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La fundación del Estudi General de València

La fundación del Estudi General de València

El Reino de Valencia había conseguido durante el siglo XV una prosperidad económica envidiable. Desde la perspectiva agropecuaria, los productos dedicados a la exportación  eran numerosos: el azúcar —el edulcorante por excelencia, entre la cocina y la medicina, extraída de la cañamiel plantada en las plantas litorales—, el vino —básico en la dieta—, el azafrán o las lanas, entre otros. Pero también la producción de telas había prosperado y había buscado la expansión en el mercado europeo; traperos, tejedores, tintoreros y pelaires eran legión en el reino valenciano medieval, muy particularmente en la capital y la comarca del Comtat.

Los barcos de mercaderes de todo el continente llegaban sin descanso a los puertos de la capital y también a otros menores. Valencia era una ciudad cosmopolita donde los viajeros admiraban toda la ostentación y magnificencia de los palacios, las fiestas, y el ambiente de actividad frenética que imperaba a la urbe. Como han mostrado Juan Vicente García Marsilla y Teresa Izquierdo, la ciudad de Valencia del siglo XV fue en aquel tiempo un espacio donde proliferaban permanentemente obras de gran envergadura: las Torres de Quart,  los Astilleros, diversos puentes, el Miguelete, el Aula capitular de la Catedral, el Palacio Real, el Palau de la Generalitat, Santa Catalina, la ampliación de Sant Esteve, el Hospital de los Inocentes…. En 1498 se había terminado la Lonja nueva; Pere Compte había legado al futuro uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad, apenas cerrando el siglo, y en el año que supondría una bisagra en el progreso educativo de la ciudad y del reino. Al fin y al cabo, se había desarrollado un fastuoso programa de embellecimiento en la ciudad; el poder económico se debía traducir en el aspecto armónico y rutilante de la arquitectura y el urbanismo.

La ciudad ejercía un atractivo muy grande para la población del resto del reino, que migraba con asiduidad de sus villas, sobre todo cuando las coyunturas de crisis así lo exigían. Pero también gente de todas partes, ricos y honorables; muy formados técnicamente, como por ejemplo lo que hoy denominaríamos "ingenieros", constructores, relojeros, médicos y cirujanos, clérigos encontraríais oriundos de Alemania, Francia, Italia, Inglaterra, Flandes... En Valencia los cargamentos de esclavos eran incesantes: tártaros, eslavos, negros africanos, magrebíes... Valencia era, en definitiva, una capital cosmopolita y multiétnica.

Además, la vida literaria del ‘cap i casal’ y, justo es decir, del reino, era abundante. Joanot Martorell, Ausiàs March, Jaume Roig, Joan Roís de Corella, Jaume Gassull... La nómina de escritores del Segle d'Or es brillante. Pero también resulta evidente que había un público lector que esperaba ansioso las novedades editoriales. El año 1474 se imprimía en Valencia Les trobes en labors de la Verge Maria, el primer texto en catalán traído a los tipos móviles. La industria tipográfica acontecería pronto un negocio lucrativo.

Ahora bien, los sucesivos monarcas del siglo, Alfonso el Magnánimo, Joan II y Fernando el Católico, habían exprimido las arcas del reino valenciano para dar curso a sus, normalmente, alocadas empresas militares, que habían emprendido una tras otra. Y la situación económica no fue siempre óptima.

Valencia había sido durante todo aquel periodo la auténtica capital de la Corona de Aragón, también del conocimiento. Con todo, la aparición de l’Estudi General fue bastante tardía, si observamos que existían ya unas cuantas decenas de universidades por toda la geografía europea en el amanecer de los tiempos modernos. La de Valencia sería el producto de varias fuerzas convergentes, y una larga tradición educativa.

Mapa de las universidades medievales. Fuente: Vikipèdia

 

