
El Segundo taller de investigación en historia y filosofía de la ciencia reunió en el IILP-UV a diferentes investigadores para reflexionar sobre el resultado de tesis doctorales relacionadas con la muerte, el cuerpo y la construcción del conocimiento científico desde perspectivas filosóficas, históricas y epistemológicas. Las intervenciones de Berta Peñasco, Laura Guinot Ferri y Mariano Martín mostraron como conceptos estables (como “muerte” o teorías médicas) han sido históricamente redefinidos a partir de los avances científicos, las transformaciones socioculturales y los marcos interpretativos desde donde se analizan.
Berta Peñasco empezó con su comunicación ¿Puede respirar un cadáver? El problema filosófico de la conceptualización de la muerte ante los avances médicos de la cirugía de trasplante. A partir de la pregunta provocadora del título, la investigadora abordó las tensiones filosóficas, médicas y jurídicas que aparecen del desarrollo de la ventilación mecánica, la reanimación cardiopulmonar (RCP) y la cirugía de trasplantes. Se diferenció entre el nivel ontológico de la muerte (qué es morir) y nivel médico-jurídico (cuando se considera oficialmente muerta una persona), teniendo en cuenta la influencia de los avances tecnológicos entre ambos conceptos.
Peñasco explicó cómo, hasta mediados del siglo XX, la muerte se identificaba de manera indiscutible con el paro cardiaco irreversible y los fenómenos cadavéricos. Aun así, la aparición de técnicas de reanimación y apoyo vital transformó esta concepción, puesto que permitía mantener órganos vivos y oxigenados en pacientes sin actividad cerebral. La comunicación destacó el papel del Comité de Harvard de 1968 en que se formuló la definición de “muerte encefálica”. La investigadora concretó que esta definición se hizo en un contexto clave: justo un año después de la consolidación de los trasplantes de órganos y, consecuentemente, respondía a criterios médicos pero también a la necesidad práctica de obtener órganos viables para el trasplante.
A continuación, analizó la “regla del donante cadáver”, principio ético según el cual la extracción de órganos sólo puede producirse después de certificar la muerte del donante de órganos. A partir de aquí, se abordaron las problemáticas de la donación en asistolia y los márgenes de incertidumbre que existen entre el inicio del proceso de muerte y el punto de no retorno biológico. Para acabar, se expusieron varios casos prácticos de casos clínicos de pacientes reanimados después de largos periodos sin actividad cardíaca. En conclusión, se evidenció que la frontera entre vida y muerte continúa siendo una “zona gris” sometida a convenciones médicas, tecnológicas y jurídicas.
La segunda intervención fue a cargo de Laura Guinot Ferri. Su trabajo Escenas de muerte barroca: reflexiones desde una perspectiva histórico-médica analiza las representaciones de la muerte en la cultura barroca entre los siglos XVI y XVIII y la relación entre espiritualidad, arte y desarrollo médico, desde una perspectiva histórica. Guinot contextualizó la muerte barroca dentro de una sociedad marcada por la tradición católica, los discursos de la contrarreforma y la importancia del trato al cuerpo muerto.
La comunicación mostró como elementos como las Vanitas, los Memento mori o las representaciones artísticas del sufrimiento funcionaban como recordatorio de la fugacidad de la vida y de la necesidad de preparar espiritualmente la muerte. A través de numerosos ejemplos visuales, la historiadora destacó especialmente los retratos mortuorios de monjas coronadas, muy frecuentes en los territorios americanos que estaban bajo el poder de la monarquía española. Estas representaciones se caracterizan por un notable realismo corporal que convertían el cadáver en un elemento de devoción, memoria y construcción simbólicos de la santidad.
Además, se abordó el desarrollo de la anatomía moderna y la proliferación de disecciones anatómicas durante la época moderna. Guinot Ferri explicó cómo los teatros anatómicos universitarios y los estudios transformaron la percepción del cuerpo humano y consolidaron una aproximación más empírica al conocimiento médico. La investigadora destacó el caso de los cuerpos incorruptos de santos y religiosas, interpretados como un punto de confluencia entre religión y ciencia. Los exámenes anatómicos practicados sobre estos cuerpos pretendían determinar si su conservación respondía a causas naturales o sobrenaturales, es decir, los médicos y cirujanos tenían una autoridad fundamental dentro de los procesos de validación de la santidad.
En la última comunicación, Mariano Martín presentó la ponencia Narrativas históricas y falsos desacuerdos en la investigación del cáncer, centrada en las relaciones entre historiografía, filosofía de la ciencia y biología del cáncer. El profesor analizó dos de las principales teorías sobre el origen del cáncer (la Somatic Mutation, SMT, y la Tissue Organization Field Theory, TOFT) que se han representado siempre como paradigmas radicalmente opuestos. Por un lado, la primera sitúa el origen del cáncer en mutaciones genéticas de las células, por la otra, la segunda atribuye el desarrollo de tumores a alteraciones en la organización y regulación de los tejidos.
Martín argumentó que esta oposición es el resultado de una construcción historiográfica influida por marcos interpretativos objetivistas y por determinados supuestos filosóficos. La historiografía ha tendido a reificar estas teorías, es decir, a convertirlas retrospectivamente en bloques coherentes y separados. A través de un recorrido histórico por la investigación oncológica de los siglos XIX y XX, mostró que muchas líneas de trabajo comparten conceptos y metodologías, hecho que desmiente la existencia de dos paradigmas actualmente considerados diferentes entre sí.
La comunicación insistió en que estas narrativas historiográficas tienen consecuencias directas sobre la práctica científica oncológica contemporánea, puesto que pueden dificultar el diálogo entre investigadores y limitar la integración de perspectivas complementarias. En resumidas cuentas, Martín defendió la necesidad de abandonar visiones polarizadas y adoptar marcos más flexibles que permiten entender la investigación del cáncer como un campo mucho más interconexionado del que habitualmente se presenta.
Borja Puchol Forés, estudiante de prácticas extracurriculares del Máster Interuniversitario de Historia y Comunicación de la Ciencia






