de Bengala, la isla de Ceilán y
también tenían asentamientos en Bombay, en la costa
occidental de la península. Afganistán, bajo el
reinado
de Zaman Sah, atravesaba también un periodo de
inestabilidad
política, con luchas intestinas por el poder.
Al este de Bengala se encontraba el reino de Birmania. Durante
los
siglos anteriores había estado dividido en varios reinos,
pero
desde mediados de siglo, una nueva dinastía iniciada por el
rey Alaungpaya
había iniciado un
proceso de unificación por la fuerza. El monarca actual era
Bodawpaya, el cuarto hijo
de
Alaungpaya, un enviado de Buda para conquistar el mundo que
había accedido al trono derrocando a su sobrino-nieto.
Quince
años atrás había invadido el reino de Arakan. Para pacificar la zona
deportó a unos 20.000 de sus habitantes como esclavos. Poco
después había invadido Siam con nueve
ejércitos,
aunque su campaña no tuvo éxito. Tras una
insurrección en Arakan persiguió insurrectos por la
frontera de Bengala, creando tensiones con los británicos.
Siam
estaba gobernado por el rey Rama I, que había consolidado a
su
país como potencia militar al rechazar a los birmanos e
imponer
su tutela sobre Camboya. Mientras tanto Vietnam se hallaba inmerso
en
una guerra civil.
En Arabia prosperaba el fundamentalismo islámico de los
Wahhabíes. Aunque Abd al-Wahhab había muerto ocho
años atrás, Abd
al-Aziz,
el hijo de Muhammad ibn Saúd, conducía con mano
maestra
la guerra santa que aquél había declarado. Dominaba
ya la
mayor parte de Arabia y amenazaba tanto La Meca como la frontera
persa.
De entro los sultanatos árabes establecidos alrededor del
mar Rojo, estaba prosperando especialmente el sultanato Geledí, situado en Somalia, en el cuerno de
África. Dos años atrás había subido al
trono el sultán Yúsuf
Mahamud Ibrahim, bajo cuyo mandato se revitalizó
el tráfico de marfil.
En Persia se estaba consolidando la nueva dinastía Kayar
en
la figura del sha Fath Alí Sha Kayar. Había
establecido
una rígida etiqueta que incluía numerosos tesoros
distintivos de la autoridad real: tronos, coronas, joyas, etc.
También es famoso por el harén que estaba
montándose, que llegó a contar con más de 150
mujeres.
El shogun Tokugawa Ienari lo seguía de lejos: llegó
a
tener unas 40 concubinas. Durante su reinado Japón
pasó
por un periodo de estabilidad política y buenas cosechas.
Durante el último siglo, China había experimentado
una
explosión demográfica más espectacular que la
europea, pues su población se había duplicado:
había pasado de contar con 150 millones de habitantes a 300
millones. Las teorías malthusianas parecían
corroborarse
en China, donde las tierras, explotadas en exceso, estaban
perdiendo su
fertilidad. La administración estaba aquejada por una
importante
corrupción y, a las revueltas que tradicionalmente
tenía
que hacer frente el gobierno chino se unió una
especialmente
grave, por la organización que llevaba tras de sí:
la de
la secta budista del Loto
Blanco,
que ya en su día había contribuido a derrocar a los
mongoles y que ahora enviaba grupos paramilitares a enfrentarse a
las
tropas imperiales. Actuaban con técnicas de guerrilla, y
organizaron la falsificación de las cuentas de los
recaudadores
de impuestos. El gobierno tuvo que levantar fortalezas y realizar
campañas de descrédito que privaran al Loto Blanco
del
apoyo del campesinado.
El norte de
África hasta Túnez
era vasalla del Imperio Otomano, aunque su autonomía era
notable. Sólo el reino de Marruecos era oficialmente
independiente. El rey Sulaymán había suspendido todo
el
comercio con Europa a causa de sus querellas con España y
Portugal y firmó un tratado comercial con los Estados
Unidos.
