El 14 de diciembre de 1914, el diario murciano El Tiempo publicó un artículo titulado «El Esperanto en España». Empieza contando lo que la guerra le había hecho al movimiento:
«Los esperantistas estábamos acostumbrados a comunicarnos incesantemente, tanto por cartas como por medio de más de cien revistas, y así vivíamos en una atmósfera saturada de Esperanto; pero al estallar la guerra cesaron las revistas su publicación, acaso horrorizadas al ver que el mundo aún no se ha civilizado, y con excepción de algún esperantista alemán, los demás parece que han caído en un pozo y no escriben. Por esto nos quedamos aquí como el que, acostumbrado a vivir entre algazara y bullicio, se ve transportado a un desierto: ¡nos hemos quedado sordos!»
Y entonces llega el motivo de alegría — y la frase que nos interesa:
«En tales circunstancias, calcúlese el gozo que nos produjo recibir hace un par de días el Boletín de la Federación Esperantista Levantina. Viendo confirmado para una parte de España lo que sospechamos ocurre en el mundo entero, y es que a pesar de la cruel guerra el Esperanto vive y progresa en todas partes como en Valencia, en Carcagente, en Cheste, en Chiva, en Alcalá de Chivert, hasta en ¡Minas del Terrible!, pueblo de la provincia de Córdoba, cuyo nombre infunde espanto.»
Por qué importa esta línea
Es, hasta donde hemos podido rastrear, la mención más antigua de Cheste en la prensa como pueblo esperantista. Adelanta en siete años lo que teníamos: hasta ahora, la primera aparición documentada del pueblo en la prensa del movimiento era de 1921.
Y dice algo más que una fecha. En diciembre de 1914 el esperantismo europeo estaba roto: el XVI Congreso Universal, que iba a celebrarse en París en agosto, se disolvió con la declaración de guerra. En ese panorama, un periodista murciano abre el boletín de su federación y encuentra que en un pueblo de la Valencia interior la cosa sigue funcionando. Cheste llevaba entonces cinco años con grupo esperantista.
El resto del artículo
Merece la pena por sí solo. Cuenta que dos rusos daban conferencias en Valencia y Alicante, que progresaba el grupo esperantista del penal de San Miguel de los Reyes —lo que da pie al autor a imaginar un atraco en esperanto: «Samideano, bonvolu doni al mi vian monon», ante el cual «un entusiasta del Esperanto le daría no sólo el dinero, sino además un abrazo, por la satisfacción de ver popularizado el nuevo idioma»— y termina con una noticia que hoy suena increíble: el Ayuntamiento de Sevilla había concedido al grupo esperantista 1.500 pesetas anuales y pagaba 50 céntimos diarios a los guardias municipales que supieran hablar esperanto.
Fuentes
- «El Esperanto en España», El Tiempo: diario independiente (Murcia), año VII, nº 2075, 14 de diciembre de 1914 — Biblioteca Virtual de Prensa Histórica.