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Crónica del Workshop «Cuerpo, género y discurso: narraciones alternativas de la salud y la enfermedad en la Edad Moderna»

  • 2 julio de 2026
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El Salón de Actos del Instituto Interuniversitario López Piñero-UV acogió el jueves 25 de junio el workshop «Cuerpo, género y discurso: narraciones alternativas de la salud y la enfermedad en la Edad Moderna», una jornada organizada por Laura Guinot Ferri, profesora de historia de la ciencia en la UV y Mariluz López Terrada, investigadora de INGENIO, centro mixto del CSIC y la Universitat Politècnica de València. Durante todo el día, especialistas procedentes de diferentes disciplinas e instituciones analizaron cómo monjas, clérigos, mujeres embarazadas, personas esclavizadas, boticarios, pacientes y públicos teatrales narraron, interpretaron y afrontaron el sufrimiento entre los siglos XVI y XVIII.

La historia de la salud y la enfermedad no puede reconstruirse únicamente a partir de las opiniones de los médicos, los tratados especializados o las instituciones asistenciales. También deben tenerse en cuenta las palabras, los gestos, las emociones y las estrategias cotidianas de las personas que experimentaron la enfermedad en su propio cuerpo. Los sujetos enfermos deben interpretarse también como actores con capacidad para comprender sus padecimientos, tomar decisiones y producir saberes. Al mismo tiempo, la perspectiva de género permitió preguntarse cómo las ideas sobre la masculinidad y la feminidad definieron las formas de describir el cuerpo, la salud y las emociones.

La voz de los pacientes en la investigación actual

David Barberá, investigador de INGENIO y miembro de la Red de Enfermedades Raras del CSIC, abrió la jornada con una reflexión sobre el desajuste entre las prioridades de la investigación biomédica y las necesidades reales de las personas afectadas. Este problema es especialmente relevante en las enfermedades raras, caracterizadas por la falta de diagnósticos, tratamientos y líneas de investigación suficientes.

Su intervención presentó unos talleres participativos en los que pacientes, familiares y cuidadores proponen y votan las preguntas científicas que consideran más urgentes. El resultado es un documento que las asociaciones pueden utilizar para dialogar con investigadores e instituciones, pero el valor del proceso reside también en la capacidad de las comunidades para ordenar y expresar colectivamente sus necesidades.

Barberá explicó cómo esta participación puede incorporarse desde las primeras fases del desarrollo de nuevas tecnologías médicas. Pacientes, cuidadores, personal de enfermería y médicos pueden valorar aspectos como el confort, la seguridad, la usabilidad o el impacto de los tratamientos en la vida cotidiana, evitando que su voz solo sea escuchada cuando la tecnología ya está terminada.

Maternidad y encarcelamiento inquisitorial

Carolin Schmitz, del King’s College London, analizó las experiencias de dos mujeres que criaron a sus hijos mientras estaban encarceladas por la Inquisición. La comunicación mostró cómo la lactancia, el embarazo, la pobreza, el dolor y los cuidados infantiles consiguieron aparecer en unos expedientes judiciales creados inicialmente para investigar otras cuestiones.

El primer caso fue el de una curandera sarda procesada a finales del siglo XVI. Durante su encarcelamiento solicitó varias audiencias para denunciar que dormía en el suelo con su hijo, que no disponía de recursos suficientes y que la separación inicial le había provocado un intenso dolor en los pechos. Cuando volvió a quedarse embarazada, su estado corporal llegó a condicionar los interrogatorios y su capacidad para declarar.

El caso de una mujer negra procesada en Canarias era menos visible en la documentación. La presencia de su hijo aparecía en unas cartas sobre los gastos de manutención y en una disputa sobre su condición de mujer libre o esclavizada. Por tanto, los dos casos evidenciaron que la maternidad formaba parte de la experiencia del encarcelamiento, aunque el archivo la registrara de maneras muy desiguales.

Mortificación, cuidados y masculinidad religiosa

Stefano Tomassetti, de la Università del Molise, estudió la representación del cuerpo masculino en las hagiografías de los miembros del Oratorio de San Felipe Neri. Las fuentes describían a religiosos que reducían las horas de sueño, dormían en camas incómodas, practicaban ayunos o eliminaban deliberadamente el sabor de los alimentos como ejercicios de mortificación y control corporal.

Esta falta de cuidado del propio cuerpo contrastaba con la atención dedicada a los demás. Las biografías elogiaban a los religiosos que alimentaban a los enfermos, limpiaban las habitaciones, mantenían su higiene o los animaban durante sus enfermedades. En una comunidad exclusivamente masculina, los hombres asumían así tareas de cuidado que, en otros espacios domésticos, solían atribuirse a las mujeres.

La relación con la medicina era ambivalente. El Oratorio disponía de médicos, cirujanos, boticarios y enfermeros, pero las narraciones podían presentar el saber médico como insuficiente ante las curaciones milagrosas. El cuerpo solo adquiría valor cuando servía para demostrar virtudes como la obediencia, la humildad, la caridad o la paciencia ante el dolor.

El boticario que escribía para demostrar que no estaba loco

Mariluz López Terrada presentó el caso de Francisco de Villegas, un boticario madrileño que, a mediados del siglo XVII, acusó a su esposa y a una tía de esta de haberlo hechizado. La fuente principal es un conjunto de cerca de treinta cartas que él mismo envió a la Inquisición para explicar sus padecimientos, defender su lucidez y pedir justicia.

