Dos notas sueltas de La Suno Hispana, publicadas en 1927, dicen mucho de en qué punto estaba el esperanto chestano justo antes de que su pionero recibiera la Medalla del Trabajo.

Tres cursos a la vez

«En Cheste (Valencia), nuestro activísimo compañero D. Francisco Máñez trabaja en tres cursos a la vez, cada uno para un grupo de personas de cierta edad y cultura.»

No era una clase para quien quisiera: eran tres grupos distintos, ajustados a la edad y la formación de cada uno. En un pueblo agrícola de los años veinte, eso es una escuela.

El diploma

«Hemos sabido por casualidad que nuestro queridísimo correligionario y muy conocido samideano D. Francisco Máñez, de Cheste, ha verificado sus exámenes ante el Instituto Español de Esperanto con gran competencia, por lo cual se le ha adjudicado el Diploma de Profesor para la enseñanza del Esperanto.»

El detalle importa: el agricultor autodidacta que había aprendido la lengua solo, a partir de una gramática comprada de lance, se presentó a examen y salió con el título oficial de profesor. Y la revista se entera «por casualidad», porque él no lo contó.

Lo que venía detrás

Un año antes, en el discurso de clausura de un congreso, un orador ya había pedido la atención de la sala para él:

«Llamo momentáneamente vuestra atención hacia ese modesto labrador de Cheste, Sr. Máñez, quien después de la penosa labor diaria para ganar su pan, resta tiempo al descanso y al dormir para dedicarlo a la enseñanza del Esperanto a sus conciudadanos.»

Esa frase —el trabajo del campo primero, las clases después, quitándole horas al sueño— es exactamente el mérito por el que en 1928 le concederían la Medalla del Trabajo. En 1927, Máñez participó además en la reunión preparatoria del congreso de Sevilla donde se la impondrían.

Fuentes