5 Educación y mercados de trabajo
5.1 Las conexiones entre educación y trabajo
¿Por qué vamos a la escuela?
La relación entre educación y trabajo constituye uno de los ejes centrales de la Economía de la Educación, en tanto articula la transición de los individuos desde el sistema educativo hacia el sistema productivo. Esta conexión no debe entenderse como un vínculo lineal o mecánico, sino como un proceso complejo, condicionado por factores institucionales, económicos y sociales, en el que la educación desempeña simultáneamente funciones de formación, selección y asignación en el mercado de trabajo. En este sentido, la trayectoria vital de los individuos se estructura en torno a dos grandes esferas —educativa y laboral— cuya interacción determina tanto las oportunidades económicas como las posibilidades de movilidad social.
Tradicionalmente, el análisis económico ha concebido la relación entre educación y empleo bajo el supuesto de trayectorias relativamente estables: los individuos acumulaban capital humano durante la etapa educativa inicial y posteriormente lo utilizaban en el mercado de trabajo a lo largo de su vida laboral. Sin embargo, este modelo ha perdido capacidad explicativa en las últimas décadas debido a la transformación estructural de las economías avanzadas, caracterizadas por la aceleración del cambio tecnológico, la globalización y la creciente volatilidad del empleo. Como resultado, las trayectorias laborales se han vuelto más fragmentadas, con episodios recurrentes de formación, empleo y desempleo, lo que refuerza la idea de la educación como un proceso continuo a lo largo del ciclo vital.
En este contexto, la transición desde el sistema educativo al mercado de trabajo adquiere una relevancia analítica fundamental. La literatura económica ha abordado este proceso desde diferentes enfoques, destacando, por un lado, los modelos de búsqueda de empleo, que enfatizan el papel de la información imperfecta y el esfuerzo individual en la obtención de un puesto de trabajo, y, por otro, los modelos de señalización, que subrayan el uso de las credenciales educativas como indicadores de productividad por parte de los empleadores. Tal como se recoge en Salas-Velasco (2008), la duración del desempleo inicial depende tanto de factores individuales —nivel educativo, competencias, esfuerzo de búsqueda— como de factores estructurales —situación del mercado laboral, coyuntura económica—, lo que pone de manifiesto la naturaleza bidireccional de la relación entre educación y trabajo.
En efecto, la relación entre ambos sistemas no es unidireccional. Por un lado, la educación influye en el mercado de trabajo al determinar la cualificación de la fuerza laboral, la distribución de habilidades y la capacidad de adaptación a los cambios tecnológicos. Por otro lado, el mercado de trabajo condiciona la demanda de educación, al establecer los incentivos para invertir en capital humano en función de las oportunidades laborales y salariales esperadas. Esta interdependencia explica, por ejemplo, el aumento sostenido de la participación en educación superior en las últimas décadas, impulsado en gran medida por la percepción de que mayores niveles educativos se asocian a mejores resultados laborales, aunque, como se verá en epígrafes posteriores, esta relación es cada vez más heterogénea.
Un elemento clave para comprender esta conexión es el proceso de inserción laboral de los graduados. La evidencia empírica muestra que la transición educación-empleo no es homogénea entre individuos, sino que depende de múltiples factores, como el campo de estudio, la experiencia laboral previa, el origen socioeconómico o las redes de contactos. En este sentido, los estudios sobre transiciones destacan la importancia de la experiencia adquirida durante los estudios —por ejemplo, prácticas o empleo a tiempo parcial— como mecanismo para facilitar el acceso al primer empleo, al reducir la incertidumbre para los empleadores y mejorar el ajuste entre oferta y demanda de trabajo Salas-Velasco (2008). Esta evidencia refuerza la idea de que la educación no puede analizarse aisladamente del mercado de trabajo, sino como parte de un proceso más amplio de acumulación de capital humano.
