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La estación de patología vegetal de Burjasot

La estación de patología vegetal de Burjasot

Las plagas han constituido un problema recurrente en la larga historia de la agricultura. Pero a partir de las últimas décadas del siglo XIX su impacto adquirió unas dimensiones totalmente desconocidas hasta entonces. La intensa transformación que experimentó el sistema alimentario a partir de la década de 1870 impulsó la redefinición de la agricultura para avanzar hacia modelos más mecanizados, intensivos y basados en el monocultivo. En este sentido, por ejemplo, las contribuciones teóricas que autores como Albrecht Daniel Thaer o Justus von Liebig realizaron durante la primera mitad del siglo XIX, y la posterior expansión de la cadena alimentaria, fueron fundamentales para promover un cambio hacia una agricultura de exportación. Y con esta, se agravaron de manera muy notable los daños producidos por las plagas.

En este contexto, los controles de plagas aplicados con anterioridad (unos controles a menudo físicos) ya no eran suficientes. Científicos y productores tenían que buscar nuevos métodos de control y para hacerlo, a menudo se encaminaron hacia el desarrollo de controles tanto químicos como biológicos. En el País Valenciano, para desarrollar e implementar estos métodos se creó la Estación de Patología Vegetal de Burjasot a comienzos del siglo XX.

Granja Escuela Práctica de Agricultura. Maylin, 1911

Antes, en las últimas décadas del siglo XIX, tanto en el contexto valenciano como en el internacional, se promovieron toda una serie de instituciones y de espacios para impulsar la transformación de la agricultura a la que nos referíamos anteriormente. La creación de la Estación de Patología Vegetal de Burjasot no se puede entender fuera de aquel contexto y de las iniciativas que ahora comentaremos brevemente.

Sin duda, unos de los principales espacios para promover el cambio serían las estaciones agronómicas o estaciones agrícolas experimentales. A menudo se hace referencia a la estación de Möckern (Sajonia) como la primera de estas con financiación pública. Aquella estación podría haber constituido un modelo para las que en breve irían creándose. Sólo en Europa, se estima que en 1868 ya existían cerca 40 estaciones; muchas de las cuales habían sido creadas en el ámbito germánico. Para presentar el proyecto de la estación de Möckern, algunos de sus promotores ya hicieron referencia explícita a la influencia que había ejercido la obra de Thaer, que fue “fundador” de un nuevo sistema de agricultura “racional”, y héroe entre los terratenientes alemanes por haber promovido el incremento de la productividad a través de estudios comparados. Thaer, pero, era bastante escéptico en relación al interés práctico de aquello que podríamos denominar la investigación básica.

Por otro lado, no son pocos los historiadores que han ligado el establecimiento de estas estaciones a la fuerte influencia que ejerció la obra de Liebig en el mundo de la agricultura. Aun así, el discurso de Liebig (que no necesariamente su práctica) ponía énfasis en la investigación básica, y todo parece indicar que esta no era la tarea principal de estas primeras estaciones. Desde su origen, estas estaciones fueron espacios con un proyecto híbrido que trataba de establecer puentes entre la ciencia de laboratorio y la práctica agrícola. En este sentido, uno de los promotores de la estación de Möckern, el profesor de química agrícola Julius Adolf Stöckhardt dijo que “se aprende más en las tabernas que en salas de conferencias e iglesias”.

Las estaciones alemanas, como sus universidades o laboratorios, constituyeron un modelo muy influyente en la institucionalización de la ciencia en el ámbito estadounidense. En el contexto ibérico estas iniciativas llegarían a menudo a través de las reflexiones o iniciativas promovidas en terceros países y concretamente en Francia. Ahora bien, la influencia francesa se hizo especialmente visible en relación a la creación de otro conjunto de espacios (o instituciones) que contribuyeron significativamente a la transformación de la práctica agrícola: las granjas escuelas experimentales. A diferencia de los anteriores, estos espacios se caracterizaban por incluir entre sus tareas las docentes, con formación a diferentes niveles.

