La diplomacia de los eclipses

El catedrático de la Universitat de València Pedro Ruiz-Castell repasa la historia del fenómeno astronómico del que la Humanidad volverá a ser testigo el próximo 12 de agosto y que en los siglos XIX y XX sirvió para tender puentes políticos entre las naciones.
Un eclipse total de Sol no es solo un espectáculo natural: es, desde el siglo XIX, una oportunidad única para estudiar la corona solar en los breves minutos en que el disco solar queda oculto, lo que, a su vez, ha servido para establecer colaboraciones científicas mundiales y tender puentes políticos entre las naciones. El próximo 12 de agosto, un nuevo eclipse volverá a atraer telescopios y miradas hacia el cielo. Pedro Ruiz-Castell, catedrático de Historia de la Ciencia en la Universitat de València, lleva años investigando el papel que jugaron los eclipses anteriores en ese proceso.
Durante la Guerra Civil y la II Guerra Mundial, España atravesó “un periodo en el que las comunicaciones internacionales dejaron de ser tan fluidas como en tiempos de paz”. Cuando la comunidad científica internacional intentó reactivar sus proyectos, España se encontró en una posición “incómoda” porque “no era bien vista por buena parte de los gobiernos democráticos occidentales, contrarios a un régimen dictatorial que había sido aliado del nazismo y el fascismo”, apunta el investigador.
Fue en ese contexto, cuando la ciencia –y en particular la astronomía– se convirtió en un instrumento de lo que él llama “diplomacia científica”, en particular un canal para mantener contactos internacionales cuando la vía política está cerrada. No es casual, añade, que fuera esta disciplina la elegida, ya que “depende en gran medida de observaciones globales, en un ámbito mucho más amplio que el estrictamente nacional”.
Los eclipses llevaban ya un siglo entero generando ciencia y cooperación internacional. Ruiz-Castell recuerda que desde la segunda mitad del siglo XIX “se generó toda una cultura expedicionaria para observarlos, con proyectos transnacionales y cooperativos” en los que se consensuaban de antemano los aspectos a estudiar.
La famosa fotografía de 1860 tiene firma valenciana
España entró de lleno en esta historia en 1860, cuando una expedición científica italiana liderada por Angelo Secchi observó el eclipse en el Desierto de las Palmas, en Castellón, y tomó unas fotografías de la corona de gran repercusión; su autor material fue un catedrático de química de la Universitat de València, José Montserrat i Riutort.
Por su parte, en el eclipse de 1868 se descubrió por primera vez una línea espectral no identificada hasta entonces en la Tierra: la del helio. Buena parte de la innovación técnica de aquellas décadas, subraya Ruiz-Castell, “no vino de los astrónomos profesionales, sino de los grandes aficionados”. Es decir, gente con recursos, con tiempo y con dinero para ir más allá del cálculo de efemérides.
Los eclipses de 1900 y 1905: el telescopio que llegó a València
La sombra de totalidad volvió a pasar por España en 1900 y 1905, justo después del desastre colonial de 1898, en un contexto marcado por el discurso regeneracionista y la necesidad de “abrirse a Europa y despertar nuevas vocaciones científicas”.
Aquellos dos eclipses trajeron, entre otros, a Camille Flammarion, uno de los grandes divulgadores de la astronomía, y a Pierre Jules Janssen, descubridor del helio en 1868, y supusieron, según Ruiz-Castell, “un punto de inflexión para el desarrollo de la disciplina en la España de principios del siglo XX: nuevas técnicas, más apoyo institucional y la creación de nuevos observatorios astronómicos”.
La Universitat de València documenta hoy aquel episodio en el mapa interactivo ‘Un mundo de eclipses’ de la Sociedad Española de Astronomía y recuerda, a través de la astrónoma de la UV Amèlia Ortiz, que el artista valenciano Francisco Pallás i Puig diseñó en bronce una moneda conmemorativa del eclipse de 1900, homenaje a Flammarion, que observó el fenómeno desde el Huerto del Cura, en Elche, y “probablemente” le fue entregada en una cena celebrada en su honor en el Jardí Botànic de la Universitat.
Y no era para menos, pues, de acuerdo con Ruiz-Castell, aquella observación no se redujo a un instante concreto, sino que abrió un “periodo que actuó como palanca de cambio”. Lo mismo ocurrió después con los eclipses de 1952, 1954 y 1959, empleados como herramientas para conseguir un cambio de actitud de la comunidad internacional hacia España.
Esa efervescencia dejó también una huella muy concreta en tierras valencianas, a través de los hermanos Tarazona. Antonio Tarazona, astrónomo en Madrid, calculó el mapa de la sombra de totalidad del eclipse de 1905; su hermano menor, Ignacio Tarazona, doctor en Ciencias Exactas por la Universitat de València, le acompañó en la expedición de 1900 a Plasencia y sería después catedrático de Cosmografía de la Universitat de Barcelona. “Las relaciones que tuvo Ignacio Tarazona en el eclipse de 1900 fueron muy valiosas para acabar instalando los observatorios de las universidades de Barcelona y València”, resume Ruiz-Castell.
El observatorio valenciano se creó en 1910 con un telescopio ecuatorial de la prestigiosa firma irlandesa Grubb —el mismo tipo que había encargado el Observatorio de Madrid en 1900 para observar el eclipse de ese año— instalado en el edificio histórico de la calle de la Nau, donde entonces se cursaban los estudios de Ciencias. Tras un incendio en 1932, el telescopio se trasladó a la actual sede del Rectorado.
1952, 1954 y 1959: la Guinea Española, Suecia y Canarias
El primer gran episodio de la posguerra llegó en 1952, cuando la sombra de totalidad de un eclipse solar atravesó la Guinea Española. “Fue percibido como una obligación nacional el movilizar la colonia española y enviar astrónomos allí para que observaran y pudieran hacer ver a la comunidad científica que había capacidad de movilizar aquellos territorios”, sostiene Ruiz-Castell, en un momento de fuerte descolonización mundial. El historiador añade una lectura crítica que forma parte de su investigación actual, desde una perspectiva poscolonial y de estudios coloniales, sobre cómo aquella expedición pudo apoyarse también en el trabajo coercitivo de los habitantes del territorio.
El siguiente hito no llegó con un eclipse en suelo español, sino con la exportación de conocimiento. El astrónomo José María Torroja había desarrollado un método propio de determinación precisa de los contactos de un eclipse, que había puesto a prueba en 1952 y desarrolló en 1954 durante una expedición a Suecia, en la isla de Sydkoster, siendo reconocido por la literatura científica internacional.
El tercer gran episodio llegó en 1959, cuando la sombra de totalidad recorrió las islas Canarias y el entonces Sáhara español, con una movilización mucho mayor y el respaldo explícito de la Unión Astronómica Internacional. Un episodio que cristalizó en la creación del Observatorio Astronómico del Teide. La cooperación en esta institución, recuerda Ruiz-Castell, no fue simétrica, sino que “los investigadores extranjeros tuvieron una influencia muy importante a la hora de determinar cómo se desarrollaba la astronomía y la astrofísica del país”.
¿Qué cabe esperar hoy de un ciclo parecido, con tres eclipses observables en tres años consecutivos? Ruiz-Castell es prudente: “Sin perspectiva histórica –dice– es muy difícil valorarlo”. Pero apunta un cambio de fondo: “La astronomía española está hoy perfectamente integrada, y observatorios como el del Teide sitúan a la astronomía y la astrofísica españolas en primera línea internacional”.






