Al mismo tiempo, la expansión de la educación superior ha introducido nuevos desafíos en esta relación. El aumento del número de graduados ha intensificado la competencia por los empleos cualificados, lo que ha dado lugar a fenómenos como la sobreeducación o el desajuste entre formación y empleo. Tal como señala Teichler (2015), el debate sobre la adecuación entre educación y mercado de trabajo es permanente y refleja tensiones inherentes entre los objetivos educativos —más amplios y multidimensionales— y las demandas específicas del sistema productivo.
Asimismo, las desigualdades sociales continúan desempeñando un papel relevante en la conexión entre educación y empleo. Algunas investigaciones han mostrado que el origen social influye no solo en el acceso a la educación superior, sino también en la calidad de las trayectorias laborales posteriores, lo que cuestiona la visión meritocrática del sistema educativo. En esta línea, Bathmaker (2021) y Reay (2021) evidencian que los estudiantes de origen social menos favorecido enfrentan mayores dificultades en la transición al empleo, incluso cuando alcanzan niveles educativos similares a los de otros grupos.
Por otra parte, la transformación digital está redefiniendo profundamente la relación entre educación y trabajo. El uso creciente de herramientas digitales en los procesos de aprendizaje, especialmente entre los jóvenes, refleja un cambio en la naturaleza del capital humano, cada vez más vinculado a competencias tecnológicas y habilidades transversales. Este fenómeno no solo afecta a la forma en que se adquiere el conocimiento, sino también a las demandas del mercado de trabajo, que valora crecientemente la capacidad de adaptación, el aprendizaje autónomo y la gestión de información.
Este cambio plantea interrogantes relevantes sobre la capacidad de los sistemas educativos para adaptarse a las nuevas demandas del mercado laboral y sobre el papel de la educación en un contexto de automatización creciente.
¿Está el sistema educativo preparando a los estudiantes para empleos que aún no existen, o sigue respondiendo a estructuras productivas del pasado?
5.2 Funciones básicas del sistema educativo respecto al empleo
Una vez establecida la naturaleza dinámica de la relación entre educación y trabajo, resulta necesario profundizar en las funciones específicas que desempeña el sistema educativo en el mercado laboral. Desde una perspectiva económica, el sistema educativo no solo transmite conocimientos, sino que cumple un conjunto de funciones estructurales que afectan directamente a la asignación de individuos a puestos de trabajo, a la distribución de oportunidades y al funcionamiento global del mercado laboral.
En primer lugar, la función más evidente del sistema educativo es la formación de capital humano, entendida como el proceso mediante el cual los individuos adquieren conocimientos, habilidades y competencias que incrementan su productividad. Esta función conecta directamente con el análisis desarrollado en unidades anteriores, donde se ha mostrado que la educación mejora la capacidad de los individuos para desempeñar tareas complejas, adaptarse a cambios tecnológicos y generar valor económico. No obstante, en el contexto actual, esta función no puede limitarse a la transmisión de conocimientos técnicos, sino que debe incorporar el desarrollo de competencias transversales, como la capacidad de resolución de problemas, el pensamiento crítico o las habilidades sociales.
En este sentido, la literatura reciente ha subrayado la importancia de las competencias en la configuración de trayectorias laborales exitosas. Davila Quintana et al. (2014) muestran que determinadas competencias —especialmente aquellas relacionadas con el liderazgo, la comunicación y la capacidad de adaptación— desempeñan un papel clave en el acceso a posiciones de mayor responsabilidad en el mercado de trabajo. Esto refuerza la idea de que el output del sistema educativo no debe medirse únicamente en términos de conocimientos académicos, sino en función de un conjunto más amplio de capacidades relevantes para el empleo.
En segundo lugar, el sistema educativo cumple una función de socialización, al transmitir normas, valores y comportamientos que facilitan la integración de los individuos en el entorno laboral. A través de la experiencia educativa, los estudiantes adquieren hábitos como la puntualidad, la disciplina, el trabajo en equipo o la responsabilidad, que son valorados por los empleadores y que contribuyen al funcionamiento eficiente de las organizaciones. Esta función, aunque menos visible que la formación de capital humano, resulta fundamental para entender la relación entre educación y empleabilidad.