Fue el
primer país africano en acoger una embajada estadounidense.
El África subsahariana permanecía
prácticamente
inexplorada. A lo largo del siglo XVIII se habían formado
algunos reinos nuevos, algunos de los cuales surgieron cuando
algunos
pueblos africanos se organizaron para formar redes de trata de
esclavos
que vendían a los europeos. Es el caso de la
confederación de Aro
o
el Imperio Bamana. El
Imperio Kong, que
llegó a alcanzar
una gran extensión lo formó el pueblo Senufo que huía de una
persecución religiosa por parte de los Mandinga, del norte. El Congo,
Angola y Mozambique eran colonias portuguesas, si bien el primero
mantenía su propio rey, Enrique
I. Senegal había quedado bajo dominio
francés tras
el tratado de Versalles.
Madagascar había sido a principios de siglo un refugio de
piratas. Después se organizó en varios reinos.
En materia científica, Europa se había situado a
años luz de cualquier otra cultura. Los físicos
dominaban
ya las leyes de la dinámica clásica junto con la ley
de
gravitación universal y todo el aparato matemático
que
éstas requieren. Las aplicaciones a la astronomía
eran
sorprendentes. William Herschel demostró que el Sol no
está fijo en el espacio, sino que se mueve respecto de las
demás estrellas hacia un punto de la esfera celeste al que
denominó apex, y
que
se encuentra en la constelación de Hércules. Más
aún, logró establecer un modelo clásico
lenticular
sobre la forma de la Vía Láctea, en el que
estableció la posición del Sol. Ese mismo año
descubrió los rayos
infrarrojos utilizando un prisma para descomponer la luz
solar y
situando un termómetro por debajo de la zona
correspondiente a
la luz roja. Demostró así la existencia de "luz invisible".
Los estudios sobre electricidad se encontraban todavía en
estado embrionario, pero ya eran prometedores. Coulomb
seguía
estudiando y publicando trabajos sobre la electricidad y el
magnetismo.
Alesandro Volta comunicó a la Royal
Society de Londres su último invento: una pila electrica capaz de generar
electricidad de forma mucho más uniforme que los
generadores
electrostáticos, el único medio conocido hasta el
momento. Esto facilitó enormemente el estudio de las
corrientes
eléctricas.
Un naturalista francés llamado Jean-Baptiste Pierre Antoine de Monet,
caballero de Lamark,
presentó un trabajo al Museo
Nacional
de Historia Natural en el que esbozaba sus ideas
según las cuales las especies animales habían
evolucionado unas a partir de otras, las más complejas a
partir
de las más simples.
Lagrange publicó sus Leçons
sur
le calcul des fonctions, pero la figura más
prometedora en el campo de las matemáticas era a la
sazón
un joven alemán de veintitrés años llamado Carl Friedrich Gauss. Durante
su
época de estudiante había descubierto por sí
mismo
el teorema del binomio de Newton, la ley de Bode-Titius y la
llamada ley de reciprocidad
cuadrática,
un sutil resultado de la teoría de números del que
no se
conocía todavía ninguna demostración. Dos
años atrás había obtenido un método
para
construir con regla y compás el polígono regular de
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lados, el mayor avance en esta línea desde la época
de
los antiguos griegos. El año anterior había obtenido
el
doctorado en matemáticas con una demostración del teorema fundamental del
álgebra,
es decir, con la demostración de que toda ecuación
polinómica tiene al menos una solución si admitimos
como
tales
a los números complejos o imaginarios. Gauss había
nacido
en el ducado de Brunswick, y el duque le había concedido
una
renta que le permitía dedicarse a la investigación
sin
necesidad de buscar empleo alguno.
