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Los espacios de la locura

Los espacios de la locura

En el año 1816, el médico francés Jean-Étienne-Dominique Ardilla comenzaba su extensa contribución sobre la locura para un importante Diccionario de ciencias médicas con la observación siguiente: “¡Cuántas meditaciones se ofrecen al filósofo que, apartándose del tumulto del mundo, recorre un asilo para alienados! Allá encontraréis las mismas ideas, los mismos errores, las mismas pasiones, los mismos infortunios: todo es como en el mundo mismo. Pero, en un asilo, los disparos son más fuertes, los matices más acusados, los colores más vivos, los efectos más claros, porque el hombre se muestra en toda su desnudez, porque no oculta sus pensamientos, porque no esconde sus defectos, porque no presta a sus pasiones el encanto que seduce, ni a sus vicios la apariencia que engaña”. Este fragmento, procedente de la pluma de uno de los pioneros más activos y carismáticos de la medicina mental, constituye un testigo particularmente sugerente de la fascinación que han ejercido los espacios de la locura a lo largo de la historia. De hecho, no es casual que los viajeros centroeuropeos del siglo XVIII popularizaran el paso de dementes por hospitales y departamentos como una etapa importante de sus Bildungsreisen o periplos formativos.

Frente a la interpretación del filósofo francés Michel Foucault, para quien esta contemplación de la locura confinada o la asistencia a romerías, desfiles y espectáculos teatrales interpretados por locos simbolizaban su conversión (moderna) “en una cosa para mirar, [en la que] no se ve el monstruo que habita en el fondo de uno mismo”, los establecimientos de dementes constituían para muchos visitantes ilustrados un lugar privilegiado para ampliar sus conocimientos y –tal como señalaba Ardilla– familiarizarse con el lado más vulnerable, íntimo o nocturno de la naturaleza humana. En este sentido, hay que recordar, por ejemplo, el caso de Francisco de Goya, que el 1794 pintó un siniestro Corral de locos después de haber presenciado en Zaragoza numerosas escenas de maltrato de los internos en su célebre Hospital Nuestra de Señora de Gracia. Significativamente, la locura tuvo a partir de aquel momento una presencia reiterada en su producción, encarnándose en figuras que evocan una visión sombría y crepuscular de la condición humana y apelan directamente a la propia irracionalidad del observador.

En el caso de la ciudad de Valencia, el paso y las visitas más o menos morbosas o curiosas del público a los espacios de la locura se encuentran documentadas desde el surgimiento mismo, en el siglo XV, del primer dispositivo institucional que asumió de forma específica la acogida y la custodia de los locos. Como todo el mundo sabe, esta institución fue fundada el 1409 como “Hospital d'Innocents, Folls e Orats” con el apoyo de una decena de “mercaderes ciudadanos” y a iniciativa del fraile mercedario Joan Gilabert Jofré, del que la tradición cuenta que pronunció una sentida homilía en la catedral en la que sugirió la creación de un espacio para recoger "los pobres innocents e furiosos que van per aquesta ciutat”. El edificio fue autorizado por un privilegio de Martí l'Humà y empezó a construirse en el año 1410 en unos terrenos situados al lado del antiguo Portal de Torrent de la muralla cristiana. El hospital fue absorbido un siglo después (1512) por el nuevo Hospital General de Valencia, al cual el año siguiente Fernando el Católico hizo extensivos los privilegios concedidos por los monarcas anteriores en la casa de folls. Hay que precisar que, de acuerdo con las características de otras fundaciones medievales y en contra de un anacronismo muy extendido, este Hospital de Inocentes no fue en ningún momento una institución especializada en la asistencia médica (y mucho menos psiquiátrica), sino un espacio para practicar con los locos (“inocentes y furiosos”) la virtud cristiana de la hospitalitas y cumplir una doble función de protección de los débiles y de defensa del orden público. Es, además, muy probable que Jofré, que había viajado como redentor de prisioneros en el norte de África en varias ocasiones, conociera la existencia de instituciones parecidas dentro del mundo islámico y se inspirara directamente en alguna de ellas.