En el estado español, desde los inicios del siglo XIX, se habían impulsado estructuras diversas para promover el desarrollo agrícola. En esta línea se situaron iniciativas como las de las juntas de comercio, las sociedades económicas o las posteriores juntas provinciales de agricultura. Por otro lado, en paralelo o un poco después, se crearon varias granjas-modelo y escuelas de agricultura, fuertemente influidas por la experiencia francesa. En el País Valenciano, estas iniciativas cuajaron en la creación de la Granja Modelo de Valencia, que a partir de 1887 empezó a denominarse Granja Escuela Experimental de Valencia y que todavía cambiaría de nombre en varias ocasiones. Historiadores como Jordi Cartañà han sugerido que el cambio de 1887 no sería únicamente nominal sino que comportó cambios más sustanciales motivados por el fracaso del patrón anterior de granjas modelo.

En este momento todavía no se había planteado la necesidad de crear un centro como el de la Estación de Patología Vegetal, pero conviene tener presentes todas estas iniciativas previas, puesto que es alrededor de estas cuando posteriormente se creó la estación que nos ocupará en los próximos párrafos. En este sentido, hace falta también hacer una breve referencia a la localización en la que se creaba aquella granja modelo. En 1868 ya se había creado el Jardín de Aclimatación en el interior del Jardín del Real de Valencia (fuera de lo que habían sido las murallas, justamente al otro del río). Posteriormente, en esta misma localización se creaba la Granja Modelo y la sucesiva Granja Escuela Experimental, que permaneció en este lugar hasta 1892, cuando se trasladó a Burjasot.

Estación Naranjera de Levadura y Estación de Fitopatología, década de 1930.
 

Muy probablemente este cambio de localización se podría entender, entre otras cosas, en el contexto de la expansión del casco urbano valenciano. Tal como nos recordaba Manuel Sanchis Guarner, con el derribo de la muralla y el inicio subsiguiente del Ensanche, se trató de atender el viejo problema urbanístico de enlazar el núcleo de la ciudad con el Grao. Con el incremento de la exportación y el desarrollo de los poblados portuarios se hizo más necesario el acercamiento al mar y, con este objetivo, Valencia se anexionó en 1897 la Vilanova del Grao y el Poblenou de la Mar. Además, en los proyectos de ensanche que pocos años después presentaba Francesc Mora (que sería arquitecto municipal del Ensanche durante la primera mitad del siglo XX), ya se podía observar la clara intención de urbanizar todo el territorio que rodeaba los Jardines del Real. En la expansión de la ciudad hacia la mar, la agricultura tenía que desaparecer de los territorios que rodeaban la Granja Escuela Experimental.

En este sentido, el traslado de la Granja a Burjasot se podía percibir como necesario, si esta quería tener al alcance las tierras requeridas para desarrollar sus tareas. Pero, por otro lado, este cambio también se podría haber justificado en base a la voluntad de mantener la relación directa con los labradores locales. De hecho, como después comentaremos, el establecimiento de una relación cuanto más directa y mejor fluida con los labradores sería buscada de manera recurrente desde la Granja Escuela Experimental.

Ya al inicio del siglo XX, tanto las autoridades valencianas como las españolas tomaron mayor conciencia del problema generado por las plagas del campo e impulsaron varias iniciativas para hacerles frente. La gestión de la Granja Escuela había corrido a cargo tanto del estado como de la Diputación y fue alrededor de este centro donde se promovió con más intensidad la reformulación de la lucha contra las plagas. A escala estatal, el 21 de mayo de 1908 se aprobaba la primera ley de plagas del campo y en poco más de un año se publicaba una RO que requería la creación de una estación de patología vegetal anexa a la Granja Escuela de Valencia. En aquel momento sólo había en el estado español una estación de este tipo, en este caso anexa al Instituto Agrícola Alfonso XII en Madrid. Se valoró entonces que resultaba necesario el establecimiento de otra estación y muy probablemente los importantes daños que ya estaba generando entonces el piojo rojo sobre la economía de la naranja fueron determinantes para elegir la localización de la segunda estación. Pero todo parece indicar que aquella estación de 1909 no funcionó nunca de manera autónoma y que al final, esta tarea de impulsar una reacción más eficaz contra las plagas recayó sobre la misma Granja Escuela.