Poco después de la conquista de la ciudad de Valencia, comenzaron a aparecer las primeras escuelas. Jaume I había querido dotarlas del rango universitario. Inocencio IV hizo una concesión en forma de bula para erigir un Estudi General. También, y por razones que nunca se han aclarado del todo, los Fueros optaron por un modelo abierto de enseñanza, una libertad que permitía abrir escuelas de gramática y de otras artes, en cualquier lugar de la ciudad. La proliferación y dispersión de los centros, con mayor o menor entidad, algunos de iniciativa privada y otros del concejo municipal, que enseñaban gramática, cirugía —ésta con gran éxito y prestigio—, ética o teología fueron una realidad durante toda la Baja Edad Media, particularmente en el siglo XV, y pese a que los jurados de la ciudad hicieron todo lo posible para unificarlos en un centro único, en 1412 la cosa no acababa de renacer. Se establecieron en unos locales contiguos a la iglesia de San Lorenzo, aunque la libertad de enseñanza foral permitía la continuidad de escuelas en otros lugares. Por ello, el proceso solo se pudo acelerar en la última década del cuatrocientos. El año 1492, tan remarcable para otros acontecimientos de sobra conocidos, ya se hablaba abiertamente de la creación del Estudi. Fruto de estas gestiones fue la compra a Isabel Saranyó, el 1 de abril de 1493, de una casa con huertas y patios que sería la sede la Universitat: el edificio de la calle de la Nau. Pero fue el 15 de agosto de 1498 cuando, en una reunión del Consell General, se acordó la remodelación de la casa de los estudios, además de redactar unas nuevas constituciones y pedir la aprobación. Seguidamente se crearon los estatutos que regularían el funcionamiento, y se evidenció la necesidad de conseguir una bula papal. Y aquí la ciudad tuvo la fortuna de que la mitra estuviera en poder de un ilustre valenciano: Roderic de Borja, el papa Alejandro VI. La nota que enviaron los jurados al papa a través del canónigo Joan de Vera dice:

"Suplicarà la prefata Santedat li plàcia donar e atorgar gràcia e bula apostòlica en virtut de la qual la ciutat de València per ésser una de les principals e populosa del món, e sa Santedat natural de aquella, puxa eregir un Studi General".

El 23 de enero de 1501, el papa Alejandro VI emitía la bula Inter ceteras felicitates, una littera solemnis, que culminaba las aspiraciones de las autoridades valencianas. La bula, traducida del latín, dice cosas como:

“Entre otras bienaventuranzas que en esta vida efímera el hombre mortal puede obtener mediante la gracia de Dios, hemos de considerar entre las más valiosas la que a través del estudio constante trae la margarita del conocimiento. Este abre un camino  para vivir con cordura y felizmente, y con sus excelencias hace al instruido un hombre extraordinariamente superior al ignorante. Favorece y ayuda a la comprensión diáfana de los arcanos del mundo; dignifica a los innobles y los desconocidos; no solo enseña la mejor manera de regir lo público sino también todas las virtudes; muestra el conocimiento de las cosas tanto divinas como humanas; protege la fe ortodoxa como defensa firme contra la barbarie de los pérfidos infieles y la obstinación de los perversos herejes. (...).

La comunidad de los hijos predilectos de la ciudad de Valencia acaba de presentar una solicitud exponiendo que si en esta ciudad, que del reino es “cap i casal” e insigne y noble entre las ciudades de aquellas partes, y hacia la cual concurren numerosas gentes de todas partes, eclesiásticos y seglares, floreciese un estudio general en el cual se pudiesen enseñar todas las facultades lícitas, muchísimas personas de aquella ciudad y reino, y otras partes, se dedicarían con placer al estudio y se harían eruditos, y esto redundaría extraordinariamente no sólo en honor y prestigio para la ciudad y el gobierno y la utilidad de lo  público también en la salvación de las almas".

Las palabras del documento son bastante elocuentes. Una ciudad como Valencia no podía estar más tiempo sin universidad. Hay que situarse en el escenario histórico del tránsito de la Edad Media, casi en crisis desde hacía tiempo, hasta los tiempos modernos; momento de la configuración de los estados absolutistas. La monarquía hispánica, que ya no solo de la Corona de Aragón, necesitaba cuadros dirigentes bien formados. Una nueva fiscalidad, un gran ejército permanente, una burocracia moderna exigían un buen grupo de hombres con estudios superiores. El rey Fernando el Católico lo remachó con el privilegio del 2 de febrero de 1502, con el que ratificó el carácter universitario de la nueva institución. Así, el Estudi General se inauguró oficialmente el 13 de octubre de 1502 con prerrogativas y distinciones equivalentes a las de las universidades de Roma, Bolonia, Salamanca y Lleida. Las autoridades urbanas, entre las cuales figuraban miembros de la nobleza, lo habían conseguido por fin, y lo exhibían orgullosos como un éxito propio. Lo que seguramente les había favorecido, eso es que solo los prohombres pudieran sufragar los gastos de formar a sus vástagos a muchos kilómetros del hogar, y en consecuencia volviesen a ocupar los lugares más relevantes de los cuadros dirigentes, ya no se podía sostener. La constitución de 1499 lo expresaba elocuentemente: “muchos de la presente ciudad son  forzados a ir fuera de ésta en estudios generales por hoy de todas las facultades de artes e sciencias”. Al fin y al cabo, era un viejo argumento ya esgrimido dos siglos antes por Jaume II, cuando fundó en 1300 el Estudi General de Lleida, la primera universidad de la Corona de Aragón: sus súbditos no podían ir a mendigar ciencia fuera de las fronteras de su corona.

