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El origen de las especies mediante selección natural, o la conservación de razas favorecidas en la lucha por la vida.

Por
Charles Darwin,
Llicenciado en Humanidadess, miembro de las Sociedades Real, Geológica, Linneana, etc.

Autor del Diari de les investigacions durant el viatge al voltant del món a bord del beagle, vaixell de sa majestat

Londres
John Murray, Albemarle Street.
1859

Introdución

Cuando me encontraba como naturalista a bordo del Beagle, me sorprendieron algunos hechos relacionados con la distribución de los seres vivos en la América del Sur y con las relaciones geológicas de los habitantes presentes de este continente respecto a los del pasado. Me pareció que estos hechos iluminaban un poco el origen de las especies. Al volver a casa, se me ocurrio, el 1837, que quizás se podría sacar algo en claro de acumular pacientemente y de reflexionar sobre todo tipo de hechos que progrese tener algún vínculo. Después de cinco años de trabajo me permití especular sobre el tema y esbozar unas notas cortas. Desde aquel periodo hasta el día de hoy he perseguido con firmeza el mismo objetivo.

Ahora [1859], mi trabajo está prácticamente acabado; pero, como que me costará dos o tres años más completarlo y mi salud no es ni mucho menos buena, me han instado a publicar este resumen. Me ha inducido sobre todo el hecho que el Sr. Wallace, que actualmente está estudiando la historia natural del archipiélago malayo, ha llegado casi exactamente a las mismas conclusiones que yo sobre el origen de las especies. En julio del 1858 me envió un trabajo sobre el tema con la solicitud que yo lo remitiera a Sir Charles Lyell, quien, a su vez, lo envió a la Sociedad Linneana, y se publicó en el tercer volumen de la revista de esta sociedad. Sir C. Lyell y el Dr. Hooker creyeron aconsejable publicar, junto con el excelente trabajo de Wallace, unos breves extractos de mis manuscritos.

A la fuerza, este resumen resultará imperfecto. Aquí no puedo dar referencias sobre mis afirmaciones; sólo las conclusiones generales a que he llegado, con unos pocos hechos para ilustrarlas pero que espero que serán suficientes en la mayoría de los casos.

Al considerar el origen de las especies, es bastante razonable que un naturalista, reflexionando sobre las afinidades mutuas de los seres orgánicos, sus relaciones embriológicas, distribución geográfica, sucesión geológica y otros hechos relacionados, pueda llegar a la conclusión que cada especie no ha sido creada de manera independiente, sino que ha descendido, igual que las variedades, otras especies. Aun así, una conclusión así, incluso si está fundada, sería insatisfactoria mientras no se pudiera demostrar como las innumerables especies que habitan este mundo se han modificado hasta adquirir la perfección de estructura y coadaptación que tan justamente provocan nuestra admiración.

Los naturalistas nos referimos continuamente a las condiciones externas, como por ejemplo el clima, la alimentación, etc., como las únicas causas posibles de variación. En un sentido muy limitado esto puede ser cierto, como veremos más adelante. Pero es un despropósito atribuir a las meras condiciones externas la estructura del pájaro carpintero –por ejemplo– con sus patas, su cola, su pico y su lengua, tan admirablemente adaptados para coger insectos bajo la corteza de los árboles. En el caso del muérdago, que saca su alimento de ciertos árboles, que tiene entonces transportadas por ciertos pájaros y flores con sexos separados que necesitan del todo la acción de los insectos para traer el polen de una flor a otra, es igualmente un despropósito explicar la estructura de este parásito y sus relaciones con otros seres orgánicos varios por los efectos de las condiciones externas, o por los hábitos o por la voluntad de la planta misma.

Imagino que el autor de Vestigios de la creación diría que, después de un número determinado de generaciones, algún pájaro habría dado lugar al pájaro carpintero y alguna planta, al muérdago. Y que los dos habrían sido producidos perfectos como los conocemos hoy en día. Pero esta presuposición no es ninguna explicación para mí, puesto que ni toca ni explica el caso de las adaptaciones de los seres orgánicos entre ellos y respecto de las condiciones de vida de cada uno.

Es, pues, cosa de la más gran importancia llegar a entender muy bien los medios de modificación y coadaptación. A primeros de mis observaciones me pareció probable que un estudio meticuloso de los animales domésticos y de las plantas cultivadas ofrecería la mejor oportunidad para aclarar este oscuro problema. Puedo aventurarme a expresar mi convicción del gran valor de unos estudios así, aunque muy corrientemente los naturalistas los han ignorado.

Por todas estas consideraciones, dedicaré el primer capítulo de este resumen a la variación en estado doméstico. Continuaré después con la variabilidad de las especies en estado natural. En el capítulo siguiente se abordará la lucha por la existencia entre los seres orgánicos en todo el mundo, que inevitablemente se deriva de la progresión geométrica con que se multiplican. Esta es la doctrina de Malthus, aplicada al conjunto de los reinos animal y vegetal. Cómo que en cada especie nacen muchos más individuos de los que pueden sobrevivir; y cómo que, en consecuencia, hay una lucha recurrente por la existencia, se deriva que si cualquier organismo experimenta alguna variación, por ligera que sea, que le resulto provechosa en las condiciones de vida complejas y, en ocasiones, cambiantes, tendrá muchas más posibilidades de sobrevivir y, por lo tanto, de ser seleccionado naturalmente. A partir del fuerte principio de la herencia, cualquier variedad seleccionada tenderá a propagar su nueva forma modificada.

Esta materia fundamental de la selección natural se tratará con una cierta extensión en el capítulo cuarto; y veremos como la selección natural causa, de manera casi inevitable, de buena parte de la extinción de las formas menos mejoradas y conduce a la divergencia de caracteres. En los capítulos posteriores se expondrán las dificultades más evidentes y graves de la teoría, y consideraré la sucesión geológica de los seres orgánicos a lo largo del tiempo, así como su distribución geográfica a lo largo del espacio. En el último capítulo daré una breve recapitulación de todo el trabajo y algunas notas a guisa de conclusión.

A pesar de que continúa habiendo muchos puntos oscuros –y oscuros continuarán mucho tiempo–, no tengo ninguna duda que la creencia que la mayoría de los naturalistas mantienen, y que yo mismo había mantenido, es errónea: que cada especie fue creada de manera independiente. Estoy plenamente convencido que las especies no son inmutables sino que las que pertenecen a aquello que se ha denominado un mismo género son descendentes directos otras especies, generalmente extinguidas, de igual manera que las variedades reconocidas de cualquier especie son las descendentes de esta. Además, estoy convencido que la selección natural ha sido el medio principal de modificación, pero no el exclusivo.

 

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