El 20 de junio de 1924 se aprobaba una nueva disposición para la reorganización de los servicios agropecuarios y en este real decreto, entre otras cosas, se planteó la necesidad de crear varias estaciones de patología vegetal, entre las cuales estaría la valenciana. Aparentemente este real decreto fue recibido de manera positiva por las autoridades valencianas y, a diferencia de lo que ocurrió con otras estaciones propuestas, pronto se materializó el nuevo centro. El RD ya marcaba hasta once tareas a desarrollar por parte de las nuevas estaciones que, tal como constata Salvador Zaragoza, de manera sintética consistiría en: clasificar y estudiar las especies vegetales y animales que constituyeron plagas, estudiar los procedimientos profilácticos o de defensa, ensayar técnicas para la extinción de las plagas e investigar las especies entomófagas indígenas o foráneas y criarlas en insectarios, crear un museo con las plagas y enfermedades comunes a la región, atender las consultas que recibieron y divulgar los resultados de sus investigaciones.

Plano de Valencia 1897(Herrera, José María (1985).
Cartografía histórica de la ciudad de Valencia, 1704-1910.
Valencia : Ayuntamiento de Valencia)

Cuando en la década de 1890 la Granja Escuela de Valencia llegó a su nueva localización en Burjasot, no estaba en proyecto la creación de esta estación de patología vegetal y el espacio no se ajustaba entonces al desarrollo de todas estas funciones. En la década de 1920 era entonces perentoria la adecuación espacial a sus nuevas funciones, aquellas derivadas de la creación del nuevo centro. Pero hace falta no olvidar que en aquellos años todavía se darían nuevos cambios en el conjunto de las instalaciones de Burjasot.  Hay que destacar que, en 1931, la Granja Escuela, que desde 1924 pasó a denominarse Estación de Horticultura y Escuela de Jardinería, se cerró para que se creara en su lugar la Estación Naranjera de Levante. Previamente ya se habían establecido en poblaciones como Sueca y Requena otras estaciones para tratar las necesidades de otros cultivos específicos de especial interés en el campo valenciano, como por ejemplo el vino o el arroz. Pero, sin duda, el cambio de denominación y funciones de las instalaciones de Burjasot ponía de relieve el rol hegemónico que la naranja tendría que desarrollar desde entonces. De hecho, la misma existencia de este espacio no sólo lo constataba sino que lo reforzaba.

La adecuación de las instalaciones de Burjasot a las nuevas funciones que tenía que desarrollar la Estación de Patología Vegetal comportó la creación, en 1927, de un laboratorio de entomología, un laboratorio de criptogamia, un laboratorio de terapéutica, un insectario de cría, un museo fitopatológico y una biblioteca. Posteriormente irían reformándose estas instalaciones, como por ejemplo a través de la nueva parcelación de los campos de experimentación del centro, y se añadirían nuevas, como por ejemplo el nuevo insectario de cría creado en 1931. En algunos casos incluso se generaron nuevas instalaciones interviniendo en otros lugares del área metropolitana valenciana. Por ejemplo, entre 1935 y 1937 se hicieron numerosas obras en el puerto para crear la Estación Fitosanitaria del puerto. Sin duda el conjunto de estas instalaciones sería fundamental para desarrollar tanto la investigación sobre las plagas del campo como para mejorar la incidencia de la investigación en el campo valenciano a través del asesoramiento de profesionales y el desarrollo de cursos formativos como por ejemplo los de capataces y de fumigación cianhídrica. Aun así, hay que decir que inevitablemente esta evolución espacial (con la creación de nuevas instalaciones y la coincidencia espacial de las estaciones naranjera y de patología vegetal) igual que contribuyó a establecer importantes conocimientos sobre las plagas y en especial sobre aquellas que afectaron al naranjo, también creó ignorancia sobre todos aquellos cultivos que quedaban en un segundo plano o desaparecían completamente de la mirada de los ingenieros asociados al centro.

Al analizar las tensiones espaciales que se han dado en la historia contemporánea en relación en los centros dedicados al estudio del mundo natural, una de las aproximaciones más interesantes es aquella que proponía el historiador Robert Kohler al acuñar el término Labscape (palabra híbrida entre “laboratory” y “landscape”). Desde mitad del siglo XIX empezó a imponerse la ciencia de laboratorio dentro de las ciencias de la vida. En este ámbito, como en el resto, el laboratorio se presentaba como aquel “placeless place” que tenía que constituir una garantía que el conocimiento producido en este espacio tendría validez universal. Ahora bien, en el caso de las ciencias de la vida, estos laboratorios no estaban exentos de controversia. Tal como ya había ocurrido con instrumentos como el microscopio, se planteó si la artificialidad del laboratorio no podría ser un impedimento para captar aquello que realmente ocurría al medio natural.