Alemania tuvo el dudoso honor de estar a la vanguardia del
pensamiento filosófico. Tras una discusión con un
discípulo sobre el ateísmo, Fichte tuvo que dimitir
de su
cátedra en Jena y se trasladó a Berlín, donde
tuvo
que vivir de dar clases particulares. Su cátedra fue
ocupada por
Friedrich Schelling, un
teólogo de veintitrés años que, tras una
serie de
"investigaciones" sobre el Génesis y el origen del mal,
había publicado cinco años atrás un ensayo
titulado Del Yo como principio
de la
filosofía o lo incondicionado del saber humano,
bajo la
influencia de Kant y de Fichte, y que ahora publicaba su Sistema del idealismo trascendental,
en el que discrepaba de Fichte. Esencialmente, Kant había
cometido tres errores en su planteamiento de su Crítica de
la
razón pura:
El resultado fue que los presuntos continuadores de la obra de
Kant
tomaron todos sus defectos y no fueron capaces de sostener ninguna
de
sus virtudes. Así, Schelling empezó considerando a
Fichte
como el campeón en la lucha contra la corrupción del
espíritu crítico kantiano frente al dogmatismo,
luego
consideró que el camino seguido por Fichte no era el
correcto y asumió él mismo el papel de llevar la
filosofía de Kant a la perfección. Sin embargo, lo
que
hizo realmente fue coger el bagaje escolástico que
había
absorbido en sus estudios de teología y aplicarlo a los
esquemas
kantianos, obteniendo así un monstruo al que él
llamaba
"filosofía crítica", pero que no era sino un
retroceso a
los tiempos en que filosofar era hablar de no se sabe qué
en
términos aparentemente lógicos y razonados, pero que
sólo presentan esta apariencia en una delgada capa
superficial,
bajo la cual todo es imprecisión y arbitrariedad.
Sirva como muestra un fragmento del Capítulo II del Sistema del idealismo trascendental:
La prueba general del idealismo trascendental es realizada sólo a partir del principio deducido anteriormente: mediante el acto de la autoconciencia el Yo llega a ser objeto para sí mismo. En esta proposición se puede descubrir a su vez otras dos:
1) El Yo sólo es objeto para sí mismo y, por tanto, para nada exterior. Si se pone una influencia sobre el Yo desde fuera, el Yo debería ser objeto para algo exterior. Pero el Yo no es nada para todo lo exterior. En el Yo en cuanto Yo, por ende, no puede influir nada exterior.
2) El Yo se hace objeto, luego no lo es originalmente. Detengámonos en esta proposición para continuar deduciendo a partir de ella.
a) Si el Yo no es originariamente objeto, entonces es lo contrapuesto al objeto. Ahora bien, todo lo objetivo es algo en reposo, fijo, que no es capaz él mismo de ninguna acción, sino sólo de ser objeto del actuar. Así pues, el Yo es originariamente sólo actividad. Más aún, en el concepto de objeto se piensa el concepto de algo limitado o acotado. Todo lo objetivo se hace finito precisamente porque se hace objeto. Por tanto, el Yo es originariamente (más allá de la objetividad, que es introducida por la autoconciencia) infinito —luego actividad infinita.
b) Si el Yo es originariamente actividad infinita, entonces también es fundamento —y compendio de toda la realidad.— En efecto, si hubiera un fundamento de la realidad fuera de él, su actividad infinita estaría originariamente restringida.
c) Que esta actividad originariamente infinita (este compendio de toda la realidad) llegue a ser objeto para sí misma y, por tanto, finita y determinada, es condición de la autoconciencia. La cuestión es cómo puede ser pensada esta condición. El Yo es originariamente puro producir que se dirige hacia el infinito, sólo en virtud del cual nunca llegaría al producto. El Yo, pues, a fin de surgir para sí mismo (y no ser sólo productor sino a la vez producido, como en la autoconciencia) ha de poner límites a su producir.
d) Pero el Yo no puede limitar su producir sin contraponerse algo. [...]