Una tercera función clave es la de clasificación o selección (screening). El sistema educativo actúa como un mecanismo que ordena a los individuos en función de sus capacidades y rendimiento, generando señales que son utilizadas por los empleadores en los procesos de contratación. Tal como se ha señalado en la Sección 1.5, las credenciales educativas pueden interpretarse como indicadores de productividad, incluso en contextos en los que la educación no incrementa directamente las habilidades. Esta función de señalización permite reducir la incertidumbre en el mercado de trabajo, aunque también puede contribuir a reforzar desigualdades si el acceso a determinados niveles educativos no es equitativo.
En estrecha relación con lo anterior, el sistema educativo desempeña una función de asignación o emparejamiento (matching) entre la oferta y la demanda de trabajo. A través de la diferenciación de niveles educativos, especialidades y competencias, el sistema contribuye a ubicar a los individuos en puestos de trabajo acordes con sus capacidades. Sin embargo, como se ha señalado en la sección anterior, este proceso dista de ser perfecto y puede dar lugar a desajustes entre formación y empleo. De Vries y Navarro (2011) documentan cómo, en determinados contextos, un número significativo de graduados acaba desempeñando trabajos que no requieren su nivel de cualificación, lo que pone de manifiesto las limitaciones del sistema educativo para garantizar un ajuste eficiente.
Asimismo, el sistema educativo contribuye a estructurar el mercado de trabajo al influir en la distribución de habilidades en la población. La expansión de la educación superior, por ejemplo, ha incrementado la oferta de trabajadores cualificados, lo que ha modificado la estructura ocupacional y ha generado nuevas dinámicas de competencia. Este proceso puede tener efectos tanto positivos —al aumentar la productividad— como negativos —al generar sobreeducación o inflación de credenciales—, lo que refuerza la necesidad de analizar las funciones del sistema educativo en un contexto dinámico.
En este sentido, la relación entre las funciones del sistema educativo y los resultados laborales es compleja y multidimensional. No se trata únicamente de si los individuos consiguen empleo, sino de la calidad de dicho empleo, su estabilidad, sus condiciones laborales y su adecuación a la formación recibida. Tal como se observa en la evidencia empírica, variables como el tipo de contrato, la duración del desempleo o el nivel salarial están estrechamente relacionadas con el nivel educativo, aunque con diferencias significativas según el contexto y las características individuales (Salas-Velasco, 2008).
¿Debe el sistema educativo centrarse en formar trabajadores “empleables” o en desarrollar ciudadanos con capacidades amplias, incluso si estas no tienen una aplicación inmediata en el mercado de trabajo?
Finalmente, cabe señalar que las funciones del sistema educativo no son neutrales desde el punto de vista social. Como han mostrado diversos estudios, la capacidad del sistema para cumplir estas funciones puede estar condicionada por factores como el origen socioeconómico, el género o el acceso a recursos educativos adicionales. Esto implica que el sistema educativo no solo asigna individuos al mercado de trabajo, sino que también puede contribuir a reproducir o mitigar desigualdades existentes.
5.3 El debate sobre la relación educación-trabajo
El análisis de las funciones del sistema educativo en el mercado laboral conduce de forma natural a uno de los debates más persistentes en la Economía de la Educación: el grado de adecuación entre la formación recibida y las demandas del mercado de trabajo. Este debate, de carácter estructural y recurrente, refleja tensiones inherentes entre los objetivos del sistema educativo —más amplios, formativos y sociales— y las necesidades específicas del sistema productivo, que son cambiantes y, en muchos casos, difíciles de anticipar.
