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La rama rica, viajera y trágica de la familia — y la que acabó llegando hasta Honduras.
Walter Morris Martin (Portsea, 1852 – Bétera, 1905) se llevaba fatal con su madrastra, Mary Ann Bignell, y se marchó de casa: primero a Sudáfrica, con minas, y luego a México, también por las minas. Allí, con 37 años, se casó con Emilia Cooley Acosta, de 17 — hija de Thomas Cooley, de Ohio, y de la mexicana Ana María Acosta. Los padres de ella no querían la boda «porque se la llevaría a España y no la verían más». Tuvieron los tres primeros hijos antes de casarse; el acta matrimonial de cinco páginas, con una letra endiablada «del siglo XVI», legalizó la situación justo antes de embarcar hacia Valencia. El topónimo que en 2019 nadie conseguía descifrar en los registros — ¿«Redilo»? ¿«Ladura»? — era La Dura, Sonora, el pueblo minero donde se casaron.
De su etapa americana quedó la leyenda familiar: «estaba como una cabra: cruzó el desierto de Sonora en carreta con los chiquillos y la mujer embarazada». Y quedó una foto que Matilde recordaba de memoria — «el bisabuelo sentado en una silla con 2 ó 3 niños alrededor y detrás se ven los sacos de mineral; en el reverso alguien escribió “El papá en la mina con Walterín…”» — hasta que Luz la encontró y la subió al grupo:
«Walter Morris Martin en la
mina con sus hijos Walter, Emilia y Rosa — ¡la encontré!»
En Valencia su padre le montó una fábrica de conservas — probablemente el origen del nombre de la calle Conserva, junto a la avenida del Puerto — «a ver si sentaba la cabeza». El negocio acabó constituido como sociedad inglesa, «The Morris Preserves Exportation Company Limited»: todavía en el BOE de 4 de agosto de 1941 se fijaba su cifra de negocios en España del trienio 1932–1934. Los bautizos del Grao registran a los hijos valencianos: Adelina (1895), Elena (1897), Luis (1898)… — y de los nacidos en México, el acta de nacimiento de Emilia Morris Cooley apareció en 2020. Con su amigo Paco La Roda construyó en Bétera Villa Rosita (la «Villa Morris» que estudia un póster de la UPV), la masía familiar. En 1905 un socio lo estafó, se arruinó y se quitó la vida de un tiro en la masía. Su viuda murió años después — decían que «cantando México lindo» en la caserona.
La tumba de Walter Morris (1852–1905) en el cementerio
británico.
El bautizo de Adelina Morris
Cooley (1895), hija de Walter y Emilia, en el registro del
Grao.
El póster académico sobre
«Villa Morris» (Bétera, 1898).
La masía siguió viva tres generaciones. «Cuando éramos pequeños íbamos ahí todos los domingos de verano a misa — avisaban con tres toques de campana y acudíamos todos los de las masías de alrededor», contaba Matilde: Villa Rosita era entonces «Casa Iborra», allí aprendió a montar en bici sin ruedines y hasta hubo una olimpiada infantil con prueba de natación en la balsa. «Tres generaciones jugaron en las barraquitas» — el padre de Luz jugó en ellas con sus primos, y «cuando contaba la historia se ponía muy contento».
En el Cementerio General de Valencia, un panteón «más grande que el de muchos marqueses», obra de un arquitecto famoso de la época, guarda a 27 personas — sin un solo nombre en la lápida. Entre ellos, Walter Morris Cooley, que murió en París el 25 de diciembre de 1935 y viajó de vuelta embalsamado, como exigía el traslado (el «embalsamado inglés» dio para mucho misterio en el grupo de Facebook hasta que su nieta Matilde aclaró la historia).

Las esquelas de la prensa de Madrid fechan a la generación siguiente: Walter Morris La Roda murió el 25 de enero de 1979, y su madre Vicenta La Roda Ferrer, «viuda de Morris», exactamente dos años después, el 25 de enero de 1981.
No todos los hermanos están en el panteón. Elena Morris Cooley — la única hermana enterrada fuera — descansa en el cementerio de la Almudena de Madrid junto a su marido (22-12-1896 – 27-04-1970): el propio cementerio lo confirmó por escrito en 2024, tras años de gestiones de Luz.
La tumba de Elena Morris
Cooley y su marido en la Almudena.
Y de Andrés Morris Cooley solo se sabe que murió en Reus, en plena guerra: «entró el otro bando al hospital donde estaba Andrés y los doctores y enfermeros salieron corriendo y dejaron a los enfermos atrás», contó Luz — la abuela no se enteró hasta un año después, y quizá acabara en una fosa común. «Nos dijo que si algún día lo encontramos de milagro, que lo entierren con ella.» La búsqueda, Find a Grave incluido, sigue abierta.
La familia tuvo fincas enteras en el centro de Valencia (Rosa Morris enseñaba, indignada, la foto de la que derribaron «para hacer una moderna») y las crónicas de sociedad de Las Provincias los retratan en un lenguaje «cursi de narices» que hizo las delicias de las investigadoras.
La rama que llegó a Honduras arranca de otro hijo de Walter: un Morris nacido en Inglaterra, escritor — «el escritor hijo del suicida», que se instaló en España en los años veinte — casado con la maestra Soledad Bermúdez (la esquela de Vicenta La Roda la nombra «hermana política», lo que sella el parentesco). Sus hijos:
La portada de «Lecturas» de 1974: la muerte del actor Luis
Morris.
Andrés casó con la escritora hondureña Luz Laínez, y sus hijos — Luz, Antonio y Luis Morris Laínez — protagonizaron el reencuentro familiar de 2019: Luz y Antonio, encantadores y colaboradores; Luis, el que en 2017 había telefoneado a Mari Carmen prometiendo documentos que nunca llegaron, resultó ser un personaje: «ciudadano inglés» autoproclamado (con un octavo de sangre inglesa), economista y matemático, Leo y tigre en el horóscopo chino, desconfiado de todo aquel que no se apellidara Morris. «Entre nosotras: lo veo patológico.»
El test de ADN de Luz confirmó el parentesco con Mari Carmen: antepasado común — Henry Morris — a 4,5 generaciones.
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