El lector que no entienda nada no debe caer en la falacia de
asumir
que ello se debe a que no sabe suficiente filosofía, y que
hay
que estudiar mucho para entender algo tan profundo. Una frase como
"El Yo es originariamente puro
producir
que se dirige al infinito, solo en virtud del cual nunca
llegaría al producto" no encierra ninguna verdad
profunda, sino que no es más que una triste
adaptación de
una frase análoga que bien podría hablar sobre Dios
en
lugar de sobre el Yo (en el contexto de un absurdo razonamiento
teológico) a un contexto muy diferente. Si la totalidad del
fragmento anterior tiene algún sentido es por lo que queda
de la
filosofía kantiana cuando se eliminan frases absurdas como
ésa y, en general, todos los "razonamientos". La
consecuencia
obligada fue que, a partir de este momento, la filosofía
dejó de merecer la atención de los hombres de
ciencia,
que consideraron, con razón, que la filosofía es a
la
ciencia lo que la astrología es a la astronomía.
De hecho, a raíz de una reseña anónima que
invitaba a Kant a pronunciarse sobre la filosofía de
Fichte, el
propio Kant había publicado el año
anterior una breve nota con el título de "Declaración en
relación a
la Doctrina de la Ciencia de Fichte", en la que
desautoriza por
completo que pueda considerarse acorde con su propia
filosofía:
...declaro aquí que considero a la Doctrina de la Ciencia de Fichte un sistema completamente insostenible. [...] No obstante, estoy tan poco dispuesto a tomar parte de aquello que según los principios de Fichte corresponde a la metafísica, que en una respuesta escrita le aconsejé cultivar su buen don de exposición tal como provechosamente se aplica a la Crítica de la Razón Pura, en vez de a sutilezas infructuosas. Sin embargo, fui eludido cortésmente con la declaración de que él no va a perder lo escolástico de vista. [...] Debido a que el reseñante sostiene finalmente que, según su consideración, aquello que la Crítica enseña sobre la sensibilidad no está para ser tomado al pie de la letra, y que, dado que la letra kantiana mata al espíritu tanto como la aristotélica, quien quiera entender la Crítica debe adoptar antes que nada el debido punto de vista (de Beck o de Fichte), declaro una vez más que, ciertamente, la Crítica ha de ser entendida al pie de la letra, y sólo ha de ser considerada desde el punto de vista del entendimiento común que esté lo suficientemente cultivado para semejantes investigaciones abstractas. [...]
Si la filosofía estaba abandonando la racionalidad por
pura
incompetencia, el arte empezaba a abandonarla por hastío.
Al
racionalismo del siglo XVIII que, en su vertiente
artística,
había cristalizado en el neoclasicismo, le estaba surgiendo
la
respuesta del romanticismo,
que daba prioridad al sentimiento frente a la razón, a la
originalidad frente a la imitación clásica, a la
ausencia
de normas prefijadas, a la independencia del artista, etc. (Una
prueba
más de la decadencia de la filosofía es que, aunque
a
nadie se le ocurriría hablar de "romanticismo
científico", sí que se habla de "romanticismo
filosófico", cuyas figuras destacadas son precisamente
Fichte y
Schelling.)
El romanticismo se manifestó primeramente en la
literatura.
Empezaron a ponerse de moda las novelas "románticas" en el
setido moderno de la palabra, es decir, íntimas,
sentimentales,
pero que en sentido amplio incluyen también las que
presentan
historias fantásticas, o de terror, que aceptaban como
reales
supersticiones y mitos, de los que tanto se habían burlado
los
ilustrados, o que ensalzaban la Edad Media y sus caballeros, etc.
Los
primeros antecedentes del romanticismo se encuentran de forma
simultánea en Gran Bretaña y Alemania. Aunque Gran
Bretaña cuenta con una amplia tradición
prerromantica, se
considera que la primera obra propiamente romántica de la
literatura británica son las Baladas
líricas que habían publicado conjuntamente
dos
años atrás William
Wordsworth y Samuel
Coleridge.