Uno de los ejes centrales de esta discusión es la contraposición entre la teoría del capital humano y los enfoques basados en la señalización. Mientras que el enfoque del capital humano sostiene que la educación incrementa la productividad de los individuos y, por tanto, justifica sus mayores ingresos y mejores oportunidades laborales, los modelos de señalización argumentan que la educación actúa fundamentalmente como un mecanismo de filtrado que permite a los empleadores identificar a los individuos con mayor capacidad. Este debate, introducido en la Sección 1.5, adquiere aquí una dimensión aplicada, al plantear interrogantes sobre si el sistema educativo está generando realmente las habilidades que demanda el mercado o si, por el contrario, está produciendo credenciales que funcionan como señales en contextos de información imperfecta.
NOTICIA despidos en Capgemini
Una manifestación empírica de esta tensión es el fenómeno del desajuste educativo (mismatch), que puede adoptar diferentes formas. El desajuste vertical se produce cuando el nivel educativo de los trabajadores es superior o inferior al requerido por su puesto de trabajo, dando lugar a situaciones de sobreeducación o infraeducación. Por su parte, el desajuste horizontal hace referencia a la discrepancia entre el campo de estudio y la ocupación desempeñada. La evidencia empírica sugiere que estos fenómenos son relativamente frecuentes en economías avanzadas, especialmente en contextos de expansión de la educación superior. Salas-Velasco (2021) ofrece una cartografía detallada de estos desajustes en el mercado laboral de graduados, mostrando que una proporción significativa de titulados universitarios no trabaja en ocupaciones directamente relacionadas con su formación.
Este tipo de evidencia resulta especialmente útil para ilustrar que el desajuste no es unidireccional: junto a la sobreeducación, coexisten situaciones de escasez de determinadas competencias, lo que sugiere fallos en el proceso de emparejamiento entre oferta y demanda de trabajo.
Otro elemento clave en este debate es la creciente obsolescencia del conocimiento, derivada del rápido avance tecnológico. La aceleración de la innovación, especialmente en ámbitos como la digitalización o la inteligencia artificial, reduce la vida útil de las competencias adquiridas en el sistema educativo, lo que plantea la necesidad de mecanismos de actualización continua. Este fenómeno cuestiona el modelo tradicional de educación inicial como fase cerrada del ciclo vital y refuerza la importancia del aprendizaje a lo largo de la vida. La irrupción de la inteligencia artificial, en particular, está redefiniendo las habilidades demandadas en el mercado de trabajo, aumentando el valor de competencias como la creatividad, la capacidad analítica o la adaptabilidad.
Este contexto ha reavivado el debate sobre el tipo de educación que deben proporcionar los sistemas educativos. En particular, se plantea la disyuntiva entre formación específica y formación general. La educación específica, orientada a habilidades concretas, puede facilitar la inserción laboral a corto plazo, pero puede quedar obsoleta rápidamente en entornos cambiantes. Por el contrario, la educación general proporciona competencias más amplias y transferibles, que favorecen la adaptabilidad a lo largo del tiempo, aunque su conexión con el empleo puede ser menos directa. Este trade-off constituye uno de los dilemas centrales en el diseño de políticas educativas.
La transformación del mercado de trabajo también se manifiesta en fenómenos como la polarización del empleo, caracterizada por el crecimiento de ocupaciones de alta y baja cualificación y la reducción de empleos intermedios. Este proceso, vinculado al cambio tecnológico, tiene implicaciones directas para la demanda de educación, ya que incrementa la necesidad de habilidades complejas y reduce la relevancia de tareas rutinarias. En este contexto, la capacidad del sistema educativo para anticipar estas transformaciones resulta limitada, lo que refuerza la importancia de dotar a los individuos de competencias adaptativas.