Claustro de la Nau de la UV

 

La Universitat de València nació bajo la órbita del poder municipal y dependió estrechamente de él durante toda la época foral, ya que el Consell ejerció de patrón y financiador de sus gastos. A diferencia de universidades como Salamanca o Valladolid, donde profesores, doctores y estudiantes tenían un importante protagonismo en la elección de catedráticos y rector, y decidían sobre asuntos notables, en Valencia fueron las autoridades las que decidieron todo. Pasando incluso por delante de intereses reales y eclesiásticos.

Se fueron, poco a poco, perfilando las constituciones que organizaban la vida interna de la institución. Las figuras de gobierno  que la regían, el canciller —figura que recayó siempre en el obispo; el rector, con una elección supeditada totalmente al municipio, institución cada vez más decisiva y con más poder en el control de la comunidad educativa; los funcionarios, como el bedel, apuntador, regente, camarero, etc. Se organizaron las diferentes  facultades y se desdoblaron y provenían cátedras: Poesía y Oratoria, Lorenzo Valla, dentro de los estudios de Gramática y Latinidad (progresivamente ampliadas a Griego, Retórica, Historia, Prosodia); la Facultad de Artes (con Lógica, Filosofía natural, Cúmulos, Cuestiones, Filosofía, Matemáticas y Astrología); la conspicua Facultad de Medicina, donde se establecieron a lo largo del siglo tres cátedras: la primera dedicada a los principios de la medicina, la segunda de Simples y de Anatomía, y la tercera a la práctica a partir de los libros de Galeno; y la Facultad de Teología (con las cátedras Nominalista, de Escoto, de Santo Tomás y muchos otros posteriores); y la Facultad de Derecho (Civil y Canónico, fundamentalmente).

Ciertamente, en los primeros años de la benemérita institución fueron bastante complicados. El período 1518-1519 la Universitat permaneció cerrada por la peste y en 1522 se tuvieron que suspender los estudios como consecuencia de la revuelta de las Germanías y las dificultades económicas que imposibilitaban pagar los salarios de los maestros. Fueron años grises. Los rectores eran elegidos anualmente por un sistema de suertes. Febrer Romanguera catalogó a estos primeros rectores como “oscuros abogados”, ya que se trataba de individuos ocupados en su tarea de juristas, poco implicados en la gestión del centro con el que habían mantenido un contacto efímero. La consecuencia era una dejadez y un mal funcionamiento evidente, particularmente por la patrimonialización del control presupuestario, estatutario y docente, con grandes distorsiones en el funcionamiento de la institución. Ni la voluntad firme de los jurados de la ciudad de cambiar el mal rumbo y el nombramiento de rectores con más continuidad, incorporando a no juristas, pudo dar un giro a la situación. Habría que esperar al 1525, cuando se dio un golpe de timón. El Consell Municipal decidió entonces traer, desde la Sorbona, a un conocido teólogo de prestigio como nuevo rector, el valenciano Joan Llorenç de Salaya. Éste marcaría con su personalidad el devenir de la universidad durante más de un cuarto de siglo, por lo que se convirtió en el primer rector perpetuo. Fue un tiempo extraordinariamente complejo en el que Salaya marcó ideológicamente el rumbo del Estudi, y también de algunas importantes controversias religiosas y políticas, ya que veló por la ortodoxia religiosa y los intereses del patriciado de la ciudad. La universidad se debatía entre mantener un espíritu con postulados medievales con predominio del nominalismo en tecnología y artes, y avicenismo en medicina; o bien, incorporarse a las corrientes humanistas. Pero estas cuestiones exceden las cuestiones de este artículo.

Ya fuera por la prosperidad económica, demográfica y política conseguida por la ciudad en el fin de los tiempos medievales, o bien por la coyuntura política y el empujón dado por los dirigentes del momento, sumados al hecho de que el trono papal estuviera ocupado por un valenciano ilustre, todo ello hizo posible aprovecharlo para la creación de una institución crucial en la historia del País Valenciano. Como dijo Ferran García-Oliver en la edición de la bula papal: “Resulta casi inevitable considerar la creación de la universidad valenciana como la espléndida conclusión de una centuria gloriosa”.

 

 

Carmel Ferragud (Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia 'López Piñero')
Marialuz López Terrada (Ingenio, CSIC-UPV)

Personajes y espacios de ciencia es un proyecto de la Unidad de Cultura Científica y de la Innovación de la Universitat de València, que cuenta con la colaboración del Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia 'López Piñero' y con el apoyo de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología.

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