Insectario de la Estació de Patologia Vegetal en la década de la 1930
(Salvador Zaragoza Adriaensens (2011).
Origen y actividades del Instituto Valenciano de
Investigaciones Agrarias 1868-2000).

Se trató entonces de naturalizar los laboratorios, tanto desde la retórica como creando espacios híbridos que quedaban a medio camino entre “la artificialidad” del laboratorio tradicional y la “naturalidad” de los espacios naturales. Kohler se ha referido a la creación de estos híbridos a través de espacios como los laboratorios de campo y los vivàriums, establecidos entre final del siglo XIX y principio del siglo XX. Pero tal como él mismo plantea, las estaciones agronómicas (como las consideradas en este artículo) también constituyen un buen ejemplo de estos espacios híbridos. Los laboratorios de estas estaciones no podían aislarse de los insectarios y campos de experimentación. Y así la continuidad entre medio natural y artificial, entre campo y laboratorio, estaba asegurada. La necesidad de esta continuidad era, por otro lado, más evidente y menos controvertida en este caso, puesto que de manera explícita se reivindicó un conocimiento local o localizado ante el habitual conocimiento universal de la ciencia. Sabían que las particularidades de cada territorio con sus cultivos y sus plagas reclamaban la producción de esta aproximación local al conocimiento. Y así lo hicieron constar en numerosas ocasiones.

Las particularidades locales de cada territorio también dependían del talante y las prácticas de los labradores, con los cuales se quería establecer una relación muy próxima. Tal como ya comentábamos, desde la creación de la primera estación agrícola experimental, ya encontramos discursos que reivindican un tipo de “construcción” del conocimiento poniendo en valor la sabiduría de los trabajadores del campo. Haría falta estudiar hasta qué punto estos discursos se transformaron en iniciativas concretas. Habría que averiguar hasta qué punto se buscó el contacto con los labradores (incentivado en el caso de las estaciones valencianas a través de los cambios de localización hace poco citados). Y, en definitiva, habría que evaluar cómo se definió la estación como una “contact zone”, un espacio para la circulación de conocimiento entre dos aproximaciones al conocimiento a priori tan diferentes como las de los ingenieros agrónomos y los labradores. Estas preguntas, como otros, no hacen más que mostrar el interés que pueden despertar los estudios de estas estaciones desde la perspectiva de las geografías del conocimiento; un interés que no tendrá que limitarse a entender mejor nuestra historia sino también a construir nuestro futuro. En este caso, sin duda, esta contribución podrá llegar a redefinir las instituciones agronómicas actuales porque funcionan como “zonas de contacto” verdaderamente eficaces.

 

Para saber más:

Salvador Zaragoza Adriaensens (2011). Origen y actividades del Instituto Valenciano de Investigaciones Agrarias 1868-2000  (http://www.ivia.gva.es/libro-salvador-zaragoza)

Jesús Català Gorgues i Ximo Guillem Llobat (2006). Control de plagas y desarrollo institucional en la estación de Patología Vegetal de Burjassot (Valencia). Asclepio 58 (1): 249-280     (DOI: http://dx.doi.org/10.3989/asclepio.2006.v58.i1.8)

 

Ximo Guillem-Llobat

Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia López Piñero, Universitat de València

 

Personajes y espacios de ciencia es un proyecto de la Unidad de Cultura Científica y de la Innovació de la Universitat de València, que cuenta con la colaboración del Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia 'López Piñero' y con el apoyo de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología y el Ministerio de Economía, Industria y Competitividad.

 

Pies de fotografía:

Fachada principal del edificio donde se encontraba la Estación de Patologia Vegetal y la Estació Naranjera de Levadura hacia el 1934 (Salvador Zaragoza Adriaensens (2011). Origen y actividades del Instituto Valenciano de Investigaciones Agrarias 1868-2000)

Insectario de la Estación de Patología Vegetal en la década de 1930(Salvador Zaragoza Adriaensens (2011). Origen y actividades del Instituto Valenciano de Investigaciones Agrarias 1868-2000)

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