Son poemas sencillos que reflejan el misterio y la emoción
de la
naturaleza. En Alemania, Goethe es considerado uno de los mayores
exponentes del romanticismo, mientras que Schiller es más
bien
neoclásico. Ese año, Schiller publicó su
poema La canción de la
campana, en
el que había trabajado durante once años. La
fundición de una campana le sirve de metáfora para
las
distintas etapas de la vida humana y de la sociedad.
También
cabe destacar a Georg Friedrich
Philipp Freiherr von Hardenberg, más conocido como
Novalis, que a sus
veintiocho
años había publicado unos Himnos a la noche y unos Fragmentos, que eran
comentarios
breves sobre filosofía, estética y literatura, pero
que
tenía inéditas una Novela
de aprendizaje, el ensayo La
Crisitiandad o Europa, en el que se lamenta de la
pérdida
de la unidad de la Europa cristiana medieval, y unos Cánticos espirituales.
En las artes plásticas, el neoclasicismo estaba mucho
más arraigado, sobre todo por el academicismo, es decir, por el
poder que ejercían las academias para juzgar las obras de
arte
en función de unos esquemas fijos predeterminados.
Jacques-Louis
David era academicista, pero sus discípulos evolucionaron
pronto
hacia el romanticismo. Ese año, David pintó cinco
versiones muy similares de un mismo tema: El primer cónsul cruzando los
Alpes,
en el que se representa a Bonaparte montando a un hermoso caballo
con
los cascos delanteros levantados. La primera versión fue un
encargo del rey Carlos IV de España, las tres siguientes
las
encargó el propio Bonaparte con fines
propagandísticos y
la última la pintó David para sí mismo. Eso
sí, Bonaparte se negó a posar. Se conserva
este diálogo:
— ¿Posar? ¿Para qué? ¿Creéis que los grandes hombres de la Antigüedad cuyas imágenes poseemos habían posado?
— Pero, ciudadano primer cónsul, yo os pinto para vuestro siglo, para los hombres que os han visto, que os conocen. Ellos querrán encontraros parecido.
— ¿Parecido? No es la exactitud de los trazos o un pequeño lunar en la nariz lo que determina el parecido. Es el carácter de la fisonomía el que determina lo que hay que pintar. [...] Nadie se preocupa de si los retratos de los grandes hombres se les parecen. Basta con que su genio viva en ellos.
En España también estaba muy arraigado el
academicismo, pero Francisco de Goya fue desde joven contestatario
y
romántico. Ese año pintó uno de sus cuadros
más famosos: La familia
de
Carlos IV. Poco antes había pintado La maja desnuda, un retrato
de una
mujer desconocida de la que se ha especulado si sería la
duquesa
de Alba. El retrato formaba parte de la colección privada
de
Godoy, por lo que también existe la conjetura de que se
tratara
de su amante, Pepita
Tudó.
La música evolucionaba más lentamente y el clasicismo aún era dominante. En París murió el compositor Niccolò Piccini y Cherubini estrenó su ópera Les deux journées, pero lo más selecto de la música europea estaba en Viena. Allí coincidían el anciano Joseph Haydn, con sesenta y ocho años, el padre del clasicismo, y la joven promesa, Ludwig van Beethoven, con treinta años, quizá el único compositor que de vez en cuando mostraba una vena romántica, aunque ponía todo su empeño en respetar las formas clásicas. Las obras que estrenó ese año eran completamente clásicas: el septeto Op. 20 y su Primera sinfonía, ambas compuestas el año anterior, y que se interpretaron junto con obras de Haydn y Mozart. Mientras tanto componía su Tercer concierto para piano, también de corte clásico, aunque, como en muchas de sus composiciones para piano, se aprecia ya en él una sensibilidad romántica que hace parecer fríos a Haydn y a Mozart. Sin embargo, la obra más "moderna" en la que trabajaba a la sazón era un ballet: Las criaturas de Prometeo, en el que encontramos melodías un tanto alejadas de los patrones clásicos y presentadas con un colorido orquestal innovador.
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