Desde una perspectiva sociológica, el debate sobre la relación educación-trabajo también pone de relieve las desigualdades en las trayectorias laborales. Aunque la educación se presenta a menudo como un mecanismo de movilidad social, la evidencia muestra que su capacidad para igualar oportunidades es limitada. Reay (2021) cuestiona la narrativa meritocrática, argumentando que las estructuras sociales continúan condicionando las oportunidades laborales incluso entre individuos con niveles educativos similares. En la misma línea, Bathmaker (2021) destaca que los estudiantes de origen social menos favorecido enfrentan mayores dificultades en la transición al empleo, lo que sugiere que la educación no opera en un vacío, sino en interacción con otras formas de capital social y cultural.
Asimismo, el debate incluye la cuestión de la sobreeducación en niveles avanzados, como el doctorado. Park et al. (2018) documentan la existencia de sobreeducación entre doctores en el mercado laboral coreano, lo que pone de manifiesto que incluso niveles educativos muy elevados no garantizan una adecuada inserción laboral. Este tipo de evidencia refuerza la idea de que la expansión educativa, si no va acompañada de cambios en la estructura productiva, puede generar desequilibrios persistentes.
¿El problema actual del mercado de trabajo es una falta de formación adecuada o una falta de empleos adecuados para los niveles educativos existentes?
El debate sobre la relación entre educación y trabajo revela la complejidad de articular dos sistemas con lógicas y tiempos distintos. La educación responde a objetivos de largo plazo y a múltiples dimensiones del desarrollo humano, mientras que el mercado de trabajo está sujeto a cambios rápidos y a demandas específicas. Esta tensión estructural explica la persistencia de los desajustes y subraya la necesidad de enfoques flexibles que integren formación inicial, aprendizaje continuo y mecanismos de adaptación a las transformaciones económicas. Este marco permitirá, en la siguiente sección, analizar cómo se materializan estos procesos en los resultados observables del mercado de trabajo.
5.4 La situación del mercado de trabajo por niveles educativos
El análisis de la relación entre educación y trabajo culmina en la observación empírica de cómo se materializan estos vínculos en el mercado laboral. Tal como se ha argumentado en las secciones anteriores, la educación influye en la productividad, en las oportunidades de empleo y en la asignación de los individuos a distintas ocupaciones. Sin embargo, estos efectos no son homogéneos, sino que varían significativamente en función del nivel educativo, del campo de estudio y de las características del mercado de trabajo. En este sentido, el estudio de los resultados laborales permite evaluar hasta qué punto el sistema educativo cumple sus funciones y en qué medida se producen desajustes entre formación y empleo.
Uno de los indicadores más utilizados para analizar la situación del mercado laboral es la tasa de empleo. La evidencia internacional muestra de forma consistente que los niveles educativos más elevados están asociados con mayores tasas de empleo y menores tasas de desempleo. Esta relación refleja tanto el mayor capital humano acumulado por los individuos como su mayor capacidad de adaptación a las condiciones del mercado. En el caso europeo, por ejemplo, los datos muestran que los titulados superiores presentan tasas de empleo significativamente más altas que aquellos con niveles educativos bajos, así como una menor exposición a episodios de desempleo prolongado.
Este tipo de evidencia permite ilustrar no solo la relación entre educación y empleo, sino también su carácter dinámico, ya que el impacto del nivel educativo sobre el desempleo varía a lo largo del ciclo económico. En periodos de crisis, las diferencias entre grupos educativos tienden a ampliarse, lo que refuerza el papel de la educación como mecanismo de protección frente al riesgo laboral.
Además del acceso al empleo, resulta fundamental analizar la calidad del mismo, que incluye aspectos como el tipo de contrato, la estabilidad laboral, la duración de las jornadas o las condiciones de trabajo. La literatura muestra que los individuos con mayor nivel educativo no solo tienen más probabilidades de estar empleados, sino también de acceder a empleos de mayor calidad, con contratos más estables y mejores condiciones laborales. Tal como se recoge en Salas-Velasco (2008), la temporalidad y la precariedad afectan de manera desproporcionada a los trabajadores con menor nivel educativo, lo que contribuye a reproducir desigualdades económicas y sociales.
