Comparto, no abuses
No tenemos cultura de compartir internet. Y es una lástima, porque hoy sería facilísimo: las conexiones domésticas son enormes y casi nadie llega a usar todo el ancho de banda que paga. Tampoco es nada nuevo; compartir la conexión con un vecino lleva siendo perfectamente factible desde hace muchos años.
Muchos ni se lo plantean por miedo a que alguien use su red para algo ilegal. Pero en España, al menos hasta donde yo sé y desde luego cuando yo empecé a pensar en esto, el hecho de que una descarga provenga de tu IP no es suficiente para condenarte: la policía necesita encontrar algo en tus dispositivos. Distinto es Alemania, donde bajarte una película por P2P puede acarrear una multa considerable. Aquí, de momento, el riesgo legal es menor de lo que la gente imagina.
Hay otro miedo más legítimo: la seguridad de tu red doméstica. Si compartes sin aislar, alguien con conocimientos podría llegar a tus dispositivos: el NAS, la impresora, el termostato, las bombillas inteligentes. Lo correcto es una red completamente separada, que no vea nada de lo tuyo.
Hace tiempo tuve un router que hacía eso solo, sin esfuerzo: creaba una segunda red wifi con su propio SSID y le podías poner un límite de ancho de banda. Era ideal: levantabas una red aparte, le asignabas un tope y listo. La gente que se conectara no tenía acceso a tu red principal.
Así que monté una red abierta, sin contraseña, y la llamé COMPARTONOABUSES. El nombre lo decía todo: comparto, pero no abuses.
Funcionó una temporada. Hasta que un día noté que mi conexión iba lentísima. Resulta que alguien, a pesar del nombre, no encontró nada mejor que aprovechar mi red abierta y gratuita para montar un cliente P2P y bajarse películas. Reconozco que me dolió un poco; me hizo perder algo de fe en la humanidad.
Pero lo que de verdad me fastidió vino después. Cuando fui a revisar el límite de ancho de banda de aquella segunda red, descubrí que la opción ya no estaba: Jazztel, mi proveedor de entonces, había quitado esa función del router en alguna actualización, sin avisar.
Me imagino el razonamiento. Si la gente empezaba a compartir, esos usuarios consumían objetivamente más ancho de banda, así que mejor eliminar —discretamente— una funcionalidad interna del router que la mayoría ni sabía que existía.
Hoy la solución técnica sigue existiendo: puedes comprar un segundo router, conectarlo al primero haciendo NAT, y conseguir que la red que compartes quede completamente aislada de la tuya. No es trivial de configurar, pero se puede hacer.
El problema es que requiere hardware extra que consume energía, ocupa espacio y acumula polvo, todo ello solo para regalar ancho de banda a desconocidos. No hay ningún incentivo evolutivo para que la gente haga eso.
Y Jazztel lo entendió perfectamente. Cuando compartir era un clic —una opción en el panel del router—, lo quitaron. Si ahora requiere comprar un aparato adicional y dedicarle una tarde a configurarlo, solo lo hará quien tenga verdadera vocación altruista. El resto, sencillamente, no lo hará.
Con el tiempo Jazztel me hizo alguna jugada más, ya de mayor calado, y acabé evitándolos. Tenían precios competitivos, sí, pero —al menos en mi experiencia— a costa de pocos escrúpulos.
Hay un caso que me duele especialmente: las comunidades de vecinos. La mía, por ejemplo, tiene una conexión contratada simplemente para monitorizar las placas solares comunitarias. Imagino que serán centenares de megabits —hoy en día no hay contratos más pequeños—, una línea que tiene enchufado un cable Ethernet y que no usa nadie por wifi. Esa conexión podría ser la base de una red compartida para todo el edificio; bastaría con un pequeño cableado estructurado, una inversión mínima en el momento de construir o reformar, y luego todos los vecinos compartirían una conexión que entre todos ya están pagando, con garantías reales de aislamiento. La wifi no es práctica para siete pisos; el cable sí lo es. No sé exactamente cómo está el marco legal para este tipo de acuerdo entre vecinos —habría que investigarlo—, pero técnicamente sería muy factible y muy razonable. Y quien diga que así la compañía «perdería dinero»: cuando compras una barra de pan, el panadero no te pregunta si te la vas a comer solo o si la vas a compartir para cobrarte más en el segundo caso.
Y queda la sensación de fondo: compartir internet sería de lo más fácil y de lo más razonable, pero ni la cultura ni los proveedores lo ponen fácil. Una pena.