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ESTROFA XLVIII SIGUIENTE

Sorda hija del mar, cuyas orejas
a mis gemidos son rocas al viento:
o dormida te hurten a mis quejas
purpúreos troncos de corales ciento,
o al disonante número de almejas
- marino, si agradable no instrumento -
coros tejiendo estés, escucha un día
mi voz, por dulce, cuando no por mía.

Comentarios:

En esta tercera y última estrofa de invocación, el cíclope suplica a la ninfa que lo escuche. Destaca el último verso, donde, consciente de que Galatea no quiere saber nada de él, le pide que escuche su voz prescindiendo de que es él quien habla, que escuche su voz porque es dulce. Si hemos de creer al narrador (y no hay razón para dudar de su palabra), la voz de Polifemo no es dulce, al contrario, es un trueno fulminante. Veremos en las estrofas siguientes que Polifemo se juzga en general muy benevolentemente, pero si al hablar de su voz se refiere a sus palabras, entonces tiene razón, sus palabras son dulces, su discurso es hermoso y merece atención. Desgraciadamente para el cíclope, es difícil dar crédito a sus palabras, y no sólo por la tempestuosa voz con que las pronuncia, sino también porque esta petición de confianza la formula justo después de haber dicho la única tontería de todo su discurso: la ridícula imagen de las almejas. (Nadie es perfecto.)

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