La hispanista francesa Hélène Tropé nos ha dejado una cuidadosa descripción del funcionamiento del hospital a lo largo de sus primeros siglos de historia. Con una ocupación que oscilaba entre la cincuentena y el centenar de internos de los dos sexos (entre los cuales, a partir de 1493, se autorizó la acogida de mendigos y personas no dementes”), los locos eran alojados en dormitorios colectivos o en jaulas de aislamiento (en el caso de los furiosos), se les vestía de manera modesta y uniforme (o vistosa y coloreada en sus salidas esporádicas a la ciudad para participar en colectas, procesiones o cortejos), se les conminaba a colaborar en tareas de alambrada, limpieza y otros quehaceres domésticos (de acuerdo con la condena de la ociosidad, la represión de la mendicidad y el nuevo valor otorgado al trabajo a partir del siglo XVI), y eran visitados de manera puntual por los médicos titulares de la institución (entre los que hubo figuras muy destacadas de la ciencia y la cultura valenciana como Bartomeu Martí, Jaume Roig o Lluís Alcañís). Siguiendo los preceptos clásicos de Hipócrates y Galè, los facultativos concebían la locura como un desequilibrio humoral que afectaba a las facultades rectoras del cerebro, de forma que sus tratamientos se basaban en la intervención sobre las llamadas cosas no naturales (fundamentalmente, la alimentación) y en la administración de purgantes como el agárico blanco, el ruibarbo o el heléboro (especialmente indicado para los melancólicos) y sedantes como el alcanfor, la amapola o el jarabe de ausenta (ampliamente utilizado como somnífero).

A pesar de la fundación, a lo largo del siglo XV, de otras instituciones similares en ciudades como Barcelona, Zaragoza, Sevilla, Valladolid, Palma o Toledo, el Hospital de los Inocentes se convirtió en un espacio emblemático del nuevo lugar reservado a la locura en la sociedad postmedieval, hasta el punto de que Lope de Vega aprovechó su reputación para ambientar una popular comedia: “Tiene Valencia –decía Valerio, uno de sus personajes– un hospital famoso, adonde los frenéticos se curan con grande limpieza y celo cuidadoso”. Con el tiempo, este prestigio inicial menguó significativamente debido al desinterés de médicos y administradores, de la falta de inversiones y de algunos incidentes desgraciados como el incendio que el 1610 destruyó buena parte de sus dependencias, de forma que la casa (y después departamento) de locos entró en una larga etapa de decadencia de la que prácticamente no se recuperó nunca. De hecho, la aparición en el tránsito del siglo XVIII al XIX de la nueva medicina mental de los alienistas, de la terapéutica llamada “moral” de la locura y de los manicomios modernos no tuvo consecuencias apreciables en la institución. Hubo, es cierto, algunos intentos aislados de introducir reformas, como la protagonizada entre 1848 y 1853 por el médico Juan Bautista Perales, que denunció el abuso de medidas coercitivas, empezó a examinar con detalle la historia clínica de los internos, se esforzó por refinar las categorías diagnósticas e hizo algunos ensayos modestos con los tratamientos preconizados por los grandes especialistas franceses. Pero la tónica general continuó dominada por la impropiedad absoluta de las instalaciones, el hacinamiento (a mitad del siglo XIX  había una media de doscientos hombres y alrededor de cien mujeres internadas) y una carencia generalizada de recursos.

Las cosas no mejoraron mucho cuando, en 1866, la sección pasó a residir en el antiguo convento desamortizado de Santa Maria de Jesús, adquirido por la Diputación Provincial de Valencia, y que recibió el nombre de Sanatorio Psiquiátrico Provincial del Padre Jofré. Visitado algunos años después por el médico norteamericano Edward C. Sieguen, el nuevo hospital (que ya disponía de más de quinientos internos) le dio la impresión de que era un reducto indigno en el que imperaban la violencia, el abandono y la ausencia de cualquier planteamiento terapéutico, hasta el punto que lo declaró “una mancha sobre el bello nombre de España y una muestra superviviente de la crueldad de la Edad Media en el seno del humanitarismo moderno”. En la misma línea y con gran repercusión, el psiquiatra madrileño Gonzalo Rodríguez Lafora publicó el 1916 en el semanario reformista España unas fotografías escalofriantes de lo que parecía una práctica habitual en la institución, y en las que se veían dos internos casi desnudos con un cinturón de hierro y los pies y las manos encadenadas. 

