
Antes de trazar cualquier línea, escucho. Me interesa el espacio público como interlocutor: algo que tiene memoria, tensiones, preguntas sin resolver. Mi trabajo empieza ahí, en ese encuentro.
Lo verdaderamente difícil es formular las preguntas exactas que ese encuentro genera. Las respuestas llegan después y, como resultado, la materialización de la obra. Mi propósito es comprender por qué es allí necesaria una obra de mayor o menor magnitud: si debe someterse a otros elementos del entorno o si, por el contrario, los cuestiona; si reconsidera el espacio o lo reconquista; si debe sustraerse al contexto y generar su propia densidad. Preguntas que se acumulan, que se contradicen, que sedimentan.
En ese magma voy resolviendo propuestas que oscilan entre la escultura monumental, el muralismo y la performance. Registros distintos que el espacio mismo convoca y que comparten, sin embargo, una misma tensión de fondo: la que existe entre lo poético y lo político.
La poética es el modo en que la obra construye una experiencia sensible capaz de atravesar la defensa del espectador, de llegar donde el argumento solo roza. Pero esa apertura tiene su propia carga: cada vez con más claridad, mis intervenciones se vinculan a una intención política y social que convive con lo poético y, al mismo tiempo, lo necesita. Así la poesía es la forma de decir lo que el discurso apenas alcanza. Y la política, la razón por la que todavía merece la pena intentarlo.