Otro indicador clave es el nivel salarial, estrechamente vinculado al análisis de los retornos a la educación desarrollado en la unidad anterior. En términos generales, los salarios aumentan con el nivel educativo, aunque con importantes variaciones según el campo de estudio y el contexto económico. Asimismo, la educación está asociada a una menor volatilidad de los ingresos y a una mayor estabilidad en las trayectorias laborales, lo que contribuye a reducir la incertidumbre económica.
Sin embargo, como se ha señalado en la Sección 5.3, la relación entre educación y empleo no está exenta de disfunciones. Uno de los fenómenos más relevantes es la sobreeducación, que se produce cuando los individuos ocupan puestos de trabajo que requieren un nivel de cualificación inferior al que poseen. Este fenómeno es especialmente frecuente entre jóvenes titulados y en contextos de expansión de la educación superior. Salas-Velasco (2021) muestra que el desajuste educativo afecta a una proporción significativa de graduados, lo que sugiere que el sistema educativo no siempre logra un ajuste eficiente con el mercado de trabajo.
En la misma línea, estudios como el de De Vries y Navarro (2011) evidencian que una parte de los egresados universitarios desempeña ocupaciones que no requieren su nivel de formación, lo que pone de manifiesto limitaciones en el proceso de emparejamiento entre educación y empleo. Este tipo de desajustes puede interpretarse tanto como un problema de exceso de oferta de titulados en determinados campos como de insuficiente demanda de empleo cualificado.
La coexistencia de sobreeducación y vacantes sin cubrir refleja la complejidad del mercado de trabajo y pone de relieve la existencia de desajustes cualitativos, más allá de los cuantitativos. Estos desajustes están relacionados con la falta de correspondencia entre las competencias adquiridas en el sistema educativo y las requeridas por las empresas, lo que refuerza la importancia de analizar no solo los niveles educativos, sino también las habilidades específicas.
Otro aspecto relevante es la transición desde la educación al empleo, especialmente en el caso de los jóvenes. La evidencia muestra que esta transición es cada vez más prolongada e incierta, con trayectorias caracterizadas por la alternancia entre empleo, desempleo y formación. Factores como la experiencia laboral previa, las prácticas durante los estudios o las redes de contactos desempeñan un papel clave en este proceso. Bathmaker (2021) destaca que estas transiciones están fuertemente condicionadas por el origen social, lo que implica que la educación no elimina completamente las desigualdades en el acceso al empleo.
Asimismo, la relación entre educación y empleo también se manifiesta en otros resultados, como la salud o la satisfacción laboral. Albert y Davia (2004) muestran que existe una relación positiva entre educación, salarios y salud, lo que sugiere que los beneficios de la educación se extienden más allá del ámbito estrictamente laboral. Estos resultados refuerzan la idea de que el mercado de trabajo no es el único canal a través del cual la educación genera bienestar, aunque sí es uno de los más visibles.
Si cada vez más personas acceden a la educación superior, ¿pierde valor relativo el título universitario en el mercado de trabajo?
Por último, la comparación internacional permite situar estos resultados en un contexto más amplio. Existen diferencias significativas entre países en términos de tasas de empleo, niveles salariales o calidad del empleo, lo que refleja la influencia de factores institucionales, como la regulación del mercado laboral o el diseño del sistema educativo. Estas diferencias ponen de manifiesto que la relación entre educación y trabajo no es universal, sino que depende del contexto en el que se desarrolla (más info aquí).
En conjunto, el análisis del mercado de trabajo por niveles educativos confirma que la educación sigue siendo un determinante clave de las oportunidades laborales, aunque su impacto es cada vez más heterogéneo. La coexistencia de altos niveles de formación con fenómenos de desajuste y precariedad plantea desafíos importantes para los sistemas educativos y para las políticas públicas, que deben adaptarse a un entorno caracterizado por la incertidumbre y el cambio constante.