Más de medio siglo después, la situación no había cambiado excesivamente a pesar de la introducción de nuevos medios terapéuticos (tratamientos de choque, psicofármacos, etc.) y la mejora generalizada del nivel de vida experimentada por el país. Así, en 1972 el semanario Sábado Gráfico provocaba un nuevo escándalo mediático con la publicación de un reportaje estremecedor en el que se describían de forma implacable las pésimas condiciones en las que malvivían los casi 1.500 internos del sanatorio y se señalaba que los reiterados intentos de fuga que sufría la institución no eran otra cosa que “un signo evidente de salud mental”. En aquellas circunstancias, las autoridades provinciales del tardofranquismo, asesoradas por los tecnócratas del régimen y con la fatua intención de recuperar el viejo prestigio de la obra pionera del padre Jofré, concibieron el megalómano y extemporáneo proyecto de erigir una “Ciudad Sanitaria Psiquiátrica” en unos terrenos situados en el municipio de Bétera. Operativo desde 1974 –aunque Jesús continuó abierto como residencia gerontopsiquiatrica hasta su clausura definitiva en 1989–, el nuevo hospital no dejó de estar en el centro de la polémica hasta su disolución (al cabo de al menos dos décadas de funcionamiento) debido a la negligencia administrativa, los conflictos laborales, la actitud hostil de las poblaciones colindantes y, sobre todo, el deficiente diseño de un dispositivo que, como ha relatado de primera mano el psiquiatra Cándido Polo, se había propuesto superar el viejo orden asilar con una nueva estructura manicomial aislada, sobredimensionada y alejada de la comunidad.

El fracaso anunciado de Bétera no sorprendió a nadie en una época en la que las prácticas psiquiátricas aspiraban a romper definitivamente el círculo vicioso de enfermedad y exclusión que habían propiciado en el pasado. Después de la aprobación de la Ley general de sanidad en 1986, el Estado Español se incorporó finalmente a la corriente de desinstitucionalitzación, intervención psicosocial y atención comunitaria que otros países y organismos internacionales trataban de imponer desde mitad del siglo XX con la creación de unidades psiquiátricas en los hospitales generales, centros ambulatorios de salud mental y toda una serie de recursos intermedios de cariz rehabilitador, ocupacional y residencial. Sin embargo, la debilidad intrínseca de las políticas inclusivas a nivel estatal –y, muy particularmente, a nivel autonómico– ha conducido actualmente a un escenario de precariedad que, en buena medida, continúa reproduciendo los peores vicios de los antiguos manicomios, al menos en cuanto a la situación de las personas que requieren un mayor grado de acompañamiento y apoyo. Y, de este modo, la dispersión y dilución neoliberal de los espacios de la locura ha generado la ficción de una invisibilidad postpanoptica que la experiencia cotidiana, la vocación universal de la sinrazón y las numerosas insuficiencias de una gestión progresivamente aséptica y tecnificada se encargan de desmentir a cada instante.

 

Para saber más:

De Vega y Carpio, Lope (2003), Los locos de Valencia. Madrid, Castalia (original de 1620).

Polo, Cándido (1999), Crónica del manicomio. Prensa, locura y sociedad. Madrid, Asociación Española de Neuropsiquiatría.

Tropé, Hélène (1994), Locura y sociedad en la Valencia de los siglos XV a XVII. València, Diputació de València.

Personajes y espacios de ciencia es un proyecto de la Unitat de Cultura Científica i de la Innovació de la Universitat de València, que cuenta con la colaboración del Instituto de Historia de la Medicina y de la Ciencia 'López Piñero' y con el apoyo de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología y el Ministerio de Economía, Industria y Competitividad.

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