La paradoja nórdica: ni siquiera los países más igualitarios del mundo logran reducir la violencia contra las mujeres

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  • 2 julio de 2026
 
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Enrique Gracia, Universitat de València

 

Casi una de cada tres mujeres de la UE ha sufrido violencia física, amenazas o violencia sexual desde los 15 años. Esto equivale aproximadamente a 50 millones de mujeres. Esta es la conclusión de la última encuesta de la UE sobre violencia de género, basada en entrevistas a más de 114.000 mujeres.

Lo que hace alarmante esta cifra no es sólo su magnitud, sino también su persistencia. Diez años antes, la primera encuesta a nivel de la UE ya había detectado el mismo patrón. Tal y como ha afirmado el director de la Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea: «Una década después, seguimos presenciando los mismos niveles alarmantes de violencia».

En un artículo reciente publicado en Nature Communications, analicé si el objetivo 5.2 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas, que pretende eliminar todas las formas de violencia contra las mujeres y las niñas antes de 2030, es realista.

La respuesta, por incómoda que sea, es que no: ni antes del 2030 ni al ritmo actual.

 

Un problema que se agrava

Las estadísticas de la UE coinciden plenamente con lo que se observa a nivel mundial. La Organización Mundial de la Salud describe la violencia contra las mujeres como un problema de salud pública de "proporciones pandémicas". Sus estimaciones más recientes, publicadas en 2025, indican que el 30,4% de las mujeres de todo el mundo (aproximadamente 840 millones) han sufrido violencia física o sexual a lo largo de su vida.

Estas cifras se han mantenido prácticamente inalteradas durante más de dos décadas. La OMS considera que las recientes reducciones han sido mínimas, demasiado lentas y claramente insuficientes. Es posible que incluso estos datos infravaloren la dimensión real del problema, ya que muchas mujeres no denuncian la violencia sufrida en las encuestas y algunas formas de maltrato (como la violencia psicológica, el control coercitivo, el maltrato económico o el acoso online) apenas quedan reflejadas en las estadísticas generales.

 

La paradoja nórdica

Quizás el resultado más sorprendente es el lugar donde se registran los niveles más elevados de violencia. En la encuesta de la UE de 2024, la prevalencia era del 57% en Finlandia, del 52% en Suecia y del 47% en Dinamarca, en todos los casos muy por encima de la media de la UE, situada en el 30,7%. Estos países figuran entre los más desarrollados del mundo y ocupan sistemáticamente los primeros puestos en las clasificaciones mundiales de igualdad de género.

Este patrón, conocido a menudo como la “paradoja nórdica”, cuestiona una creencia generalizada: que el desarrollo económico y la igualdad de género conducirán, por sí mismos, a una reducción de la violencia. Estos avances son imprescindibles, pero es evidente que, por sí solos, no bastan para prevenirla.

Si las sociedades más avanzadas e igualitarias del mundo no son capaces de reducir la violencia contra las mujeres, ¿qué perspectivas existen para el resto?

 

Las mujeres jóvenes son más vulnerables

En la UE, las mujeres entre 18 y 29 años declaran niveles de violencia superiores a la media general. Esta tendencia ya era visible hace una década y no ha mejorado. Las generaciones más jóvenes han crecido en un entorno con mayor debate público sobre la igualdad de género y con más campañas de sensibilización que cualquier generación anterior.

Si las medidas de prevención actuales estuvieran funcionando, deberíamos observar una reducción clara de los casos. Sin embargo, los datos no muestran que así sea.

Al mismo tiempo, la violencia en sí misma está cambiando. La tecnología digital ha abierto nuevas vías para el acoso, control y humillación: acoso online, amenazas en las redes sociales, sextorsión, difusión de imágenes íntimas sin consentimiento y deepfakes sexuales generados mediante inteligencia artificial. Aunque estas herramientas no provocan directamente violencia física, facilitan los malos tratos, dificultan que las víctimas se liberan y permiten que se propagan con mayor rapidez.

 

El conocimiento existe, pero las respuestas son insuficientes

La realidad de la violencia contra las mujeres es profundamente preocupante. Pero ser realistas no significa resignarse. Por el contrario, la persistencia y la magnitud del problema exigen una respuesta mucho más ambiciosa.

Los datos no demuestran que haya fracasado el objetivo de eliminar todas las formas de violencia contra las mujeres y las niñas antes de 2030 (el Objetivo 5.2 de la ONU), aunque sea imposible de conseguir. Lo que revelan es la enorme distancia entre la ambición de ese objetivo y el alcance, la intensidad y la coherencia de los esfuerzos actuales para hacerlo realidad.

Además, disponemos de herramientas para afrontar este reto. Las investigaciones desarrolladas en la última década han identificado estrategias preventivas con efectos demostrados en la reducción de la violencia. El marco de acción RESPECT Women de la OMS, actualizado recientemente a partir de revisiones sistemáticas de alcance mundial, agrupa a este conjunto de evidencias científicas en siete estrategias interconectadas. Éstas incluyen desde el empoderamiento de las mujeres y la transformación de las normas de género nocivas hasta el refuerzo de los servicios destinados a las supervivientes y la reducción de la pobreza.

El marco evalúa los resultados disponibles de forma diferenciada para los países de renta alta y para los de renta baja y media. Este rasgo estructural es revelador por sí mismo, puesto que pone de manifiesto hasta qué punto la investigación en materia de prevención se ha desarrollado de manera desigual según los diferentes contextos.

Pero ninguna estrategia, por sí sola, es suficiente. Una eficaz prevención exige combinar intervenciones a los niveles individual, comunitario y social. Y el criterio definitivo, tal y como subraya la iniciativa RESPECT, es comprobar si estas actuaciones producen reducciones cuantificables de la prevalencia de la violencia entre la población. Según este criterio, es evidente que los esfuerzos actuales no son suficientes.

El problema es que las herramientas que han demostrado su eficacia no se están aplicando con la escala ni la continuidad necesarias. Se lanzan campañas pero no se mantienen en el tiempo. Se aprueban leyes, pero no se financian adecuadamente ni se hacen cumplir de forma efectiva. El principal obstáculo no es la falta de conocimiento, sino la persistencia de una brecha entre los compromisos y la acción, así como entre los recursos disponibles, la voluntad política y los mecanismos de rendición de cuentas necesarios para garantizar que estos recursos se utilicen.

 

Una crisis de proporciones pandémicas

Es posible que el plazo de 2030 ya sea inalcanzable, pero esto no significa que se tenga que abandonar el objetivo. Un problema que afecta a millones de mujeres no puede seguir tratándose como una cuestión secundaria dentro de las políticas públicas.

Cuando el mundo se enfrenta a otras grandes emergencias sanitarias, moviliza a la ciencia, la financiación y la cooperación internacional. La violencia contra las mujeres requiere una ambición comparable: inversiones a largo plazo, datos más sólidos y rendición de cuentas frente a la ciudadanía.

Lo que demuestra la paradoja nórdica es que la violencia contra las mujeres no va a desaparecer automáticamente a medida que las sociedades se hagan más ricas o más igualitarias. Serán necesarias actuaciones deliberadas, sostenidas y evaluables, apoyadas por una voluntad política y unos mecanismos de responsabilidad que estén a la altura de la magnitud de la crisis. La promesa de eliminar la violencia contra las mujeres debe dejar de ser una aspiración para convertirse en una realidad.

 

Enrique Gracia, Full Professor of Social Psychology, Universitat de València

 

Este artículo se publicó originalmente en The Conversation. Lea el original.