De Francisco Máñez Sánchez conocíamos hasta ahora una entrevista de 1964, de cinco preguntas. Existe un texto más largo y mucho más personal: un artículo que él mismo escribió en 1958 para la revista Nia Vivo de la sociedad Frateco de Zaragoza, con motivo de las bodas de oro —las de la sociedad y las suyas propias como esperantista—. Se titulaba «Nia ora jubileo» («Nuestro jubileo de oro») y, cuando Máñez murió, el boletín de la Federación lo rescató y reprodujo buena parte de él para presentar «mejor a nuestro querido amigo y consocio».
Es el relato más completo de su vida que se conserva, escrito por él, y arranca con tres frases que ninguna de las semblanzas oficiales había contado.
La infancia
«En Cheste (Valencia) nací el año 1888, hijo de agricultores no ricos. En mis primeros años, mi padre quedó impedido y mi madre enloqueció. Con diez años tuve que dejar ya la escuela del pueblo para trabajar cada día en el campo, ayudando así a mi familia.
El año 1908 murió mi padre; y, por esa desdichada causa, tuve que ponerme forzosamente al frente de la familia, incluida mi madre loca. En ese mismo año empecé a aprender Esperanto.»
Conviene detenerse aquí. Todo lo que vino después —el pueblo que hablaba esperanto, la Medalla del Trabajo, la audiencia con el Papa— lo levantó un jornalero de veinte años que había abandonado la escuela a los diez y que sostenía a una familia con un padre recién muerto y una madre enferma. El propio texto no hace de ello ningún alegato: lo dice y sigue.
Cómo se enteró
«Ciertamente, nada sabía yo entonces del Esperanto, ni siquiera de su existencia, pero un amigo mío me contó que había leído un artículo de periódico sobre esa lengua, sus ventajas y posibilidades. Desde entonces ocupó mi corazón la Idea Interna, y empecé a soñar con una lengua mundial, con un círculo familiar de la humanidad y un amor de todos los hombres.
Naturalmente, aquellos eran solo sueños de chiquillo, pero quedaron grabados para siempre dentro de mi corazón.»
Hay aquí una pequeña discordancia con la entrevista de 1964, donde sitúa la conversación con el amigo «en los últimos meses de 1907». En 1958 escribe 1908, el mismo año de la muerte de su padre. Son sus dos versiones, con cincuenta años de distancia sobre lo contado; las dejamos las dos.
El café del pueblo
«En Valencia compré en la librería de un amigo mío una gramática de Esperanto y una revista inglesa en la lengua internacional. Conocí a esperantistas valencianos, con los que me relacioné con gusto. Entonces empecé a cartearme con correligionarios extranjeros y, desde ese momento, ya me consideré esperantista.
Decidido a enseñar Esperanto en mi pueblo de Cheste, llevé mi correspondencia internacional al café principal del pueblo, para despertar así el interés de mis convecinos. Su curiosidad creció pronto al ver tantas cartas y postales, venidas de países lejanos y dirigidas a mí, un simple campesino. A los muchos que me preguntaron por ello se lo expliqué encantado, y fueron mis primeros alumnos.»
Es la misma escena que los vecinos seguían contando cincuenta años después —«mira, esta llega de Alemania, es de un médico»—, pero aquí la cuenta quien la montó, y se ve que era una estrategia deliberada.
La guerra del 14
«La cosa realmente prosperó, el número de alumnos crecía cada vez más y, como resultado, nació un nuevo club de Esperanto. Pero en el año 1914 estalló la llamada guerra europea, que arruinó aquel trabajo mío. No es extraño, porque la guerra siempre es enemiga terrible de los movimientos pacíficos, como el Esperanto.
Por fin brilló la paz ansiada y recomencé el trabajo con nuevos alumnos, con mucha suerte, porque se sumaron al movimiento nuevos pioneros. Todos juntos conseguimos enseñar Esperanto, mejor o peor, a casi toda la población de Cheste.»
El dato importa para entender la cronología del grupo: Máñez no describe una progresión continua desde 1909, sino un arranque, un parón por la Primera Guerra Mundial y un segundo arranque en los años veinte, esta vez ya con más gente enseñando.
Los niños austriacos, y el Papa
El último tramo del artículo cuenta la acogida de los niños de Graz, y resuelve de paso un detalle que las fuentes daban suelto: por qué a un labrador de Cheste lo recibió el Papa.
«En 1918, tras el fin de la guerra, algunos países sufrieron un hambre terrible. En 1920 yo, y probablemente todos los delegados de la UEA, recibimos de los esperantistas de Graz (Austria) una circular desgarradora en la que pedían ayuda urgente para los niños austriacos, víctimas inocentes de la guerra. Los correligionarios de aquella ciudad pedían que acogiésemos en España a aquellos pequeños desdichados. Algunos de nosotros respondimos enseguida, prometiendo ayuda en la medida de lo posible…
Para acompañar a la última expedición de niños de vuelta a su patria fueron elegidos: el padre Casanovas, Jacinto Comella, Karl Bartel y yo.
Como en todos los asuntos importantes, tuvimos entonces que trabajar y sufrir mucho, hasta que felizmente cumplimos nuestra tarea. Sin embargo, muy grande fue nuestra recompensa, porque con esa empresa conocí a muchos buenos amigos, y también porque los españoles acompañantes, durante nuestro regreso a casa, fuimos recibidos en audiencia privada por Su Santidad el Papa Pío XI.»
La audiencia con Pío XI no fue, pues, un viaje aparte: ocurrió de vuelta de devolver a los niños austriacos a su país, y el retrato de Máñez en Venecia que publicó Estampa en 1932 encaja con ese itinerario.
Lo que no cuenta
El artículo va de 1888 a los años veinte y de ahí salta al consejo final. No hay una sola línea sobre 1936-1943: ni la guerra, ni el consejo de guerra de Chiva, ni la condena a muerte, ni los cuatro años en San Miguel de los Reyes. Escribía en 1958, en España, para una revista que pasaba por censura, y quince años después de salir de la cárcel. El silencio no es un olvido: es la mitad de su vida que no se podía escribir.
Y su consejo
El artículo termina con lo que quiere dejar dicho, y es coherente con la entrevista de 1964: que todo esperantista «debe hacer lo posible, disciplinada y lealmente, para acelerar cuanto antes el triunfo del Esperanto».
Fuentes
- Francisco Máñez Sánchez, «Nia ora jubileo», artículo escrito en 1958 para Nia Vivo (sociedad Frateco, Zaragoza) con motivo de las bodas de oro, reproducido parcialmente en «Ne plu inter ni», Boletín de la Federación Española de Esperanto, 2ª época, año VII, nº 39 (175), septiembre-octubre de 1969, p. 8 — ejemplar en Gazetoteko, texto extraído por OCR propio.
- El resto de ese número, con las necrológicas y la despedida de Enrique Arnau, está en «Muere Francisco Máñez, y el pueblo va a Zaragoza a enterrarlo».