La correspondencia permite acercarse directamente a la subjetividad del enfermo, sin la mediación de un escribano o de un familiar. Villegas interpretaba sus problemas físicos, emocionales, matrimoniales y económicos mediante el lenguaje de la hechicería. Sin embargo, la insistencia de las cartas y su progresiva desestabilización parecían reforzar ante el tribunal la sospecha de que se trataba de un caso de locura.

La comunicación mostró que la enfermedad mental no puede analizarse mediante categorías actuales trasladadas directamente al pasado. Melancolía, hechicería, posesión, conflicto doméstico y enfermedad podían funcionar como explicaciones superpuestas. Escribir era, para Villegas, una manera de intentar recuperar la credibilidad y el control de su vida.

Teresa de Ávila, de la confesión a la prueba pública

Margaret Boyle, del Bowdoin College, analizó cómo el sufrimiento corporal y la santidad de Teresa de Ávila se construyeron mediante lenguajes médicos, confesionales, jurídicos y teatrales. En la Vida, Teresa describía desmayos, parálisis, dolor, debilidad y episodios próximos a la muerte, convirtiendo su cuerpo en una experiencia que debía resultar creíble ante confesores y lectores.

Boyle comparó esta autobiografía con las obras teatrales representadas en torno a la canonización. En estas piezas, el padre, los médicos, los confesores, los jueces celestiales y el público observaban y examinaban el cuerpo de Teresa. El escenario enseñaba a diagnosticar, juzgar y verificar su santidad, especialmente después de la muerte, cuando el cuerpo y el olor atribuido a sus restos se convertían en pruebas públicas.

Desde los estudios de la discapacidad, la investigadora advirtió que el dolor no debería considerarse únicamente una fuente de inspiración o una prueba de virtud. El caso también revela cómo las instituciones clasifican y administran los cuerpos vulnerables. Las adaptaciones contemporáneas de Teresa muestran que cada época vuelve a interpretar su enfermedad y su santidad según las preocupaciones del presente.

Saberes médicos en un convento mallorquín

Laura Guinot Ferri presentó una investigación en curso sobre el proceso de canonización de santa Catalina Tomás, religiosa del monasterio de Santa María Magdalena de Palma. La fama de sus éxtasis, las curaciones atribuidas a su intercesión y la consideración de su cuerpo como incorrupto contribuyeron a consolidar su culto durante el siglo XVII.

Los procesos de canonización permiten estudiar cómo monjas, médicos, cirujanos y testigos interpretaban enfermedades, curaciones y prodigios. Sus declaraciones ayudaban a establecer los límites entre lo natural, preternatural y sobrenatural, y mostraban que el conocimiento médico y el religioso no funcionaban como ámbitos completamente separados.

La comunicación permite entender los conventos femeninos como espacios activos de circulación de saberes. Las religiosas observaban los cuerpos, aplicaban cuidados, conservaban la memoria de las enfermedades y dialogaban con los conocimientos de los profesionales sanitarios. El convento no aparecía, por tanto, como un mundo cerrado, sino como un lugar de producción y reapropiación de conocimiento médico.

Enfermedad, esclavitud y libertad en la Lima colonial

Alejandra Fuentes González, de la Universidad San Sebastián de Chile, analizó el caso de Petronila Chávez, una mujer esclavizada de origen africano que trabajaba como lavandera en la Lima del siglo XVIII. Sus jornales servían para mantener económicamente a una religiosa del monasterio de Santa Clara, pero una grave enfermedad uterina redujo su capacidad para continuar trabajando.

Petronila afirmaba padecer tumores, hemorragias, fiebres y una infección que ponía en peligro su vida. Ante el tribunal eclesiástico, solicitó que se redujera su precio de tasación y que el ama le devolviera los gastos invertidos en medicamentos y alimentos. Esta rebaja podía facilitar que otra persona la comprara, pero también podía formar parte de una estrategia para reunir el dinero necesario y adquirir su propia libertad.

La religiosa y los profesionales sanitarios ofrecieron versiones diferentes sobre la gravedad de la enfermedad. Mientras unos médicos consideraban que el trabajo húmedo y frío de la lavandería había agravado el estado de Petronila, otro afirmaba que podía continuar trabajando. La definición de la enfermedad decidía así el valor económico de su cuerpo, su obligación laboral y sus posibilidades de conseguir la libertad.

A lo largo de las diferentes comunicaciones, se mostró que los relatos de la enfermedad nunca son neutrales. Dependen de los lenguajes disponibles, de la posición social de quien habla, de las instituciones que registran sus palabras y de los modelos de género que determinan qué padecimientos pueden expresarse y cuáles quedan relegados al silencio. Incluso dentro de expedientes inquisitoriales, procesos de canonización, obras teatrales o documentos administrativos, los cuerpos han dejado rastros: una petición de audiencia, una descripción del dolor, una práctica de cuidado o una interpretación alternativa de la enfermedad.

Desde la cárcel, el convento, la botica y el escenario, las experiencias expuestas nos recuerdan que narrar el propio cuerpo puede ser una manera de reclamar autoridad, negociar con las instituciones, dar sentido al sufrimiento y producir conocimiento.

 

Enlace grabaciones

https://youtu.be/FPwRwpQ7X68?si=pNzx54F5Cx8SRjDH
https://youtu.be/r532St_lg0Q?si=g3mVPUpUQ3Rl2ME8
https://youtu.be/IEhV4TyeWdI?si=UPw7CVhJV8PCnurd

Borja Puchol Forés, estudiante de prácticas extracurriculares del Máster Interuniversitario de Historia y Comunicación de la Ciencia