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Aprender a leer por el oído o claves para disfrutar de un libro cuando existe dislexia fonológica

  • Servicio de Marketing y Comunicación - Unidad de Cultura Científica y de la Innovación
  • 24 abril de 2026
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Pixel-Shot/Shutterstock

 

Nadina Gómez Merino, Universitat de València y Marina Pi-Ruano, Universitat de València

 

'No lo entiendo'. 'No lo comprendo'. 'Estoy cansado'. La dislexia es una condición que a menudo comienza con estas frases. Este trastorno del desarrollo afecta a la habilidad de leer de la persona que la padece.

Por lo general, las personas con dislexia necesitan más tiempo y más oportunidades de entrenamiento para alcanzar un nivel parecido al de las personas sin dislexia.

Sin embargo, tienen mayor probabilidad de verse inmersas en un círculo vicioso donde les cuesta más leer, sienten angustia cuando lo hacen y, como consecuencia, evitan la lectura y no disfrutan de los beneficios que les puede aportar un libro.

 

Cuando el sonido que representan las letras llega al cerebro

La dislexia puede tener varias manifestaciones: tardar en leer palabras desconocidas o confundirlas por palabras que la persona sí conoce es uno de los síntomas de quien la sufre. Este tipo de dislexia se llama fonológica.

En esta forma de dislexia, el proceso de decodificación es más aparatoso que en personas sin dislexia, porque les resulta más difícil reconocer el sonido que representan las letras. A menudo, la lectura suele ser errática y ante palabras nuevas tienden a sustituirlas por otras conocidas (por ejemplo, leer “ballena” en lugar de “baluerna”). Esta limitación dificulta que las personas que la padecen amplían su vocabulario mediante la lectura.

 

Comprender mejor lo que 'entra' por el oído

Cuando escuchamos un audiolibro ponemos en marcha la comprensión auditiva, es decir, la capacidad de entender y de interpretar un discurso oral. Normalmente, las personas con dislexia no manifiestan dificultades en esa habilidad. Esto se debe principalmente a que, durante un discurso oral, no es necesario realizar el desciframiento letra-sonido, ya que la información viaja directamente en formato sonoro.

Esto hace más probable que experimenten más placer al oír un discurso oral que al leer un texto (aunque la información sea la misma) y que puedan centrarse en atender el contenido del texto, lo que ayudará a mejorar y amplíen el vocabulario.

Así pues, la aparición de los audiolibros podría suponer un nuevo paradigma de intervención para las personas con dislexia fonológica, ya que podrían brindar una nueva forma de experimentar la lectura mediante la comprensión auditiva.

 

Audiolibros: aliados de la comprensión lectora

Si sólo nos dedicamos a escuchar el libro, podemos experimentar beneficios emocionales como emocionarnos con los matices de voz que aporta el narrador de la historia, por ejemplo. También podemos sacar ventaja del narrador o narradora, puesto que actúa como “buen lector o lectora”, del que podemos imitar y aprender la entonación de las frases, las pausas de los diferentes signos de puntuación y otros aspectos pragmáticos de la lectura.

Sin embargo, también encontramos desventajas en comparación con la lectura de un texto. Cuando leemos, ejercemos un gran control sobre lo que procesamos. El lector puede volver atrás, releer y revisar si no ha entendido alguna frase o palabra, es decir, mantiene una postura activa para su comprensión. Sin embargo, cuando escuchamos un texto, la actitud que adoptamos es más pasiva. Para el aprendizaje es preferible la actitud activa.

Pero en cuanto a las personas con dislexia, algunos estudios han señalado que el audiolibro ayuda a que se impliquen más, aumentan la confianza y la motivación por la lectura. Leer un texto y escucharlo hace que se pongan en marcha algunas habilidades compartidas. Por ejemplo, en ambos casos necesitamos utilizar la memoria y la atención para retener la información que escuchamos o leemos.

Otras investigaciones sugieren que duplicar la información (visual y auditiva) requiere que el lector deba reajustar su atención a ambas modalidades. Esto ocurre porque a menudo el lector puede leer a un ritmo más rápido que la narración del audio. En cambio, cuando existen dificultades de desciframiento o fluidez de la lectura, este efecto podría no estar presente y contar simultáneamente con audio y texto podría facilitar la comprensión y recuerdo del material.

 

Rompiendo el círculo de dificultad y recuperando el gusto por leer

Como los audiolibros ya forman parte de nuestro día a día, lo inteligente es aprovechar sus ventajas. La ventaja más potente que presentan es la capacidad que pueden tener para romper el círculo vicioso que experimentan las personas con dislexia fonológica. Esto se debe a que pueden ayudar a reducir el malestar asociado a la lectura. Además, ayudan a mejorar la capacidad de prestar atención y escuchar.

Sin embargo, también existen otras estrategias relacionadas que pueden ayudar a mejorar la comprensión lectora y motivar a la lectura a personas con dislexia fonológica. Por un lado, las herramientas que convierten textos en audio o la opción que una persona lea en voz alta directamente a otras personas (sin estar grabado digitalmente).

Por otro, existe la práctica de la lectura en voz alta. En esta modalidad, el lector o lectora debe prestar atención tanto a lo que está escrito como a lo que dice en voz alta.

En definitiva, los audiolibros amplían las formas de leer y ofrecen nuevas experiencias a los lectores. Para muchas personas con dislexia, la lectura tradicional es un reto constante, a menudo asociado a frustración o cansancio. Los audiolibros, en cambio, ofrecen una puerta de acceso más amable a las historias, y permiten gozar de la literatura sin las barreras que puede imponer el texto escrito.

En un día que celebra los libros y la lectura, incorporar los audiolibros es también una forma de hacer Sant Jordi más inclusivo.

 

Nadina Gómez Merino, Professora Ajudant Doctor. Departament de Psicologia Evolutiva i de l'Educació. Membre d'ERI-Lectura, Universitat de València y Marina Pi-Ruano, Professora ajudant doctor en Departament de Psicologia Evolutiva i de l'Educació, Universitat de València

 

Este artículo se publicó originalmente en The Conversation. Lea el original.